A tres años de la gloria

El próximo 31 de octubre se cumplen tres años de que el Frente Amplio ganara las elecciones nacionales. Con esa victoria electoral, por primera vez en la historia del Uruguay la izquierda accedía al gobierno e iniciaba un nuevo período histórico, al poner fin al dominio electoral de las dos viejas colectividades políticas que habían construido, con errores y aciertos, el rumbo de la República y de la patria.

Tanto mujeres y hombres de la izquierda, como los adversarios, comprendieron que se estaba ante una experiencia inédita. Eso, por cierto, generaba expectativa y preocupación.

Muchas veces se había dicho que si la izquierda ganaba el país iba a entrar en una espiral de inestabilidad, cosa que por cierto no ocurrió. No hubo fuga de capitales, se supo posponer los peores efectos de la la deuda externa, las Fuerzas Armadas aceptaron el resultado de las urnas, a la vez que el país entró en un profundo proceso de cambios, sin alterar el orden público y la salud de las instituciones.

Los nuevos gobernantes tuvieron que aprender a gobernar y los nuevos opositores a oponerse. El desafío, para ambas partes, aún no ha sido resuelto de la mejor manera, pero el diálogo y la convivencia democrática son parte sustancial del paisaje político del país.

El programa del Frente Amplio ya se ha cumplido en más de un 50%, lo que no es poca cosa para una fuerza política que tomó un país dramáticamente desgarrado por la fractura social. El compromiso con los más humildes se está cumpliendo.

Se avanza en la búsqueda de la verdad para esclarecer los hechos ocurridos durante la dictadura, las relaciones laborales se han democratizado como nunca antes había ocurrido en el país, las empresas públicas se transforman y mejoran su gestión, el Estado terrateniente comienza a entregar sus propiedades improductivas y el Instituto de Colonización, a quien se había dado por muerto en reiteradas oportunidades, se vitaliza y se coloca del lado de los pobres del campo. La infraestructura del país comienza a desarrollar musculatura y las obras se adelantan al país productivo establecido en el programa de la fuerza política. La redistribución de la riqueza avanza con la aplicación del Impuesto a las Rentas Personales de las Personas Físicas, la Salud se apresta a tener un sistema más igualitario y la Enseñanza establece las bases, con una nueva ley aún no ajustada, de un proyecto educativo de largo alcance.

Mientras el país cada día exporta más, produce más, su gente consume más, y la pobreza y la indigencia caen abruptamente, gracias al esfuerzo solidario de la sociedad que se manifiesta a través de fuertes políticas sociales.

Claro que hay problemas nuevos. Nadie imaginó la desgracia de tener diferencias con Argentina, bloqueos de puentes y de carreteras mediante, porque los soberanamente los uruguayos estamos dispuestos a seguir adelante con la instalación e inmediata puesta en funcionamiento de la empresa Botnia.

Nadie imaginó que el precio del barril del petróleo iba a llegar a los 100 dólares, lo que perjudica a un país dependiente del petróleo como el nuestro.

Como un fantasma difícil de atrapar está la inflación, que por primera vez tiene como enemigo principal a un gobierno que baja los costos de los servicios del Estado para favorecer a los más desposeídos.

Hay temas, como es la emigración de los más jóvenes, que aún sigue preocupando. Fenómeno que tiene que ver con la falta de políticas para los sectores medios capacitados, componentes sustanciales e históricos del bloque social del cambio que la izquierda ha construido desde fines de los años 50.

La izquierda en el gobierno ha descubierto, como nunca se lo había imaginado, que el Estado tal como existe hoy es un palo en la rueda que demora la concreción del Uruguay Productivo. Por eso, el presidente Tabaré Vázquez ha dicho que la reforma del Estado es «la madre de todas las reformas».

Pero si hubiera que establecer cuál es el mayor problema que tiene hoy el progresismo a tres años de su victoria, no cabe la menor duda que es de carácter político y que se manifiesta en el divorcio entre los gobernantes y la fuerza política, así como en el debilitamiento del Frente Amplio que ha perdido energía, mística, capacidad de convocatoria y de elaborar propuestas de futuro, teniendo siempre el oído en la tierra para conocer la marcha de las realizaciones del presente.

En tres años sabremos si este esfuerzo de muchas generaciones valió la pena o no. Será la gente, una vez más, la que resolverá el rumbo del país. *

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