"El Chileno" Rodríguez cuenta cómo se gestó la Asceep, las negociaciones con el coronel Varela y el acto del Franzini

"Cuando terminábamos de leer una hoja se la teníamos que dar a un oficial de Inteligencia"

Por Raul Legnani

–¿Cuándo llega a Uruguay?

Nací en Santiago de Chile, en 1958. Cuando tenía cuatro años mi padre, que es ingeniero agrónomo, se vino a trabajar a Uruguay por dos años y se quedó definitivamente. Residimos en Punta Gorda y desde hace 20 años que vivo en Pocitos.

–En su familia, ¿qué quedó de la cultura chilena?

Muchísimo, desde las comidas hasta la cultura en general. De niño, que siempre comía en mi casa, teníamos un menú chileno, que tiene muchas más verduras, pescado y choclo, que carne y pastas. En mi casa yo nunca comí pastas. Cuando había alguna situación especial comíamos empanadas, pastel de choclo, algunos pescados especiales, pero no teníamos la costumbre del asado. Pero hoy en casa o en lo de mis hermanos hay siempre asado. Hace poco, en el cumpleaños de mi padre, prepararon empanadas chilenas.

–¿Sabe hacer alguna comida típica?

–No, soy una bestia cocinando. Sólo hago churrascos, huevos fritos y en esto de cocinero soy netamente uruguayo.

–Los chilenos que estudiaban medicina en nuestro país me enseñaron a tomar grapa con limón, porque se negaban a que yo tomara vino uruguayo. ¿Era tan malo nuestro vino?

–Sí, eso era así. En mi casa había una máxima que era de mi abuelo: «el agua es para lavarse las manos» (se ríe), y el vino era la bebida absoluta en el almuerzo y en la cena. Mi padre en los años 60 sufría como loco con los vinos uruguayos. La verdad que hubo un cambio radical y hoy los vinos uruguayos son excelentes. Una típica tradición chilena, muy arraigada en mi familia, es tomar en Navidad «Cola de mono», una mezcla de agua ardiente con café con leche y canela, que se deja enfriar y uno lo toma, lo siente medio suave, pero cuando querés acordar te golpeó (se ríe). Mis padres añoraban mucho los pescados y sobre todo los mariscos, aunque Uruguay siempre tuvo una ventaja imponente en la carne. Con mis padres íbamos a Chile cada dos años y mi recuerdo de esas vacaciones son las comilonas de mariscos, pescados y palta. Ahora acá hay palta y es menos aguada que antes.

–¿Dónde hace la escuela?

–En un colegio irlandés, el Stella Maris, hice la escuela y el liceo. Preparatorios lo hice en el Juan XXIII e ingreso a la Universidad en 1977.

–¿Su primera experiencia política?

Fue asistir al acto final del Frente Amplio en 1971, en la calle Agraciada. Este acto me marcó para siempre. Si me he dedicado a la política y al gremialismo, fue por el impacto que me produjo ver a la gente en la calle, ver aquella mística. Puede ser que haya estado en actos más grandes, pero nunca viví la fuerza y la mística de un acto político como fue ese.

–¿Recuerda cómo fue su ingreso al PDC?

–Yo era compañero de clase y muy amigo de Pablo Mieres, también amigo de Javier Lasida que tenía contactos familiares con el PDC. A través de un dirigente de la JDC de la época, Ernesto Rodríguez, se logró un contacto en una academia de matemáticas. Fui con Pablo a una primera reunión, tuvimos como cinco o seis seguidas, donde bombardeamos a Ernesto con preguntas, hasta que un día nos dijo «basta» (se ríe) y nos incorporó al PDC. Lo primero que el partido me pidió fue armar la democracia cristiana universitaria en la Facultad de Derecho y en 1979 tuvimos un equipo bárbaro de 10 compañeros. Y ahí empezamos, establecimos algunos contactos con otras formaciones universitarias, como los socialistas, con algún compañero de la UJC y resolvimos rearmar el Centro de Estudiantes de Derecho clandestino. A la segunda reunión se despatarró todo porque se llevaron preso a Javier Pérez, un gran amigo, que era de la UJC y que era un poco el que estaba armando el grupo.

–Y llega 1980, el año del NO…

–Claro, en ese año nos concentramos en el trabajo del plebiscito y viví mi primer 1° de Mayo, que consistió en asistir a la parroquia de San Antonio en el día de San José Obrero. La dictadura había declarado movible el feriado del 1° de Mayo y lo habían trasladado al día del nacimiento de Marx, que por cierto no se habían dado cuenta (se ríe). Eso generó malestar, pero el cura se jugó la ropa y organizó una misa invitando a todas las personas que tuvieran vinculación sindical. La gente desbordó la parroquia. Yo estaba parado al fondo y en un momento el aire se hizo irrespirable, porque los tiras reventaban bombitas de olor. De inmediato comenzamos a sentir el ruido de vidrios rotos. Los tiras con barras de hierro estaban rompiendo los parabrisas y los vidrios de todos los autos. El miedo era imponente. Cuando terminó la misa salimos, había una oscuridad absoluta porque habían apagado todo. Luego se llevaron preso al sacerdote, quien estuvo varios días en cana.

