"En el conflicto de Botnia están en juego intereses geopolíticos"
–Calentamiento global, cambio climático, en fin, son enunciados de un problema que parece muy importante para el planeta pero escasamente comprendido a nivel popular. Por eso comienzo con una pregunta muy simple. En un libro editado hace treinta años se decía, sobre este tema, que los principales perjudicados no serían los niños sino los peces. ¿Hay algo de eso?
–Hoy es más amplio aun. Los perjudicados no son ni los niños ni los peces, somos todos. El calentamiento global también induce, entre otras cosas, a los desastres naturales y afecta a la salud humana así como a la flora y la fauna. El concepto, hoy día, es que la afectación es global.
–Usted ha regresado de un seminario internacional, desarrollado en Brasil, donde se actualizó información acerca de este asunto. ¿Cómo estamos, tanto en daños actuales como en términos de perspectivas?
–Bueno, el calentamiento global se refleja en datos muy mensurables que tienen que ver con la temperatura, con la cantidad de lluvia, con el cambio de los vientos, o sea con la velocidad y densidad del aire, etcétera. Como cada uno de estos factores no actúa solo sino combinado con los otros, hay una retroalimentación y se producen fenómenos como, por ejemplo, el deshielo en los glaciares, el aumento del nivel del mar… en realidad, todavía muy poco perceptibles en lo inmediato, aunque en los últimos veinte años en el Uruguay hemos tenido un aumento de seis centímetros en el promedio del nivel del mar. Si bien aún no es sustancial, no desaparecen las playas, el problema está en que de seguir este proceso en el tiempo las afectaciones adquirirán otra importancia.
–Hay algunas visiones quizás tremendistas que han dicho que en un período que ahora no recuerdo si era de treinta o cuarenta años– podrían desaparecer algunas áreas costeras del país, al igual que en otros puntos del planeta.
–Claro, esas visiones a veces son un tanto catastróficas con un buen objetivo: llamar la atención sobre un problema real. La propia naturaleza tiene procedimientos de recomposición de su estatus: lo que yo hoy afecto, la propia naturaleza después busca nuevamente su equilibrio, lo cual retarda los procesos dañinos. Eso no quiere decir que, inevitablemente, en el largo plazo, eso no ocurra. Y es por eso que las visiones más catastróficas lo que hacen es alertar, ponernos a todos al tanto de que la desidia, la omisión, el dejarse estar son también elementos que van en contra de nuestro futuro. Y hablo de esas generaciones por venir tantas veces invocadas.
–Recuerdo que hace unos pocos años comenzó, con esa visión catastrófica del tema, a hablarse del agujero de la capa de ozono, de su crecimiento y de los desastres que sobrevendrían. ¿Cuáles serían hoy las consecuencias de ese proceso?
–El deterioro en la capa de ozono es real. Y además lo vivimos acá, en Uruguay, especialmente porque todos sabemos que, entre otras consecuencias tal vez más importantes, en el verano nos estamos perdiendo entre tres y cuatro horas de playa. El antiguo picnic familiar de ir con la sombrilla y la vianda a las nueve de la mañana, para volver a casa a las siete de la tarde, hoy es imposible. Y además hay que ir protegidos con filtros solares… Lo mencioné porque es un ejemplo clarísimo de cómo nos está afectando. Pero si afecta a los humanos, imaginemos a los vacunos, cubiertos de cuero, soportando al mediodía la inclemencia de un sol quemante… También las plantas, las flores… O sea, es real. No tenemos que mirar al costado. Y nosotros somos víctimas de ese deterioro de la capa de ozono porque vivimos en el Sur, por condiciones que han impuesto en el Norte.
–Antes de analizar quiénes son los responsables de todo esto que está pasando, me gustaría ahondar en ese tema de los animales que usted mencionó. Porque se me plantea la visión de un problema que puede ser muy grave para Uruguay. Más allá de la idea de país productivo que se pueda desarrollar, sigue siendo naturalmente agrícola ganadero. Y si pienso en la ganadería, ahora con precios internacionales atractivos y faena a pleno, creo que ni el gobierno ni los productores deberían omitir el calentamiento global entre sus principales preocupaciones, porque puede incidir en los niveles de productividad. ¿O estoy exagerando?
