Transitando a 2014: ¿Qué política internacional necesita Uruguay?
Un gigante es siempre peligroso, pero es mucho más peligroso si está herido. Algo de esto pasa con Estados Unidos que siente que no está pasando por un buen momento económico y financiero. Incluso muchos creen que está al borde de ingresar a una profunda recesión.
Estos datos lo perciben no sólo los centros de poder económico y militar de ese país, también sus gobernantes, mientras que la misma Europa comienza a notar que quizás le llegó su nuevo momento. No es casualidad que el presidente de Francia, el conservador Nicolás Sarkozy, haya propuesto que Brasil sea incorporado al Consejo de Seguridad de la ONU y al G-8, el grupo de los países más industrializados, donde también se incluirían China, India, México y Sudáfrica.
La idea del enamoradizo presidente galo es generar un cambio en la correlación de fuerza mundial a nivel de los máximos organismos internacionales. Como si esto fuera poco, este aliado de Hugo Chávez en materia de política «humanitaria» hacia Colombia, también tendió una mano hacia otras partes del mundo, cuando el pasado 8 de enero dijo que hay que ayudar a los países en desarrollo, «para que tengan acceso a la energía nuclear civil», quienes además «tienen el buen juicio de elegir la tecnología francesa». Estaba pensando en Irán; es que los negocios son negocios ¿vio?
Pero la crisis inmobiliaria de Estados Unidos, que puede extenderse a otros sectores, muestra sus primeras puntas en medio de las elecciones internas, presentando al gigante debilitado, herido, pero no derrotado. El mayor error para las fuerzas mundiales progresistas y de la paz sería revivir la idea de que la principal potencia mundial es un «tigre de papel». Está en crisis, el enfermo puede empeorar, pero no hay elementos para pensar en la inminencia de la «decadencia americana». Su rico e inmenso mercado será siendo de interés para las economías como la nuestra.
Lo muy bueno
Las visiones menos optimistas sostienen que América Latina seguirá creciendo, pero a un ritmo un poco más lento. La región parece haber entrado en un período de impulso económico permanente con un crecimiento sostenido en los últimos cuatro años cercano al 5% de su Producto Interno Bruto (PIB), que debería mantenerse en 2008. Las economías del continente crecieron por encima del 5% en 2007 y los principales indicadores y los análisis de coyuntura de las instituciones internacionales son alentadores.
«Prevemos en 2008 un 4.5% de crecimiento del PIB, en parte porque han bajado los precios de materias primas que exporta la región. Pero es un porcentaje alto para los estándares de la región», le dijo a BBC Mundo Humberto López, economista principal en la oficina del Banco Mundial para Latinoamérica.
Lo regular bueno
A pesar de este horizonte luminoso, hay indicadores políticos que deberían llevar a que la izquierda y el progresismo latinoamericano le pusieran su atención. Seguramente por aquello de que los cambios siempre implican marchas y contramarchas, sin excluir a las derrotas y nuevas victorias.
En el último año, el progresismo tuvo sus primeros problemas, aunque no se puede decir que haya cambiado la orientación general de avance de las fuerzas que dejan atrás al neoliberalismo.
Argentina confirmó la nueva época, donde Cristina Fernández de Kirchner fue electa presidenta de esa república. No es poca cosa para una Argentina que conoce poco de democracia, que «la Cristina» haya llegado al gobierno con una mirada latinomericana.
Si nos trasladamos a Venezuela, está la derrota que sufrió Hugo Chávez en un plebiscito que no solo puso en juego su reelección, sino que también quedó cuestionado el modelo de sociedad que se jugaba con la nueva Constitución propuesta.
Si nos vamos bien al sur, el elogiado modelo chileno de la Concertación no ha dado señales de reactivación en el campo de la gestualidad política ni en el mejoramiento de la calidad de vida de las mayorías, al grado de que la presidenta Michelle Bachelet fue cuestionada por masivas manifestaciones estudiantiles y a principio de este año por la inquietud mapuche. La división de la izquierda sigue siendo una piedra en los zapatos de Chile.
Es en Ecuador, pero particularmente en Bolivia –los dos países con mayor presencia de pueblos indígenas–, donde hay una oligarquía poderosa, reaccionaria y racista, que se opone a los cambios que impulsan los presidentes Rafael Correa y Evo Morales, respectivamente. «Quiero que sepan con responsabilidad y con sinceridad (que) si quieren sacarme me sacarán muerto del Palacio (de gobierno), acá vamos a defendernos», dijo el presidente boliviano, dibujando así las tensiones que estaba soportando hace unos días.
Brasil y Uruguay, a pesar de las diferencias económicas y poblacionales, surgen como los países más estables, con oposiciones severamente críticas pero civilizadas, que centran sus acciones contra las políticas distributivas. A Tabaré Vázquez se le observa por la implantación de la reforma tributaria y de la Salud. A Lula por haber aumentado los impuestos a los bancos «porque están ganado mucho», aunque estuvo urgido porque la oposición no le votó un impuesto a las transacciones financieras, con el que iba a recaudar el equivalente al 6% del presupuesto.
Dentro de los elementos contradictorios está el hecho de que haya fracasado la operación humanitaria para rescatar rehenes de las FARC, donde el primer round lo ganó el presidente de Colombia Alvaro Uribe, con la complicidad de Estados Unidos. Pero el segundo round –el definitivo– fue para Chávez, quien al lograr la liberación de las rehenes consolidó una política de paz y aumentó su prestigio internacional.
A pesar de que los encontronazos entre Argentina y Uruguay por la implantación de la planta de Botnia no han tenido ribetes militares, es sabido que la diplomacia latinomericana y los servicios de inteligencia de las fuerzas armadas de la zona le tienen puesto el ojo al problema.
