Solidaridad en las cacerolas del bazar Carioca
Krischke también fue uno de aquellos protagonistas de 1983 en Uruguay, donde continuó una lucha por los derechos humanos que había comenzado en 1961 cuando, con 23 años, se sumó a la resistencia que dirigió Leonel Brizola ante un primer intento golpista contra Joao Goulart, quien debía asumir como presidente ante la dimisión de Janio Quadros. En una plaza pública, Jair llegó a repartir armas y municiones al pueblo que acompañó a la «legalidad» constitucional. «Aquel movimiento antigolpista trascendió a los partidos políticos y unió a la gente que se lanzó a la calle. Fue un momento riquísimo en el ejercicio de la ciudadanía, del entusiasmo de la gente por sentirse demócrata y reclamar la legalidad».
La salida concertada entre militares y políticos brasileños, que implicó a Brasil dejar el presidencialismo y aceptar un parlamentarismo con Tancredo Neves como primer ministro, alejó a Krischke de los conciliábulos políticos y de los cuarteles. Aunque «Jango» Goulart recuperaría el poder presidencial en un plebiscito, cuando finalmente en 1964 se concretó el golpe de Estado, el pueblo había quedado desmovilizado y otra tuvo que ser la resistencia a un régimen militar que ningún brasileño imaginó que duraría 21 años.
A partir de entonces, Krischke junto a medio centenar de personas compuso un grupo de resistencia que ayudó a sacar de Brasil a miles de personas. Líderes políticos, diputados provinciales, sindicalistas, dirigentes estudiantiles salieron del país a través de Uruguay, con quien se creó un «corredor de escape» a través de la frontera seca, incluso por los viejos caminos de los contrabandistas. A Jair no le gusta definirse como clandestino. «Clandestinos eran los que estaban en el poder, violando la Constitución, nosotros actuábamos discretamente, porque no éramos bobos…».
Antes del Plan Cóndor
«La gente comenzó a darse cuenta que aquel no era uno de tantos golpes militares latinoamericanos. Tenía algo novedoso, no solo para Brasil sino para todo el continente, que era la doctrina de la seguridad nacional». Para Krischke, aquello motivó a la juventud brasileña que, conmovida por las revueltas estudiantiles y la revolución cubana, se vio condenada a la lucha armada. «No tenían opción. No podían moverse ni manifestarse, solo podían tomar las armas. Y lo hicieron con toda la generosidad: dieron la vida», subraya.
La dictadura brasileña fue selectiva. Se registran 350 casos de desaparición forzada y una cifra total de dos mil víctimas. «Utilizaron un método quirúrgico. Supieron a quiénes desaparecer», señala Kirschke. Desde 1968 se produce la mayor represión y censura con la implantación de un Acto Institucional 5, al asumir una Junta Militar. «Fue un golpe dentro del golpe, que terminó con el hábeas corpus y permitió la detención e incomunicación por tiempo indeterminado de cualquiera. Fue durísimo. Hubo censura total. Una vez más, Uruguay fue el destino de toda la gente que tuvimos que sacar, ahora con riesgo de vida», cuenta.
En ese período se ejecutan la Operación Bandeirantes y la Operación Yacarta, que constituirían antecedentes del Plan Cóndor que más tarde sufrirían los países del Cono Sur, en los que también se fueron instalando dictaduras militares. «Brasil ya practicaba el Plan Cóndor en los años setenta, cuando en Buenos Aires fue secuestrado el coronel Jefferson Cardim de Alencar Osorio, quien fue llevado a Río de Janeiro donde cumplió una condena de siete años. Hubo otros casos y terminaron muertos», denuncia.
La solidaridad devuelta
En 1973, cuando se produjo el golpe de Estado en Uruguay, la tarea de Jair Krischke fue inversa. Comenzó a sacar a los uruguayos por territorio brasileño para llegar a su exilio en Europa. Para Jair, Brasil es un gran responsable de las dictaduras en la región, desde antes de los golpes de Estado, a través de las enseñanzas en torturas del norteamericano Dan Mitrione quien antes había estado en Brasil y mediante la organización de los escuadrones de la muerte. «En Montevideo había una gran central de espionaje brasileña que monitoreaba toda la región», sostiene.
En 1979, constituyó el Movimiento Justicia y Derechos Humanos de Porto Alegre (MJDH) y entre los muchos casos de solidaridad con Uruguay protagonizados por Krischke (ver recuadro adjunto) se incluye la realización de una de las primeras reuniones de la organización de familiares de desaparecidos, quienes se reunieron en Porto Alegre para dar su testimonio a organismos internacionales. Jair conserva como un tesoro la foto histórica que inmortaliza aquel momento.
«Con los saludos de la Virgen del Guadalupe», era una de las frases que, como santo y seña, utilizaron cientos de uruguayos para ser recibidos en la trastienda del bazar «Carioca» y comenzar su trámite de refugiado de la ONU. Mas de dos mil uruguayos, argentinos, chilenos y paraguayos, pasaron por el lugar durante los años de las dictaduras. «Entonces no habían celulares, ni internet. Una llamada a Río de Janeiro podía demorar todo un día a través de las centrales telefónicas. Se hablaba en código… En esos tiempos no se permitían errores. Un error se podía convertir en un horror», recuerda.
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