La llave del arsenal colgaba de una cartelera
El robo de armas en la base aérea Boiso Lanza dejó al descubierto un gravísimo problema interno de seguridad en la unidad más importante de la Fuerza Aérea: su propio Comando, según se desprende de la sentencia del juez penal Ricardo Míguez. La sustracción del armamento se producía durante la hora del almuerzo en Boiso Lanza. A esa altura del día, en la compañía «no queda nadie», ni siquiera el responsable de la sección Armamento. En «varias oportunidades», los soldados de la Policía Militar, de iniciales PDL y EDRO, sustrajeron armas del arsenal. Otro soldado, de iniciales JARM, desarmaba los fusiles y luego PDL los trasladaba afuera de la base, en su moto, para comercializarlos. AP, otro integrante de la guardia armada del Comando implicado, admitió que el fusil FAL recuperado era el que tenía asignado. JARM cumplía servicio de «cabo de cuartel», por lo que tenía acceso a la jaula de armas. Pero además, «la llave quedaba en un lugar abierto que permite el libre acceso», según el relato del soldado JWG. Más precisamente, «las llaves estaban en una cartelera». En la maniobra participaba además un civil, de iniciales LEDO, quien pagaba por cada fusil alrededor de U$S 1.000). Este civil actuaba en nombre de otro, apodado «Patrón», preso en el Penal de Santiago Vázquez, quien había sido contactado por uno de los soldados cuando éste efectuó la guardia carcelaria.
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