Alberto Breccia. De militante tupamaro a abogado y senador

El pecado del sistema político es que no ha sabido lograr consensos

Con su calva lustrosa y su barbilla entrecana que lo hacen parecerse más a un psicoanalista o a un científico que a un político, Alberto Breccia me recibe en su despacho del Palacio para mantener una charla cordial pero sin concesiones.

 

–¿Cómo fueron tus comienzos en la actividad política?

–Yo estuve militando políticamente en el MLN desde 1970, caí preso en el 72 y salí en el 76. En el 79 retomé los estudios, me recibí en el 81, mantuve el vínculo con el MLN, participé en el congreso a la salida de la dictadura. En los noventa me dediqué al ejercicio de la profesión y quedé vinculado a la orgánica del MLN solamente como profesional. En 2004 Mujica –con quien siempre mantuve contacto– me planteó la posibilidad de integrar una lista del Espacio 609, y allí entré al sistema político formal, digamos.

 

–O sea que fuiste electo por el Espacio 609 pero no por el MPP.

–Yo siempre me consideré integrante del MPP, me siento espiritualmente integrante del MLN. Independientemente de que no esté dentro de la órganica del MLN, hay valores del MLN-Tupamaros que yo rescato desde la historia y seguiré rescatando. De modo que si querés una definición sectorial, digo que soy MLN, MPP, Espacio 609, Frente Amplio. Orgánicamente, pertenezco al MPP pero actualmente soy ajeno a la estructura del MLN.

 

–Está claro. Ya que hablamos de MLN, MPP, Espacio 609, ¿qué pasa con la CAP-Libertad que orienta Eleuterio Fernández? Si el tema te resulta incómodo, te eximo de respuesta…

–Para nada, no tengo ataduras de ninguna especie para hablar de ningún tema. Con toda franqueza, mi posición en el momento en que se planteó formalmente la integración a la CAP-L, sentí que era una sectorización a la que yo no le encontraba demasiado fundamento. Hasta el día de hoy, cuando se habla del «aparato del MPP», imbuido de la filosofía de aparato del MLN, conducido por Julio Marenales por un lado, y por otro, sin que sea esto antagónico, una estructura en red mucho más abierta, mucho más amplia, mucho más libertaria, hasta el día de hoy yo no participo de esa dicotomía. Me siento cómodo en la orgánica del MPP, con las diferencias que muchas veces tengo con los compañeros y que las planteo tranquilamente; me siento realmente cómodo con los compañeros de uno u otro sector. Por lo tanto no he entendido la necesidad ni de ratificar mi pertenencia al MPP ni de participar orgánicamente en la CAP-L, punto.

 

–¿Cuál es la valoración que hacés del hecho?

–Los integrantes del sistema político en general estamos permanentemente mirándonos el ombligo, analizando dónde estamos ubicados, cuál es la etiqueta que nos ponemos… Eso se da a la interna del Frente y se da en la relación con otros partidos políticos. A veces siento que esta posición mía es un poco ingenua, y a veces pienso que es la única posible. Porque me da la impresión de que mientras los políticos de todos los partidos analizamos dónde estamos ubicados ideológicamente, la inmensa mayoría de la gente, el común de la gente, está esperando de nosotros que le solucionemos ocho o diez temas que son prioritarios.

 

–Es una especie de sectarismo

–Son posturas inútilmente sectarias. Me parece un absurdo que nosotros estemos discutiendo las internas de cada partido y aun las internas del sistema político, dónde estás ubicado, si sos de izquierda, de derecha o de centro. El problema de izquierdas o derechas no le importa nada a la gente. Hay un electorado (detrás del cual estamos todos) de 300 mil o 400 mil personas, que no es cautivo de nadie, que lo que quiere son soluciones para sus problemas y está cansado de las peleas entre los dirigentes políticos.

Pero en el sistema político uruguayo tendemos una mano y recibimos una pedrada. Y cuando del otro lado nos tienden una mano, reciben una pedrada… es así. Parece que la disputa por el poder tuviera que hacerse siempre a partir de la confrontación, y si hablo de conciliación, claro, surgen todas esas teorías de que es imposible la conciliación de las clases. Yo no quiero polemizar con los compañeros del Partido Comunista, no cuestiono que ellos tengan esa concepción, pero me parece que es un tema menor cuando la gente está esperando que nosotros, durante unos añitos por lo menos, hagamos un gran pacto y nos pongamos de acuerdo en lo que podemos hacer.

 

–Sin embargo, en los partidos de la oposición también hay gente dispuesta a esa conciliación.

