Las torturadoras
Uno de los temas que indaga el juez Luis Charles es el probable traslado a Uruguay a principios de 1978 de un grupo de militantes de los Grupos de Acción Unificadora (GAU) y del Partido Comunista Revolucionario (PCR), que fueron secuestrados en Argentina en diciembre de 1977. Usted fue testigo de la tortura en la Dipre de un grupo del PCR capturado el 16 de diciembre de aquel año.
Fue una operación que se llamó «Conejo-Coneja». No se de dónde vino el comando de esa operación. Si del SID, la Armada o de otra agencia aliada. El grupo fue infiltrado por Fernando González Manqui. Agarraron a los cuatro compañeros del PCR cuando iban a irse a Buenos Aires. Los torturaron de una manera terrible. En aquel momento desde el laboratorio se escuchaban los gritos. Llegué a verlos desnudos, atados, encapuchados, en caballetes, sufriendo picana y tacho. A uno de ellos le llegaron a romper el bazo y tuvieron que internarlo en el hospital militar. A las dos compañeras les hicieron todo tipo de salvajadas, aunque una de ellas estaba embarazada… ¿Violación? Sí.
Esos operativos contra el PCR y el GAU en Uruguay derivan en los secuestros de aquel año en Argentina. Existe un testigo del PCR, Angel Gallero, detenido en Montevideo en enero de 1978 junto al desaparecido Ricardo Blanco, que luego vio a Carlos Cabezudo, quien había sido secuestrado en diciembre en Buenos Aires, sufriendo torturas en el centro clandestino de La Tablada, donde se había mudado el 300 Carlos de la OCOA. El menciona a dos mujeres torturadoras de la marina, que utilizaban algo llamado «magneto», pero nunca pudieron ser identificadas…
Al juez Charles le conté que una vez, cuando fui a sacarle huellas dactilares a los compañeros del GAU que estaban presos en el Fusna, vi salir a una mujer con uniforme camuflado, de más de 1, 70 mts de altura, pelirroja, de pelo largo, que cuando abrió la puerta se sintieron los gritos de la tortura a mujeres. En Prefectura había dos mujeres del «S 2″ del Fusema. Una se llamaba Gloria Reyes y la otra, muy bonita, se llamaba Mirtha. El jefe de ellos era el teniente Da Silva, también torturador, denunciado no sólo por mí. Allí también actuaban un marinero Walter Videla al que le decían «Cuatro dedos», otro de cutis negro apellidado Vaz y un cabo al que le decían «el Manso» Cabrera. Todos ellos estuvieron metidos con la detención de argentinos en Uruguay. Hubo un procedimiento en el que trabajaron juntos el Fusna, el Fusema y el Dipre en Canelones. Allí mataron a varios argentinos. En el operativo una compañera llegó a poner en un placard a sus dos hijitas y luego se suicidó con una pastilla de cianuro. Aquello salió en la prensa y se puede reconstruir. A esas dos niñitas yo las vi salir del carcelaje de Prefectura en manos de esas dos mujeres del «S 2″ y las entregaron a Argentina en el Aeropuerto de Carrasco, para demostrar la humanidad de la dictadura uruguaya. Todo eso se lo conté al juez Charles. *
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