–No, es así. El ambiente es uno solo y tiene que estar en armonía productiva, económica y social. O sea, se concluye en que la dimensión ambiental lo comprende todo. Lo que nunca hemos tenido como pensamiento hasta ahora debemos incorporarlo: el valor económico del ambiente. ¿Cuánto vale el ambiente? Sabemos lo que vale cuando tenemos que reparar el daño provocado por un desastre natural, una helada, un huracán, una inundación. Sin embargo, previamente no calculamos cómo proteger ese mismo ambiente con acciones que redundarían en un beneficio para todos, social, político, económico…
Pensamiento y acción
–Ahora bien, ¿nuestro país está tomando conciencia de esto? ¿Está incorporando esa visión preventiva a la que usted hace referencia?
–Desde el punto de vista del pensamiento, sí. Hemos estado siempre en la vanguardia. Usted hacía referencia a un libro de hace treinta años sobre esta cuestión. Yo recuerdo, cuando estudiaba en la Facultad de Arquitectura, de haber accedido a un trabajo multidisciplinario y global sobre los temas ambientales, del cual participó, por ejemplo, Enrique Iglesias. Estoy hablando de finales de la década de 1960, y este problema estaba planteado y los conceptos esenciales estaban. A nivel universitario lo estudiábamos. Es decir, desde el punto de vista del pensamiento, Uruguay ha tenido una actitud siempre proactiva en este ámbito, no reflejada totalmente en las acciones políticas. Muchas veces, por ser un país de baja densidad de población, con un proceso de desindustrialización, la consideración institucional del daño al ambiente fue quedando en un lugar un tanto marginal, secundario. Claro, nunca se llegó a volúmenes de contaminación como hay en el área de La Matanza, en Buenos Aires, o en el área de San Pablo. ¿Qué ocurre? A pesar de que estamos incluidos en un área geográfica de alto valor desde el punto de vista ambiental, ya que somos una especie de pulmón para el mundo, se han reproducido al interior de todos los países de la región los mismos fenómenos que provocan los países más industrializados con relación al resto del planeta.
— De su respuesta saco una conclusión que usted me dirá si es correcta: ha habido un pensamiento, progresista, diría, en torno al ambiente, pero no acciones políticas específicas en esa dirección. ¿Sabe qué pasa? Al diseñar un gobierno un país productivo uno supone que este elemento debe ser incorporado. Pongamos un caso: la cantidad de fábricas de las que emana alguna forma de contaminación por mínima que sea.
–Sí, eso hoy está presente. Me gustaría hacer una precisión. Como justamente veníamos de un proceso de desindustrialización, no había una afectación muy importante. Pero Uruguay asumió, con responsabilidad, a partir de la década de 1990, en los protocolos de Montreal y de Kyoto, obligaciones muy claras. El de Montreal tiene que ver con los HPC justamente, o CFC, los clorofluorcarbonados, que dañan la capa de ozono; es un protocolo que tiene que ver con la sustitución de los refrigerantes. Uruguay, en relación con este protocolo, antes de 2010 va a cumplir las metas establecidas para 2015; en ese sentido somos líderes en todo el continente, ya no hablo sólo de América Latina, incluyo por supuesto a Estados Unidos, Canadá… Con relación al protocolo de Kyoto, o sea la búsqueda del desarrollo limpio, tiene que ver con la aplicación de las mejores tecnologías disponibles. Por ejemplo, Uruguay, en un caso de desarrollo
industrial como el tan controvertido caso de Botnia, está a salvo: las exigencias, desde ese punto de vista, van a ser las que la Unión Europea recién pondrá en práctica a partir de este año para todo su desarrollo productivo. En ese campo estamos bastante bien. Lo que sí nos queda, todavía, son algunas industrias del pasado que tienen que adaptarse al cambio. Lo hemos visto, con gran satisfacción, en el caso de Fanapel, en Juan Lacaze, que ya hoy tiene una tecnología de aplicación totalmente libre de cloro, acción impulsada también por el mejoramiento que se está dando a nivel global. Y el caso de Pamer, que sigue siendo la mancha desde el punto de vista del tratamiento ambiental, quedará solucionado a partir de la puesta en marcha de Botnia, porque todo el licor negro que hoy se ha venido tradicionalmente volcando al río Negro será trasladado y procesado en la planta de Fray Bentos. Como consecuencia, las playas de Mercedes disfrutarán otra vez de niveles de excelencia.