–En mayo se conocen las pautas de reforma constitucional, ¿qué hacía usted en ese momento?

–En ese mes asistí a la primera reunión formal de la dirección ampliada del PDC, donde conocí a Juan Pablo Terra. El secretario del partido era José Luis Veiga. Nosotros teníamos la ventaja del retiro espiritual (se ríe), por eso nos juntamos unas cuarenta personas en una casa que tienen los Maristas en el kilómetro 17 de Camino Maldonado. Yo fui uno de los tres invitados jóvenes, nuevos. El tema era el plebiscito. Un compañero del interior dijo que «el plebiscito de este año va a quedar en la historia del Uruguay como una nueva batalla de Las Piedras, porque lo vamos a ganar». De inmediato se escuchó ua carcajada general (se ríe) y todos lo explicaron que (vuelve a reírse) había que hacer la campaña por el NO por un tema de dignidad política, pero que no se podía ganar (se ríe) y que si ganábamos no nos iban a dejar ganar.

–¿Cómo trabajaron por el NO?

Nosotros teníamos ventajas respecto a otras organizaciones de la izquierda, muy perseguidas, por haber mantenido un mínimo de estructura partidaria. Teníamos los mimeógrafos clandestinos. Imprimimos un millón de pegotines. Las planchas las distribuimos entre la gente del partido y en la Facultad de Derecho le dimos a la Coordinadora de Jóvenes Wilsonistas, entre los que estaban Pablo Iturralde, Juan Pablo Croce, Walter Menéndez. En esa época también tuve mi primera manifestación política y fue por el NO. La dictadura organizó una mesa redonda en el Paraninfo, donde fueron Bollentini, Viana Reyes y Esteva, que era el catedrático de Derecho Constitucional y que después fue consejero de Estado. Cuando terminaron de hablar no volaba una mosca e, ingenuamente, preguntaron si alguien no tenía alguna pregunta. Un estudiante pidió la palabra y destruyó el proyecto en cinco minutos. Cuando Bollentini intenta responder se para toda la gente y empieza un abucheo total, absoluto, imponente, espontáneo, que los obliga a irse. No me olvido más de la cara de Bollentini y Viana Reyes, que agarraron sus cosas y se fueron por la parte de atrás del Paraninfo.

–Y nace la Asceep…

–Entre 1981 y 1982 aparece todo un fenómeno que culmina en la Asceep. Comenzó por la necesidad de los universitarios de expresarse. Primero fue por medio de murgas y de revistas. Esto se dio en medio de una polémica sobre la necesidad de mantener un gremio clandestino para mantener las tradiciones más firmes del movimiento estudiantil y la otra posición, favorable a la acción abierta, sostenía que los gremios clandestinos no permitían nuclear a la masa estudiantil. En abril de 1982 fue a hablar conmigo Hoenir Sarthou, quien tenía la misma idea que nosotros. Nos reunimos en el bar Libertad, junto a la Onda, y me plantea fundar una asociación civil
, poniendo entre los fines «cosas que nos permitan hacer cosas». Lo discutimos en la JDC, le dije que sí y metimos para adelante. A fines de ese mes nos juntamos en el Colegio de Abogados, el doctor Rodolfo Canabal que era el presidente nos dio un poco de cobertura con su presencia. Así nació la Asociación Social y Cultural de Estudiantes de la Enseñanza Pública (Asceep), de la cual me eligieron presidente y a Pablo Iturralde como secretario.

–¿En ese momento tenían una estrategia definida?

