La Columna de Sherlock
Tabaré agradeció a Ramón Cabrera
Sherlock tuvo que «volar» desde Carrasco hacia la sede de la Alianza Progresista, que inauguraba su nueva sede. Luego de escuchar los discursos, se tiró por el fondo de la casa – un verdader lujito-, para compartir algunos vasos de contenidos amarillentos.
Lo primero que lo sorprendió fue el afectoso saludo que se dieron el diputado nuevoespacista Rafael Michelini y el ex miembro de esa colectividad política Miguel Cejas, quien ahora integra el Encuentro Progresista.
Superada esa primera impresión, se encontró que en la pared del fondo hay un lugar para una virgen, pero que ahora contiene una plantita. Por cierto que no faltó el típico comentario: «Ese lugar se lo dejaron al PDC».
Pero el postre fue cuando Tabaré Vázquez se integró a una reunión de cuatro o cinco personas. Luego de darle un gran abrazo al edil de la Alianza Progresista Ramón Cabrera, le pasó la mano por el lomo.
– Si no hubiera sido por Ramón, no sé que hubiera dicho en mi primer discurso en 1989 que fue por Camino Maldonado. Me dio flor de mano, enfatizó Vázquez, mientras Cabrera parecía más grande de lo que ya es.
El auto de alquiler de Julio Lara
Sherlock estuvo el pasado miércoles por el Aeropuerto de Carrasco, esperando a algunos diputados que venían del polémico viaje a Italia.
Un viejo amigo maletero lo esperó frente a uno de los kioscos de venta de ‘suvenires’ y allí charlaron un rato.
–¿Novedades?, preguntó el sabueso.
–Pocas, muy pocas. Al que parece que gastaron en el viaje fue al diputado Julio Lara.
–¿Qué le pasó?
–Parece que organizó con lujo de detalles su estadía en Italia y se le fue la mano.
–¿Y?
–Parece que desde Montevideo alquiló un auto en Venecia.
–Qué duros, se limitó a decir Sherlock sin ningún gesto facial.
Otra de las visitas de Sherlock fue por la sede del Honorable Directorio del Partido Nacional, donde las imágenes fotográficas de las montoneras gauchas lo siguen emocionando.
Los colores que prenominan en la sede son el blanco del mármol, el color de las maderas de ley y algún toque celeste. Pero en un momento el investigador se notó turbado. Y fue cuando aparecieron dos funcionarias vestidas de verde, de la punta del pie a la cabeza.
–¿Qué está pasando? ¿No estaremos en la sede del PS?, atinó a decir Sherlock sin querer molestar a nadie.
–No, sólo estamos uniformadas, dijo una de las chicas, con cara de pocos amigos.
El investigador hizo un gesto de disculpa y bajó la escalera volando, como perro en medio de un tiroteo.
El segundo piso del Anexo del Palacio Legislativo se vio conmovido, porque «alguien», como dijo un técnico, entró en el despacho del MPP e ingresó a los archivos de ese sector encuentrista.
Sherlock, que lo más moderno que conoce es una vieja Remington y el lápiz Faber número 2, ingresó al despacho con la pipa en una mano y los lentes en la otra. Observó cada rincón buscando huellas, pero nada.
–Estimado investigador, sepa que en el caso de la informática, no se buscan huellas dactilares, a pesar de que el intruso deja huellas, dijo el joven técnico.
–Por favor, eso es de mi dominio, por algo hice un curso con mi nieta, atinó a decir Sherlock sin mirarle la cara al muchacho.
–Mire, hicimos una investigación seria sobre la clave de acceso que es «Gui» y de inmediato, con sólo apretar una tecla tuvimos los nombres de todos los posibles ingresantes, dijo el técnico quien de inmediato pasó a apretar la mágina tecla.
En la lista surgieron todos los Guillermos posibles, unos doce, entre ellos Stirling, el actual ministro del Interior.
–Esto tiene todo el aspecto de un error, en la medida en que Guillermo Stirling fue diputado y su nombre y apellido debe haber quedado en la memoria, agregó el técnico.
–¿Pudo haber sido un hacker?, preguntó Sherlock para darse lustre, en la medida que ese es el único nombre que conoce de la agenda de los fans de la informática.
–De ninguna manera, debieron entrar en el despacho, dijo contundente el técnico, quien de inmediato se reiteró sin ocultar su molestia con la actitud arrogante de Sherlock.
Sherlock visitó la cafetería del anexo y cuando bajaba por la escalera se encontró que dos personas no ocultaban su preocupación por el estado anímico del diputado Sebatián Da Silva, de la lista 903.
Sherlock, entrometido como siempre, los paró en medio de la escalera y pidió una aclaración.
–Da Silva es el responsable de juntar el dinero para construir el monumento a Artigas, que resolvió la Cámara de Representantes cuando la conmemoración de los 150 años de su muerte, dijo uno de los más gorditos.
–No entiendo, dijo el investigador.
–Muy sencillo: los legisladores se comprometieron a aportar 100 dólares para levantar el monumento en la explanada del Anexo.
–¿Y?
–Nada, de casi nadie.
–¿No estarán esperando el aguinaldo?, preguntó Sherlock y no esperó respuesta. Se fue silbando bajito.
Viernes pasado en la noche. El pub Milenio de bote a bote. Adentro la música rebota en las paredes con toda energía. Sherlock, con algodones en los oídos, busca la noticia.
En los primeros minutos del sábado una pareja busca una mesa en un lugar reservado y oscuro. Algunos de los muchachos comentan su presencia.
–Vio, en aquel rincón está el contador Davrieux con su esposa, ¿lo reconoce?, le dijo una muchacha de unos 19 años, sin dejar de contornear su cuerpo.
–¿Qué hace aquí?
–Es que uno de sus hijos es el que toca el bajo de este grupo «Sordromo», agregó la misma piba.
–Es bueno el gurí, ¿no?, preguntó Sherlock, a quien ya se le movían los pies siguiendo la música.
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