Los intereses detrás de Botnia
–Le planteo otro problema, a ver si lo tenemos superado o no. Lo extraje de ese mismo libro de hace treinta años…
–Pero mire que treinta años en la vida del planeta no es nada…
–Está bien, pero se lo planteo igual. Se hablaba de un problema para la población ictícola de ríos, lagos, arroyos. Eran las toneladas de agua caliente que las plantas eléctricas y termonucleares arrojaban al agua. ¿Tenemos ese problema, lo tuvimos?
–No directamente. Pero lo tenemos como parte que somos de la cuenca hidrográfica del Río de la Plata, que comprende a los ríos Paraná y Uruguay. Fíjese que no he escuchado a ninguna organización ambientalista, ni uruguaya ni argentina, hablar de la planta atómica de Atucha, en el brazo del Zárate, que precisamente genera ese tipo de problemas. Tampoco se habla de adónde van los residuos nucleares de Atucha. No digo que esté pasando nada y pienso que se habrán tomado las medidas adecuadas de prevención. Pero de nosotros sospechan permanentemente de que no haremos las cosas bien, y sin embargo nadie duda de lo que está pasando en Argentina. No es que yo dude ni sospeche, porque Argentina tiene experiencia y debe estar haciendo una buena gestión, pero, digo, el vertimiento de agua y todo lo demás ocurre. Los residuos nucleares existen. Es igual a la capacidad que hoy tiene el Riachuelo en vertimiento de contaminación extrema en el Río de la Plata. De esto no hablan los ambientalistas. Da la sensación de que hay una suerte de sesgo. Si así fuese, entonces el problema no es tan ambiental, sino que están en juego otros intereses…
–Sí, políticos, económicos…
–Yo diría que hasta geopolíticos. Y han logrado otra contaminación: han envenenado a generaciones jóvenes con el odio, un efecto que será de muy difícil reversión. Si a un escolar yo lo adoctrino diciéndole «mira, los vecinos de enfrente están generando una máquina infernal que matará a tu abuelita y a tu madre»… eso es irreversible. Porque introducimos, en lo que debería ser un espíritu de cooperación, un veneno que no será fácil de erradicar. Además, estamos matando una de las oportunidades más importantes desde el punto de vista geopolítico, del Mercosur, de crear las sinergias, la complementación entre Uruguay y Argentina tanto en la producción de madera como de celulosa o papel. No olvidemos que Argentina es el primer exportador de celulosa del Cono Sur.
–Bueno, esto va por mi cuenta: creo que en torno a este último aspecto hay que buscar el origen del problema por las pasteras…
–Yo creo que para que salgamos todos bien de esto no se puede caer en la lógica del que gana y el que pierde. Tenemos que ganar todos y tiene que haber un esfuerzo de cooperación, no un resultado de vencidos y vencedores. Yo le haría un llamado a los vecinos de Gualeguaychú en ese sentido: esto no es una imposición para el mal porque las principales víctimas de una supuesta contaminación no van a ser ellos, sino los vecinos de Fray Bentos y los propios finlandeses y trabajadores de Botnia. Debemos crear la convicción de que no habrá ese daño que dicen.