–Sin duda alguna. Hace poco leí en un libro una definición de los políticos: «Los políticos hacen mal algo que nadie en la sociedad está capacitado para hacer mejor». Porque conciliar intereses en la sociedad, que es la tarea del político, es muy difícil; y si no es el político, ¿quién lo va a hacer? El único sistema de la sociedad que puede ser omniabarcativo es el sistema político. En el mismo libro se dice otra cosa que puede llegar a ofuscar a más de uno: «Quien aborde los temas politicos desde la irreductibilidad de los principios no puede hacer política». El político principista no puede existir, porque hay una suerte de contradicción en los términos. Porque si yo voy al diálogo con mi adversario pero con la condición de que tales principios son irreductibles, se terminó el tema, no se puede hablar. Si voy con cosas innegociables, me estoy poniendo un tope, y para mí, en política, no hay temas innegociables si hay realmente voluntad de obtener el bien común. Porque el bien común no es exclusivamente el bien de la clase trabajadora, es una especie de mínimo común denominador que es muy difícil de obtener y que es contra el cual van los corporativismos de toda especie.

Creo que uno de los peores errores que nosotros hemos cometido es no haber logrado que el Partido Nacional participara en el gobierno. Era esencial no solamente por una cuestión de contralor sino sobre todo por la gestión, para poder conocernos en la gestión, para que en todos los entes estuviera la visión de la minoría con sus propuestas e iniciativas, lo que hubiera redundado en una mejor gestión. Pero eso fracasó porque los blancos querían un puesto más en el BROU y en educación. El Frente se negó, y aquí estamos todavía trancados con la Ley de Educación, y el P. Nacional en la vereda de enfrente tirándonos piedras.

Todos tenemos que ponernos ese sayo. Los que no estuvimos directamente en las negociaciones tendríamos que haber sido más enfáticos. Volvemos a tener un país fracturado, cuando es un país que con grandes consensos de los que todos hablamos pero que no terminamos de lograr, sería un país magnífico. Estoy convencido de que si las cosas se hicieran bien, en diez o quince años nos volveríamos un país receptor de inmigrantes. Creo que el gobierno ha hecho muchas cosas bien, otras cosas no se han podido hacer o no se han querido hacer, pero el principal pecado es de todo el sistema político, que no funciona aceitadamente para lograr grandes consensos. No podemos seguir tirándonos piedras, apedreándonos el rancho recíprocamente.

 

–¿Qué comisiones del Senado integrás?

–Actualmente hago de suplente en casi todas. Pero el año pasado trabajé en algunas en las que aprendí mucho sobre el funcionamiento del Estado. Es una maquinaria pesada, llena de vicios estructurales.

 

–¿No pensás que con la Reforma del Estado se resolverán esos defectos?

–La Reforma del Estado es una idea-fuerza fundamental. Cuando se habla de reformar el Estado, la gente piensa en menos empleados públicos. Sin embargo, los estudios indican que la cantidad de funcionarios no es excesiva, y el problema no está ahí, el problema está en que esa cantidad de funcionarios está subutilizada en unos casos, muy mal utilizada en otros, muy mal capacitada en otros, y eso crea un desestímulo brutal; las diferencias salariales, la anarquía en materia salarial… La OPP ha presentado una ley de descentralización que hay que discutir porque es un plant
eo muy serio. Pero ojo, no es cuestión de acercar el Estado a la gente a costa de crear otra estructura más pesada todavía.

 

–Hay un antecedente con los Centros Comunales Zonales en Montevideo.

–Esa experiencia no ha funcionado. Los CCZ están vacíos, no han funcionado como un espacio donde el ciudadano diga «acá gobierno, acá reclamo, acá participo». Y han creado una estructura también burocrática, funcionarial y por supuesto cara, también.

El asunto es complejo, porque el funcionariado es también una reserva electoral, entonces allí también se da la disputa. Todo lo que el corporativismo del funcionariado defiende como privilegio cuenta con el respaldo de la oposición, sea cual sea. Y eso es muy negativo.

Mientras tanto, el mundo avanza y nuestros muchachos se van, se siguen yendo.

 

–Otro problema difícil, el de la emigración…

–Yo creo que por un buen tiempo, por lo menos hasta que se revierta la situación y el Uruguay empiece a ser un país receptor de inmigrantes, los jóvenes seguirán yéndose aunque el país mejore y siga mostrando indicadores favorables. Según un estudio de la ONU, en el 2020 el 45 por ciento de la población mundial será de migrantes, lo que quiere decir que el fenómeno trasciende lo económico y es un problema cultural. Son muchas las tentaciones que ofrece el primer mundo a través de la televisión y de internet.

 

–Hablemos del movimiento sindical. ¿Cómo ves la actitud de la central sindical, el PIT-CNT, y la de algunos gremios discordes?

