Treinta y siete años después
Ayer, en el acto conmemorativo de los 37 años del Frente Amplio son tantas las diferencias con el otro de aquella fría noche del 1971 que no habría poesía que lo tolerara.
Se sabe que las comparaciones son odiosas, pero tanto se hizo por respetar, en el acto de ayer, el lugar y la ubicación del estrado de aquel primero que, sin siquiera uno proponérselo, las retinas lo remontan a aquel lejano …¿mitin?…bueh, tampoco hoy se convocan a los actos con ese anglicismo cosa que sí pasaba antes.
Anoche las vallas de contención del acto, ésas que organizan al público de un lado y a los invitados del otro, fueron casi una frontera para los que hoy estuvieron de este lado. Del lado más cercano del escenario. Los que ahora están del lado de acá, hace casi 40 años lo miraban de afuera, como a esas cosas que nunca se alcanzan. «En el acto del 71 yo estaba allá y era blanco entonces» dijo el diputado Carlos Varela, de Asamblea Uruguay. «Y yo estaba acá, donde había una estatua de Artigas que ahora está en Salto» recordó casi fotográficamente el otro asambleísta Jorge Patrone señalando hacia la explanada de la Intendencia donde hoy de la figura del Prócer no queda ni el basamento.
Anoche casi no había ojos que no estuvieran empañados por el recuerdo. Nadie lo imaginó así. Las emociones no se simulan. Pero los años traen eso. Como también el tiempo trae caras extrañas.
Enterito y vestido como para fiesta estaba Hugo Villar, primer candidato a la Intendencia de Montevideo que tuvo el Frente Amplio y el único que repitió anoche su subida a ese estrado y en ese lugar. Los otros dirigentes estaban también, pero en la memoria.
Anoche todo fue nuevo y acorde a los tiempos digitales que se viven. Hubo mucho glamour, brillo, luces y perfume de mujer. La llegada al acto de la ministra de Salud Pública María Julia Muñoz se pareció más al pasaje de una glamorosa actriz sobre la alfombra roja de Hollywood que la de un Secretario de Estado arribando a un acto político. Rabiosamente aplaudida por mujeres que le estiraban sus manos y labios para besarla, María Julia sacó a relucir su sabiduría de contacto con el público que seguro le ha dado las noches de las Llamadas por las calles del barrio Sur y Palermo. Y el «Pepe» Mujica no se quedó atrás. Fue el primero de los «populares» en llegar al acto y el que más demoró en sentarse. Tuvo que sortear trescientos micrófonos, otro tanto de cámaras y mil quinientas manos dispuestas a estrechar la suya.
Hay tres hechos a resaltar. Uno, la emotividad que puso la persona responsable de traducir a los sordos al momento de entonar las estrofas del Himno Nacional. Si Francisco Acuña de Figueroa la hubiera conocido, la contrataba para convencer a las autoridades de la época sobre el énfasis de la letra que él había creado.
Dos, si se le preguntase a la gente que estaba en la esquina de 18 de Julio y Ejido qué le había parecido el acto, habría dicho «¿qué acto?». En ese lugar los parlantes estaban apagados y absolutamente nadie pudo oír nada.
El último, un grupo de gente portando un pasacalle que decía: «brigada Constanza Moreira: renovación ya» y encima con signo de admiración. ¡Pucha….los recuerdos me han hecho mal!.
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