El velorio del Negro jefe
¿Qué es el surrealismo? No intente comprenderlo por vía de la lectura y del estudio. Sólo hay un camino: vivir un tiempo en México, donde la realidad y la magia son una misma cosa. El día de los muertos es de festejos, música y tequila. Pero no es frivolidad al estilo de la TV porteña y de la nuestra, es otra cosa, algo profundo, difícil de diagnosticar, mucho más complejo de definir. Es la vida humana, algo que no intentaré definir, porque estoy convencido de que nunca nadie podrá encasillarla en la estrechez de la palabras, si no se es un Juan Rulfo o un García Márquez (no lo soy.
Luis Charlone, el Negro, se murió hace pocos días en México, país donde se asiló, vivió y murió, luego de un pasaje por Angola. El impacto fue tremendo. De inmediato los afectos se desataron y la Chiqui y otros comenzaron a sentir la necesidad del duelo. Y como no hay duelo sin velorio, el desafío fue provocar el velorio, organizarlo, porque el Negro fue organizado a pesar de su bohemia.
«Mañana vamos a tomar una copa en el boliche de La Paz en que paraba el Negro», me dijo el Gallego. En un comienzo la idea no me conmovió y hasta me pareció que iba a ser una acumulación de depresiones (ya con la mía me alcanzaba), lo que no me agradó mucho. El Roger, un eterno optimista insoportable –no soporto a los optimistas, por lo tanto no soporto a Roger– me dijo «Andá, es tu gente». Fui y estuvo bien en ir (voy a empezar a creer en los optimistas).
Nos encontramos en la ciudad de La Paz, en el boliche del Negro, donde confluimos los «urumex», los paceños y su barra de la noche, donde Charlone se la había apropiado con cancha y cerebro.
Al principio nos costó entrar en ambiente, pero poco a poco nos fuimos soltando hasta que comenzaron a surgir las anécdotas, los recuerdos y en cada intervención se comenzó a dibujar al Negro con sus múltiples facetas, profundamente humanas. Las buenas y las malas, pero siempre humanas. Así era el Negro jefe.
Un hombre alto, de gorro de lana, lo definió muy bien: «El Negro era el primero en llamarnos a la calma, a que no hubiera lío, pero siempre fue el que dio el primer golpe».
Fue un velorio sin cuerpo presente, pero el Negro estuvo allí, como queriendo quedarse para siempre. Incluso, lo confieso, cuando estoy por terminar estas líneas siento que el Negro me pregunta: «¿Y usted (nunca me tuteó y yo tampoco) cree que es bueno escribir eso?». No lo respondí.
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