Contaminantes y contaminados
–Hablando ahora de los grandes responsables del calentamiento global. ¿Cómo estamos frente a la asunción, o no, de responsabilidades por parte de los países que más contaminan? Estados Unidos sigue sin firmar el protocolo de Kyoto…
–El mundo ahora se está preocupando mucho, porque China e India están accediendo a los mismos niveles de civilización y progreso basados en la energía de generación fósil que Europa y Estados Unidos. Y entonces Europa y Estados Unidos han empezado a preocuparse. Ciertamente, es lamentable, porque los hechos estaban planteados de antes con mucha claridad. Pero es positivo que, por lo menos ahora, ante el peligro mayor que significa la reproducción de un modelo tecnológico agresivo para el ambiente, insensato, se hayan inquietado. Mire, la reproducción de ese modelo fue insensata dentro de los propios Estados Unidos. No estoy acusando a China o India de reproducir modelos insensatos, eso ya ha ocurrido en Estados Unidos. Basta ver una foto aérea de Los Ángeles para comprender la insensatez de ese fenómeno. Es una monstruosidad…
–Hay una incipiente preocupación, entonces…
–Seguro, los países que tienen altísima responsabilidad en el calentamiento global están, por lo menos, insinuando que van a tomar en consideración las medidas que el resto del mundo les reclama.
–¿Pero estamos en tiempo de sanar al planeta todavía, por decirlo de un modo tal vez incorrecto? ¿Aún es reversible la situación?
–Vea, cien años, por ejemplo, no llega a ser una milésima de segundo en una gráfica del tiempo de vida del planeta. Eso debe impactarnos, hacer que nos demos cuenta de que hay mucho por hacer y, más grave todavía, cuán acelerados han sido los cambios sufridos en los últimos cien años. Han sido tan extraordinarios, tan fuera de lo común que superaron los cambios que el hombre, en su acción sobre la naturaleza, produjo en los miles de años anteriores. Es también un índice atroz de la capacidad potencial de destrucción que tenemos. O de autodestrucción… Pero, por suerte, la naturaleza, que dicen que es sabia y generosa, nos va a dar el tiempo de recapacitar y tomar las medidas tecnológicas, sin disminuir nuestros niveles de calidad, que respeten el ambiente y nos hagan tender más hacia lo natural. Incluso en nuestro estilo de vida, en la búsqueda de nuevas formas de energía, en fin…
–Me preocupa la cuestión desde el punto de vista cultural. Si usted mañana le dice a la gente que comer lechuga causa cáncer, ningún mortal la volverá a comer. Sin embargo, usted dice lo mismo del cigarrillo, que es cierto, y hay gente que sigue fumando, menos, gracias a la gran campaña encabezada por el propio presidente Vázquez, pero sigue… ¿No hará falta una campaña didáctica y restrictiva, tan drástica y positiva como la del tabaco, en el campo del cuidado del ambiente y del cuidado de uno mismo? Porque hoy hablábamos de la capa de ozono y la reducción de las horas de sol… ¡Pero miles de personas siguen bajando a la playa al mediodía, incluso con niños pequeños!
–Estoy totalmente de acuerdo. Eso puede significar un daño de futuro y después vamos a tener que invertir en curar cáncer de piel, enfermedades de la visión, etcétera. Y todo por un comportamiento inadecuado de demasiada gente. Ha habido campañas, quizás no lo suficientemente fuertes o comprendidas… Pero hay un montón de costumbres que… Uno consume un producto chacinado, ahumado, y dice «qué rico». Pero nadie sabe que ese ahumado hoy es producido por una esencia líquida de sabor humo.
¿Por qué? Porque la combustión de la madera directamente sobre el producto provocaba una reacción altamente cancerígena. Hay muchas cosas en que vamos avanzando y que no son de conocimiento público.
–¡No me diga que ya no podemos hacer el clásico asadito a las brasas! Un montón de gente se va a volver loca de remate…
–No, eso no es real. Porque lo que influye es la cantidad de tiempo de exposición del producto, el tipo de madera, un montón de elementos que son inherentes a un procedimiento de ahumado específico. En definitiva, un procedimiento que el hombre descubrió, al igual que la salazón, para conservar los alimentos, en tiempos ya lejanos. *
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