Escrito por: RL
Durante muchos meses he escuchado, desde filas de izquierda, siempre pura y limpia, que Tabaré Vázquez se inclinó a favor de la Iglesia Católica. Como no podía ser de otra manera, la responsabilidad era de su esposa, que es una creyente confesa. Debo confesar valga la redundancia que vi a muchos militantes, de antes y de ahora, derramar lágrimas porque el monumento al Papa Juan Pablo II se instaló junto a la cruz de la Avenida Bulevar Artigas. Soy de los que vienen de generaciones profundamente ateas, incluso tengo a un abuelo materno que se enfrentó a la Iglesia Católica, cuando se debatió la laicidad en la enseñanza en los comienzos del Siglo XX. Sigo pensando con don Otto Niemann el padre de mi madre, que eso era lo correcto. Sé lo negativo y lo positivo que ha sido el Vaticano para la humanidad. Soy, además, agudamente crítico del poder eclesiástico, porque creo que ha sido el mayor freno de las mejores ideas de la humanidad. Con el tiempo aprendí, gracias al Ñato Enrique Rodríguez comunista confeso, que debía entrar junto con él a la catedral de México que está junto al Zócalo, “porque ahí está la historia de la humanidad”. Me dijo y me convenció, luego de discutir mucho. Aprendí por qué el cura Miguel Angel, pícaro hombre de sotana, “convivió” con mi padre en los vagones, cárceles de Canelones en dictadura. Aprendí de Arismendi y de Trías, dos amantes de la escuela vareliana, laica, gratuita y obligatoria, que en la tierra no nos debíamos dividir entre ateos y cristianos, porque eso era una falsa división, que impedía la gestación del pueblo unido. Confieso que hoy me gustaría que aquellos que criticaron a Tabaré por su buen diálogo con la Iglesia Católica, si fueran coherentes, emitieran un comunicado criticando a Fidel Castro, porque un día antes de dejar el poder, se inauguró en La Habana un monumento a Juan Pablo II. No lo van a ser, porque son unos miserables ideológicos. Opinión de un ateo. Confeso, además.
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