Ese Wilson todo pasión y admirable
Abriré y cerraré esta columna con citas literarias. Reflejan fielmente al hombre impar homenajeado, simbolizándolo en el amor y la idea, en la palabra y la acción. Hesse confesó: «No soy responsable de la lógica o de la carencia de sentido de la vida, pero sí soy responsable de lo que haga con mi propia, única e irrepetible vida». Fue una actitud así, precisamente, la mejor reverencia de Wilson a su país y a su tiempo. Hubo discursos ricos, emotivos, pero si la oratoria se hubiese reducido a Julio María Sanguinetti –distinción que hago con profundo respeto por los demás– habría sido suficiente. Emergiendo con dificultad de entre sus cada día más pobladas cejas, regaló una apología que dibujó a Wilson de modo inteligente, abarcador, cargado de respeto republicano.
Al principio se cantó el Himno Nacional. Y fue viendo en el palco a Silvia Ferreira con su mano cruzada sobre el corazón, que alguien recordó una de tantas anécdotas de su padre, cuando, en un rapto de humor, describió ese gesto: «…con la mano en la pajarilla». Claro, se advirtieron también hechos de otro tenor. Silvana Charlone (Espacio 609) exhibió un exquisito trajecito celeste, con apropiada blusa blanca, aunque nadie la confundió con una militante nacionalista. Vaillant y Semproni, entre tanto, estuvieron largo rato sentados muy juntitos; ¿es que el ramo de claveles rojos sigue intacto? Y Jorge Batlle, aunque cueste creerlo, aguantó todo el homenaje sin abrir la boca. En fin, Wilson fue ese «ceramista que premedita un color y una forma» mencionado por Borges. Fue, por tanto, uno de «los justos» que, más allá de la muerte, con el ejemplo imborrable de su vida, «están salvando al mundo».
Compartí tu opinión con toda la comunidad