–No, para ser franco no sabíamos cómo darle contenido. Es aquí que aparece Felipe Michelini, con quien comenzamos a realizar reuniones con gente de distintas facultades para que se integraran a Asceep. Empezamos en el Juan XXIII y después nos trasladamos a la sala de los Conventuales. Al principio iba poca gente, pero lentamente fuimos creciendo y llegamos a fin de año con 500 socios. En esa época estaban los exámenes de ingreso y las estadísticas demostraban que tenía más posibilidades de salvar el que iba a una academia que el que no iba. Ante eso organizamos una academia gratuita. Fue una tarea descomunal porque el examen era a fines de febrero, lo que nos obligó a funcionar en diciembre y enero. Junto a estudiantes y docentes expulsados de la Universidad se montó la academia, con un éxito bárbaro en número de alumnos. Claro que el día que se inauguraron las clases dimos la bienvenida en nombre de Asceep y ahí nos mandábamos el «lineazo».(se ríe). Lo mejor de todo fue que la academia fue también un éxito desde el punto de vista educativo. A partir de marzo de 1983 se viene un crecimiento explosivo, nos instalamos definitivamente en Conventuales e iniciamos un proceso de organización. Se crea un esquema muy participativo, muy fraterno, muy democrático, en asambleas multitudinarias. En este marco los compañeros de la FEUU clandestina también se afilian a la Asceep. En medio de este crecimiento la dictadura intenta frenarlo dando un golpe criminal, que fue en junio de 1983, llevándose presos a los principales referentes de la UJC. Eso fue tremendo, porque como generación era la primera vez que vivíamos en directo que amigos nuestros estuvieran siendo torturados. Por esos días entendimos que había que asumir que el año siguiente era el Año Internacional de la Juventud de la ONU y, acá, había un comité preparatorio. Resolvimos utilizar de pantalla ese año y nos propusimos organizar una actividad preparatoria, que fue la semana del estudiante de setiembre de 1983. Nos fuimos con Felipe a hablar con un representante de la ONU en nuestro país, un chileno demócrata cristiano de apellido Mena. Le hablamos claro y le dijimos que necesitábamos una cobertura que pasaba porque la ONU auspiciara nuestra actividad. Mena se jugó la ropa y nos apoyó tomando como actividad del año la semana de la Asceep. Hicimos talleres, exposiciones, un acto inaugural y un acto de masas. Para cubrirnos invitamos a todas las embajadas, incluida la de EEUU, donde expusieron las realidades educativas de sus países. CX30 nos transmitió el discurso inaugural. Hablamos Gonzalo Tancredi, de la Facultad de Ingeniería, y yo. Luego hicimos un festival de música popular en el Palacio Peñarol, donde habló Felipe (Michelini) y después vino la marcha, que salió de la Universidad, pasó por el Obelisco e hizo un acto en el estadio Franzini.

–Fue la primera irrupción de las nuevas generaciones en la calle…

–Creo que lo más interesante fueron las previas de la marcha. El coronel Washington Varela, que era el jefe de Policía, fue quien tuvo que autorizarla. El único antecedente de acto de masas había sido el 1° de Mayo anterior. Algún día alguien va a tener que investigar quién fue Varela, porque fue una persona muy particular. Montaba un largo proceso de conversación con los movimientos sociales, para después ir negociando. Yo debo haber ido unas diez veces a San José y Yi. Unas veces solo, otras acompañado y alguna vez con toda la barra. Nos dimos cuenta, que el aniversario de la muerte de Artigas estaba en el medio de la semana. Fuimos y le dijimos al coronel que algo sobre la fecha teníamos que hacer y que por eso pedíamos autorización para poner flores en Plaza Independencia. El tipo no quería, pero a la vez le parecía bárbaro que recordáramos a Artigas. Nos llevó tres semanas de negociaciones, saber dónde se podía hacer el homenaje. Varela empezó proponiéndonos que el homenaje fuera ante un busto a Artigas en Malvín, cosa que rechazamos. Luego nos sugirió el Artigas del Banco de Seguros, a lo que también le dijimos que no. Al final hicimos una transacción: nos dejó ir a la Plaza Independencia, hasta nos permitió hacer un discurso, pero sólo a ochenta de nosotros. Y así se hizo, pero rodeados de 200 tiras (se ríe).

–Llegamos a la marcha del 23 de setiembre de 1983.

También sobre la marcha hicimos un pacto con Varela: que sólo podíamos ocupar la mitad de la calle, que no podíamos pisar los canteros de Bulevar Artigas, que teníamos que pasar en silencio frente al Hospital Pereira Rossell y que nos encargáramos de la seguridad. Para la seguridad tuvimos mil estudiantes y el jefe era el Pepe Bayardi, el actual diputado. Veinte compañeros durmieron debajo del estrado para asegurarse que nadie pusiera nada. Largamos de la Plaza Independencia, pasamos frente al monumento a José Pedro Varela, pusimos flores, ante la casa de Seregni todo el mundo se sacó las ganas cantando consignas, y cuando estábamos a esa altura de la Facultad de Arquitectura hablo con la cola de la marcha y nos dicen que recién estaban llegando al Obelisco. En el Franzini quedó gente afuera.

–¿Hubo algún incidente?

No, sólo una anécdota más. Estába en el Franzini, viene un compañero y me dice que tengo que ir a un costado del Parque Rodó. Voy y me encuentro al jefe de Inteligencia para gremiales, con 25 tipos vestidos de civil que querían entrar al Franzini y nuestra guardia no los dejaba entrar (se ríe). Habíamos puesto un candado en la puerta, mientras a los tiras los miraban de pesados y no los dejaban entrar (se ríe). Finalmente los dejamos pasar. Me acuerdo de la furia que tenía ese hombre. Era brutal, nos acusaba de no haber cumplido con nada de lo pactado y en medio de la bronca me pide el texto del discurso, cosa que se lo niego diciéndole que sólo había una copia. La cosa terminó cuando aceptamos que un oficial de Inteligencia se podía parar al lado del que leyera el discurso y que cuando terminábamos de leer una hoja, se la teníamos que dar. El Franzini fue el símbolo del fracaso de la dictadura, porque allí estaba luchando la generación a la que le habían querido lavar el cerebro durante diez años.

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