–Creo que la central sindical que tenemos es otro de los factores que hacen de este país un país con ventajas comparativas. Es una central sindical seria, con gente muy estudiosa, una central independiente de las posiciones del gobierno. Pero estimo que hay gremios que no están en esa misma línea. Esto último que digo forma parte del corporativismo de que hablábamos. Alguien podría decir que estoy planteando una sociedad ideal, sin conflictos… De ninguna manera, creo que es natural que existan conflictos, pero creo que no hemos encontrado medios de resolución de esos conflictos de manera expeditiva. No hemos logrado generar normas claras de juego: hasta dónde se puede ir y hasta dónde no se puede. Y eso ha generado que algunas veces se cometan excesos que para mí son un retroceso. El asunto es que ninguno de los que están en esta cancha de fútbol pueda jugar con la mano, y creo que hay gente que quiere jugar con la mano. Acá no vale todo. Entonces nos encontramos con gente como la de Adeom: la Intendencia gasta mensualmente aproximadamente diez millones de dólares en sueldos para ocho mil empleados: estamos hablando de un promedio de mil 200 dólares por empleado, y esos empleados plantean dejarme por 72 horas la ciudad llena de basurales. Yo creo que eso no es respetar las reglas de juego. No digo que la limpieza sea un apostolado y que los obreros municipales no tengan derecho a llevar adelante medidas gremiales. Lo que digo es que no pueden hacer una huelga salvaje. Creo que nosotros, como fuerza política, deberíamos haber dicho «hasta acá se llegó»: no es posible quedar con miles de toneladas de basura en la calle por 72 horas, no forma parte de la convivencia normal.

 

–¿Se debería haber declarado servicio esencial la recolección de residuos?

–Personalmente pienso que la recolección de residuos es un servicio esencial, porque pone en peligro la salud de la población. Tolero que se tomen medidas de paros parciales, que se pongan los camiones en la explanada, pero la ciudad tiene que estar limpia.

El gobierno llamó a un compromiso por el empleo, el salario y las responsabilidades; esa es la convocatoria del gobierno. Parece que hay gente que sólo entendió el compromiso con los dos primeros pero no con la responsabilidad. Todos somos responsables de sacar esto adelante y hay cosas que se pueden hacer y cosas que no se pueden hacer.

 

El ejemplo de la Bancada Femenina

Este es un sistema con exceso de testosterona. Todos intentamos marcar nuestro perfil; todos queremos ser el gallo en el gallinero, y al final de cuentas lo que estamos haciendo es darles de comer a los de afuera. Esa es la realidad. A mí me tiene angustiado esa situación. Por esa razón yo he insistido en que, más allá del tema de la participación de los jóvenes, tengo otra obsesión (que no es acompañada en la orgánica de mi sector) que es la participación de la mujer. Porque entiendo que la mujer tiene una mirada diferente de la del hombre, y nosotros desde hace 150 años en el sistema político uruguayo, más allá de que el país lo hayan hecho los doctores, más allá de que lo controlen los contadores o los economistas, tenemos una visión masculina de la sociedad. Entonces vivimos permanentemente enfrentados porque el hombre (el ser humano masculino) tiene esa característica: quiere ser el rey del gallinero.

Cuando veo que algunos compañeros se están preocupando por lo que está pasando con la Bancada Femenina, sinceramente me produce un sentimiento de sorpresa, porque me pregunto qué pasa, ¿queremos también que la bancada femenina se integre a alguna orgánica? La Bancada Femenina es la bancada femenina; tiene una visión absolutamente particular sobre los problemas de la sociedad, una visión diferente, y ¡trabajan juntas! Las mujeres trabajan juntas, cosa que los hombres no hemos podido hacer.

Es un ejemplo clarísimo de cuál es la mirada de las mujeres. Son capaces de trabajar juntas independientemente de sus posiciones ideológicas (que cada vez importan menos) para solucionar temas puntuales. Entonces, me parece un ejemplo a seguir.

 

LA REFORMA EDUCATIVA

–¿Y qué pasa con la Reforma Educativa?

–Todos coincidimos en que los resultados de nuestra educación son malos, todos coincidimos en la necesidad de una reforma. Ponemos una reforma a estudio, abrimos el debate, y el debate se tranca en dos o tres situaciones en que algunos estamentos del sistema educativo requieren más poder en las decisiones del sistema. Nadie está dispuesto a resignar ni una sola cuota de poder, sin pensar que si logramos una buena ley educativa, el beneficio es para los muchachos, que son los destinatarios, el fin último. Hace tres años que venimos en esto y seguimos discutiendo por cuotas de poder. Yo les digo a los gremios de la enseñanza: «sí, sí, muy bien, autonomía y cogobierno». Y los gremios me responden: «no, queremos más autonomía y más cogobierno». Pero yo me pregunto hasta cuándo, porque el que pone la plata es Juan Pueblo y es el que quiere saber cómo se maneja esa plata, y Juan Pueblo, al que vota para saber cómo se manejan los dineros es al político, al gobierno; entonces, ¿cómo no va a tener incidencia el gobierno sobre ese asunto? Como ninguno cede en sus posiciones, tenemos una ley trancada.

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