Redefinir la finalidad de la pena

–A dos años de la ley de Humanización carcelaria ¿qué evaluación se hace de ella?

–Muy buena. En primer lugar, el proceso de humanización que este ministerio pretende darle al sistema carcelario no se limita a una ley, sino que es una herramienta más que se utilizó dentro de una serie de medidas que se vienen adoptando con enormes dificultades.

Las libertades que se otorgaron permitieron que la población reclusa no sea hoy mayor a ocho mil personas. Es cierto que seguimos estando en 7.200 como estábamos antes de la ley, ahora, si esas 800 libertades no se hubieran producido, hoy estaríamos con más de 8.000 presos y eso parecería que es algo que mucha gente no quiere ver. Su aplicación permitió parar el número de personas privadas de libertad y además con la disposición de que el 5% de los liberados debían ser insertados laboralmente y ser incluidos en todos los pliegos de licitaciones de obras y servicios públicos permitió tomar conciencia a nivel de Estado como conjunto en la responsabilidad de colaborar en la reinserción social de estas personas.

La redención de la pena nos parece que es una norma que dio, da y va a seguir dando mucho, y hoy tenemos tres mil personas a nivel nacional que están participando de este régimen. Esto ha sido una fuente de motivación para muchos de los presos.

 

–¿Cómo se evalúa ese índice de reincidencia del 18%?

–Lo evaluamos como positivo. Sabemos que no es muy alto y nos hubiera encantado que fuera cero. Pero pensar en un nivel cero de reincidencia es imposible, cuando hablamos de niveles de reincidencia a nivel nacional del sesenta por ciento. Nos parece que es un índice manejable.

 

–¿Se logra la rehabilitación?

–Quizás hoy no estemos en un momento para decir que el encierro es capaz de rehabilitar. A mí se me hace muy difícil decir que el objetivo del sistema penitenciario es rehabilitar. Creo que hay sobrada doctrina e investigaciones empíricas que demuestran que si hay algo que la cárcel no puede es rehabilitar. Es muy difícil enseñarle a una persona que no sabe vivir en libertad a que viva en libertad en el encierro. Y la propia institución total hace que se den todas las condicionantes para que la persona no aprenda a vivir en libertad. Es importante redefinir cuál es la finalidad de la pena. Hay que plantear un objetivo mucho más realizable y mucho más modesto, dejemos de hablar de rehabilitación, pensemos que el encierro pueda ser utilizado en un espacio de ejercicio de derechos. Aprovechemos el encierro para que accedan a la salud, a la educación, al trabajo y de esa manera se generan nuevas posibilidades. Si no vemos el encierro con esa visión lo único que estamos logrando es que la persona entre de una forma y salga peor. Entonces, por un lado aplicar el ejercicio de derecho y, por otro, hacer todos los esfuerzos posibles para que el encierro deteriore lo menos posible y habrá que ver si es que re-socializar o socializar, si hay que re-habilitar o habilitar. Aquella persona que viene de zonas marginales y que nunca tuvo acceso a un médico, a la educación ¿está habilitada? o ¿en realidad lo que tenemos que hacer es habilitar? *

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