La corrupción, fenómeno humano generalizado en el mundo moderno, que tuvo su mayor expresión bajo la ola del neoliberalismo, ha adquirido hoy protagonismo político y es uno de los instrumentos que Estados Unidos utiliza –caso Antonini y su valija, por ejemplo– para tensionar las democracias progresistas, con el aplauso de las derechas criollas.
A la vez perviven en la región considerables atrasos en el desarrollo del Mercosur, que es soñado como el núcleo motor de la integración sudamericana, en tanto tiene la posibilidad de conjugar Estados de diferentes orientaciones políticas e ideológicas, cosa que no ocurre con el ALBA donde priman las identidades políticas por encima de las políticas comerciales, pero que igual se llevan adelante gracias al apoyo petrolero de Venezuela y a la estabilidad de Cuba.
Un dato no menor de esta realidad, por cierto positiva, son los primeros acuerdos para crear el Banco del Sur, que de tomar forma puede transformarse en un espacio financiero que le permita a los países del sur actuar con mayor independencia de las turbulencias financieras que comienza a soportar Estados Unidos. Si fracasa, puede llegar a ser una verdaderas tragedia para nuestros pueblos.
Toda esta situación positiva, compleja, contradictoria, con señales de alerta a tener en cuenta, parece carecer de una izquierda que esté reflexionando junta –si lo hace nadie se entera–, para intercambiar experiencias, a pesar de que el Foro de San Pablo vive y lucha. Al igual que en el Frente Amplio de hoy, en la región hay poco de reflexión política, donde además la academia y la diplomacia parecen, por momentos, no tener nada en común.
¿Qué política exterior?
No se puede desconocer que el gobierno progresista de nuestro país ha mostrado importantes contradicciones en materia de política internacional, dependiendo mucho de los actores, donde no ha estado ausente el propio Presidente.
Como es sabido, los enfoques del ministro de Economía, Danilo
Astori, y del canciller, Reinaldo Gargano, no han sido los mismos y no lo han sido sólo por diferencias de carácter político o ideológico, sino porque no se comprendió que la política internacional tiene necesariamente dos patas: lo estrictamente político y lo comercial. Hay momentos en que Astori pareció establecer definiciones políticas a través de sus análisis primarios sobre las conveniencias comerciales y a Gargano le pasó lo mismo, pero a la inversa: a partir de lo político sacó conclusiones comerciales.
Luego de un largo –demasiado–, proceso de ensayo y error, Uruguay parece haber encontrado la serenidad y el camino de «más y mejor Mercosur», pero abierto al mundo, incluyendo a Estados Unidos, sin la necesidad de la firma de un Tratado de Libre Comercio. Si esto es así, si no aparecen nuevas novedades en la interna, hay que pensar qué tipo de política exterior necesita el país y el gobierno progresista en base a esos preceptos. Ante la inminente renovación del equipo de gobierno, donde dejarían sus lugares Gargano y Astori, entre otros, ha comenzado a danzar el nombre de Carlos Gianelli, nuestro actual embajador en Estados Unidos, quien junto a Astori y el ministro Jorge Lepra ha sido clave en el desarrollo de las relaciones políticas y en el mejoramiento de las relaciones comerciales con Estados Unidos. Si la política internacional fuera sólo la búsqueda de nuevos mercados, de inversores y de nuevos negocios, no habría la menor duda de que Gianelli es la personalidad indicada para estar al frente de la Cancillería en caso de que no siga Gargano. Pero el mundo no es sólo comercio, también las relaciones internacionales se definen a través proyectos políticos comunes, porque el debate de las ideas y de proyectos de sociedades no ha desparecido. Ojalá no ocurra nunca, pero ¿alguien puede dejar de pensar que mañana, dentro de tres meses o un año el gigante herido no invada un país, promueva un golpe de Estado o viole los derechos humanos en su propio territorio o en una isla perdida? Si eso ocurre, nadie en el Uruguay tiene la menor duda de que el gobierno de Tabaré Vázquez lo va a censurar, porque es fiel a los principios de la izquierda. Entonces ¿es conveniente tener a un diplomático como Gianelli al frente de la Cancillería cuando es nuestro mejor interlocutor con Estados Unidos y los centros de poder económico de ese país?
Que se lea bien. La preocupación no surge porque existan dudas sobre el compromiso de Gianelli con la paz, el derecho internacional y la defensa de los derechos humanos, sino que parece no conveniente «mandarlo al muere» y a confrontar con el gigante herido en determinadas circunstancias, cuando el país lo necesita para que siga trabajando para ganar el mercado estadounidense que hoy presenta sus debilidades, pero que no es «un tigre de papel», ni la Madre Teresa.
Si Tabaré Vázquez resuelve dejar de recibir los servicios de Gargano en el Ministerio de Relaciones Exteriores –un canciller al que no siempre se le tuvo en cuenta y que sufrió ataques como ningún otro ministro desde la oposición y desde la interna–, hay que construir una política exterior que pueda jugar en todas las canchas, en la política y en la comercial, pero sin poner en peligro todo el prestigio diplomático, un verdadero capital, que es Gianelli.
Asimismo, esta nueva Cancillería hay que pensarla en clave política sin desconocer lo comercial, en la medida de lo posible hasta 2014, porque de otra manera estaremos siempre viéndole la nuca a Itamaraty, a Tlatelolco, a La Habana, a Caracas, las más experientes en esto de influir en el mundo. ¿No es que el Frente Amplio va a ganar en las próximas elecciones de 2009?
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