La resistencia desde la farmacia del Cacho
Camisa, corbata, saco azul, pantalón gris, peinado hacia atrás y con su recortado bigote sobre sus comisuras, recibe a LA REPUBLICA en su apartamento de la proa de Rivera y Guayabos con mate y termo sobre la mesa.
Cacho se entusiasma al recordar aquellos comienzos de la década de los ochenta, cuando el No a la reforma constitucional ganó en el plebiscito de 1980, cuando se realizaron las elecciones internas de 1982 («aunque con muchas reservas de mi parte, porque tendrían que haber intervenido todos los partidos y todos los proscriptos», acota) y se llegó a aquel histórico 1983. «Ese año empezamos a salir un poco del país del miedo y empezamos a entrar al país de la confrontación a la dictadura», sintetiza.
No se considera retirado de la política, mantiene aquel perfil de caudillo del interior blanco, con el que sigue militando en organizaciones sociales, a la vez que integra la comisión para la anulación de la Ley de Caducidad. Su memoria es clara y narra con detalles el proceso histórico que llevó a la dictadura tras la crisis de los sesenta y la tensión de principios de los setenta. «Se llegó a un descreimiento total. La gente no creía en nada. El país se encontraba en una situación muy complicada en lo social, económico y, lógicamente, en lo institucional», recuerda.
La palabra «compatriotas»
«La disolución de las cámaras era algo que se preveía, pero nadie de aquel Uruguay pensaba que pudiera ocurrir. En Uruguay no se animan, se decía. Pero se entró en el país del temor, en el cuidarse, en el miedo al soplón, el no hablar. Las ruedas de café ya no eran lugar de discusión y crítica, nos cuidábamos de quién podía estar atrás. Lo que predominó, por desgracia, fue el «no te metas», el «por algo lo llevaron». Se decía que había milicos para cuarenta años… Fue duro de romper ese concepto», explica.
López Balestra fue víctima directa de aquellos años negros. Varias veces detenido, encapuchado y torturado. Proscripto políticamente, no llegó a jubilarse, y optó por resistir, acompañando a otros opositores que se exiliaron en Argentina, donde vivió los días de mayo de 1976 en que en Buenos Aires asesinaron a Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo y William Whitelaw, y casi matan a Wilson Ferreira Aldunate, a quien ayudó a huir de Argentina en un coche de la embajada de Austria.
Para Oscar López Balestra, aquel miedo a la dictadura se rompió «porque hubo un número de compatriotas, no importa cuántos, que lo hicieron. En esos tiempos aprendí lo que significaba la palabra compatriotas, que era lo que nos abarcaba a todos los de la misma patria. En Argentina pudimos hacer mucha acción militante. No nos cuidábamos como lo hacíamos acá. Nos reuníamos en el Café Tortoni, con Michelini y muchos más. Conspirábamos contra la dictadura. Resistíamos. Buscábamos formas para sacar aquel problema del que también habíamos sido responsables. Porque el político que crea que no tuvo responsabilidad en lo que pasó en este país -sentencia-, está equivocado».
La mujer y sus cacerolas
«Luego de los durísimos años setenta, las cosas comienzan a cambiar con el plebiscito del 80. Allí surgió una nueva generación que fue muy importante. Fue una generación extraordinaria. Fue mucho lo que se pudo hacer cuando la gente se animó a las reuniones. Reuniones en casas, primero con cinco, luego con diez, con veinte, con treinta y más personas. Se pudo entrar la resistencia a los hogares ya que no se podía hacer por los medios de prensa. Cientos de casas en todo el país», dice con nostalgia.
Cacho considera que entonces «se produjo algo muy importante, que fue la intervención activa de la mujer de la casa. Por lo general eran hasta más valientes que los maridos. Se animaban a hacer las reuniones. Eran las madres, las hermanas, los adolescentes, los jóvenes, los que hacían las preguntas, los que exigían la autocrítica. Ellos hicieron posibles los caceroleos y tantos actos de resistencia en el Uruguay», afirma.
«Lo que a mí me impactó de aquel 1983 fue cómo llegamos a organizar el acto del 1º de mayo del PIT, el Plenario Intersindical de Trabajadores. Fue extraordinario, como la marcha de los estudiantes, o la marcha de la sonrisa, la marcha de la sentadita o cuando se formó el Plenario de Mujeres Uruguayas, el Plemu. Nelly, mi esposa, fue una de las fundadoras. Eran obreras de todas las fábricas, mujeres de todos lados. Mujeres discutiendo, militando, caceroleando (…) El año 1983 fue un quiebre extraordinario hasta el Obelisco, con aquella gente en el parque, la voz de Alberto Candeau y aún al elaborar aquella proclama, en la que tampoco fue sencillo ponerse de acuerdo», señala.
Obelisco, un río y un estrado
Para López Balestra, el espíritu de 1983 no fue el mismo desde el 28 de noviembre. «El acto del Obelisco no fue la fecha clave de aquel año, sino al contrario. Ese día vi dos cosas: de un lado, aquel río de libertad del pueblo, pero del otro lado, vi un estrado con gente que no debió haber estado (…). Cuando se organizaba el acto del obelisco, las reuniones se fueron cambiando de lugar y contenido, hasta que se sumó gente que nunca había estado. En 1983 era difícil luchar, seguíamos proscriptos, actuábamos clandestinnamente. Luego vino gente, mucha de ella valiosa, pero otra muy arribista», critica.
«Empezaron a aparecer lo fenómenos de la política agrega-. Cuando decíamos sin proscripciones, sin excepciones, con todos, era porque vislumbrábamos la salida, pero los apurados por salir, terminaron entrando en un juego en el que no debíamos entrar. Que se iban, se iban. Que se acababa, se acababa. Costó mucho llegar a eso. ¡Claro que sufrían los que estaban presos! Si habré luchado por eso y si seguiré luchando por los desparecidos, por los que fueron torturados, por los que fueron perseguidos… pero con un espíritu de compatriotas, no con el espíritu de tal dirigente de cual fracción política».
«Yo creo que el hombre que acepta el retaceo está entregando parte de sus ideales y sus principios. La exigencia de aquel pueblo ante aquellas fuerzas armadas que habían hecho las atrocidades que habían cometido, no eran negociables. ¿Cuánto más duraría la dictadura? ¿Seis meses, un año? ¿Por qué se cedió? Se dice que la política es la transacción, pero hay que ceder hasta donde se debe ceder. Yo me pregunto ¿qué autoridad tenían determinados dirigentes para haber concedido cosas que no estaban en el espíritu de la gente que combatía? Soy crítico a aquellos que luego resolvieron la salida del Club Naval… Eso ya se empezó a ver en el estrado del Obelisco», opina.
Compartí tu opinión con toda la comunidad