El adiós al Negro Jefe

Ayer, pasadas las primeras dos horas de la mañana, me despertó una llamada internacional. Era el «Sordo» quien se limitó a decir: «Murió el Negro Charlone, me dijeron que te llamara». De ahí en más el replay comenzó a funcionar, las lágrimas a caer y comencé a sentir en el presente el tiempo pasado.

Luis Charlone, así fue apuntado ante la institucionalidad, fue uno de los personajes más admirables que conocí en mi vida. Fue uno de los asilados políticos en la embajada mexicana, que con su personalidad nos marcó a fuego.

El Negro, de aquí en más el Negro, no fue un hombre común. Llegó a la Embajada de México después de haberse escapado de Inteligencia, en la calle Maldonado y Paraguay. Su fuga fue después de que los torturadores lo masacraron, pero en aquella época el Negro tenía un físico privilegiado y una moral mucha más alta, la que conservó hasta la muerte.

Luego de andar a monte durante mucho tiempo, se refugió en la embajada, previo el análisis que hacía el embajador, que no asilaba a cualquiera, y la opinión de Eduardo Viera, dirigente del PCU. El Negro en aquella época era un comunista orgánico (no sé si en algún momento dejó de serlo).

El que le facilitó el ingreso a la embajada fue Moisés Lasca, también dirigente del PCU, quien lo reconoció. «A este lo vi tirado en el piso, después de una paliza bárbara», dijo Lasca, confirmando que el Negro no era un extraño o provocador que se nos metía en la embajada. Es que el Negro era de Canelones y Viera tenía una visión montevideana de la vida.

El Negro, que era de La Paz, se transformó en una figura entrañable. Sereno, reflexivo, pero fiero como una hiena, aunque jamás era de gritar y de imponerse con su presencia. Era un hombre de huevos, pero con cerebro.

Siempre me gustó decirle que si hubiera sido un gerente de una transnacional, no habría pasado vergüenza. Pero tampoco hubiera pasado vergüenza en un quilombo. Así era el Negro.

Fue exiliado en México, volvió a México, después de un pasaje por Angola, donde hay una anécdota que él me contó con fina satisfacción. Un día estaba conversando con «Barba Roja», un rubio dirigente cubano destinado en ese país africano.

Uno de los jefes soviéticos que estaba en esa reunión preguntó quién era cubano y le señalaron a esas dos personas. Como era de esperar el bolchevique fue directo al Negro, lo saludó, conversaron un rato largo, hasta que el Negro le dijo que era uruguayo y no cubano. El soviético había pecado de racista y creído que hombre caminando de piel oscura era sinónimo de cubano. El Negro se moría de risa cuando me contaba lo sucedido.

El Negro ya no está más entre nosotros, aunque en el último mes habló con varios de los ex exiliados largo y tendido, como queriendo despedirse. Seguramente la Mesa Política del Frente Amplio no se preocupará de saber quién fue el Negro. Pero en La Paz, en Canelones, entre los que vivimos en México, seguirá siendo un apoyo para seguir adelante, sin doblarnos. Porque el Negro nunca se dobló, aunque el Negro Jefe se haya ido. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje