La Columna de Sherlock
El «boliche» del Presidente
Sherlock no le pierde pisada al Presidente Batlle, quien siempre deja alguna anécdota. En la pasada semana lo acompañó al departamento de San José donde inauguró una moderna fábrica de quesos de la empresa Bonprole.
Luego de la recorrida por las instalaciones –había que ver al investigador cubierto de nailon– se realizó un brindis. Copa que iba, copa que venía, quesito por aquí, quesito por allá, hasta que apareció un señor un poco desarreglado, que se puso a charlar con el Presi.
El sabueso, que disfrutaba de un vasito de leche bien fesca (con hielo), miró para los cuatro costados para ver si se podía arrimar a la conversación.
–¿Me entiende, pero me entiende Presidente?, decía el hombre con la lengua un poquito trabada, en tanto Batlle lo miraba de reojo como esperando que alguien se lo sacara de arriba.
–Mire amigo, usted ya tomó demasiado así que permítame el vaso y se va a descanzar un poco, dijo Batlle ante el asombro del hombre y de Sherlock.
Así fue: el hombre se retiró sin protestar. Sherlock cambió el vaso de leche por la pipa y festejó el «boliche» que había mostrado el Presidente.
El intendente
Mariano Arana recibió al presidente de Chile, Ricardo Lagos, en una reunión reservada. En esa oportunidad estaban los directores de la comuna, así como senadores del Encuentro Progresista.
Sherlock estuvo presente, gracias a que pudo ingresar a la sala de la Intendencia antes de que la abrieran a los invitados, quienes ingresaron todos juntos.
Arana se vio en la obligación de presentar a las partes. Pero fue ahí que apareció la primera sorpresa: el general Líber Seregni fue el encargado de presentarle al presidente Lagos a cada uno de los encuentristas.
El sabueso, ante esa imagen, se subió a una silla para ver si estaba en sala el doctor Tabaré Vázquez. «Nada por el Este, nada por el Oeste, nada por el Sur, nada por el Norte», dijo Sherlock y arrancó para un bar de 18 de Julio y Ejido donde lo esperaban algunos informantes.
–Vázquez no fue invitado a la recepción, aseguró Sherlock a sus interlocutores.
–Nada de eso, tranquilo, le dijo el más bajito de los tres que lo esperaban.
–Entonces, ¿qué pasó?
–La invitación le llegó tarde, casi sobre la hora y no pudo ajustar la agenda.
–Pero igual pudo ir, ¿no?
–Según lo que sabemos, es que también se molestó porque nadie le explicó personalmente cómo iba a ser la reunión. Lo invitaron como a cualquier otro.
–¿No andan bien las cosas entre Vázquez y Arana?
–No sé si entre ellos dos –aunque Arana va poco por la Agrupación Departamental–, pero es seguro que no andan bien entre sí los dos entornos y eso, amigo Sherlock, se lo damos posta, posta.
Conforme con la explicación, Sherlock se fue a la redacción sabiendo que le esperaba una larga noche de trabajo.
En esas vueltas por la ciudad vieja Sherlock paró en un Juzgado, preocupado por un amigo que había tenido algunos problemas en el barrio.
Luego de evacuadas las consultas, le surgió otro tema. Se enteró que la jueza María del Rosario Berro intentó en la pasada semana, sin suerte, que el diputado Julio Luis Sanguinetti registre su voz en una cinta.
–¿Para qué todo eso?, preguntó Sherlock, olvidándose de algunos temas judiciales pendientes.
–Esa grabación va a ir a la Universidad de Campinhas, para compararla con la que está en la cinta en que una persona aparece dialogando con Moll Grolero.
–Pero Sanguinetti ya negó que haya sido el que habló con Moll, aseguró el investigador.
–De acuerdo –dijo la fuente–, pero el tema es que la Suprema Corte de Justicia aprobó los rubros para hacer ese estudio técnico, con el fin de que continúe la investigación sobre el «cangrejo rojo».
–¿Y si Sanguinetti no se presenta, chau investigación?
–Algo de eso, manifestó la fuente quien no descartó que Sanguinetti finalmente se presente para registrar su voz.
En el fin de semana largo, Sherlock se tiró por Melo para conocer de cerca el clima de malestar que se vive en la frontera con las restricciones al contrabando.
Paró en un bolichito de mala muerte, donde le habían dicho que se servía la mejor caña blanca del mundo. Allí se enteró de que Rodolfo Nin Novoa andaba en busca de su perro perdido, que horas antes había estado echado en la puerta del boliche.
Mientras disfrutaba de la caña, un poco fuerte para su fino paladar, el dueño del boliche que miraba televisión brasileña le hizo un comentario.
–Usted que es de la capital, ¿conoce al diputado Julio Lara?
–Sí señor, aunque es de Canelones. ¿Usted habla de un flaco alto que jugó al fútbol y es amigo de Paco Casal?
–El mismo. Hace unos días estuvo por aquí, acompañado de un tal Peña, haciendo reuniones. Se quedó en la casa del Coco, el secretario del diputado Gustavo Guarino, ese que es del Frente Amplio.
Ante tamaña información, Sherlock sacó la libreta y preguntó: ¿Pase en puerta?
–No, nada de eso, es que el hermano del Coco, el Gordo, es blanco como yo, como todos acá. Hizo una comida y fuimos como cuarenta. En esa casa vivió Wilson, ¿sabe?
–¿Qué dijo Lara?, apuró el sabueso.
–Dijo que está enojado con Lacalle, porque no consulta a los legisladores sobre los acuerdos que logra con el Presidente. ¿Me entiende?, indicó el dueño del boliche, mientras que de arriba del mostrador sacaba de un manazo al gato negro que le había escuchado toda la conversación.
Sherlock se mandó de un solo trago la caña y salió del bar dispuesto a comprarse una escarapela del Partido Nacional para que nadie lo considerara un extraño.
El miércoles por la tarde nuestro sabueso salió nervioso del Palacio Municipal. «Cómo puede ser que en un lugar donde trabajan casi diez mil tipos no haya conseguido ninguna noticia», se maldijo. Caminó por nuestra principal avenida dos cuadras, se tomó un café en un boliche de la calle Colonia y enfiló a la vieja casona del Partido Colorado, ubicada en la calle Martínez Trueba. Allí se encontró con un viejo contacto, que no hacía mucho había estado en el viejo continente.
–Veo que todavía lleva consigo rastros del sol del Mediterráneo, al parecer usted es de los pocos que se salvó de la crisis, dijo Sherlock.
–Son muchos años de trabajo y también un poco de suerte, pero no crea que soy el único que se refrescó con las costas azules del «mare nostrum», contestó la fuente.
–Ah sí –dijo Sherlock entusiasmado– y dígame, ¿acaso vio a algún jerarca ministerial?
–No, estimado, nada de eso, además de encontrarme con hijos de viejos amigos que están laburando de lo que sea en el viejo mundo, en Capri, uno de los balnearios más caros de Europa, me crucé con un conocido ex legislador.
–¿Con quién?, preguntó ansioso nuestro sabueso.
–Con el doctor Helios Sarthou.
Por unos minutos nuestro sabueso quedó casi paralizado, pero recordó que Sarthou había estado antes en España explicando a la colonia uruguaya la brega por conocer al suerte de los desaparecidos.
Por «Urgencia», Barrera no se casa
«Juego a la quiniela y salen letras», dicen que se les escuchó decir en broma al diputado quincista Jorge Barrera, quien hace pocos días se casó por el civil con una ciudadana argentina, con la presencia del presidente Batlle en el Juzgado.
El asunto es, según le
contaron a Sherlock, que el hombre va a tener que posponer su casamiento por la Iglesia en Buenos Aires, debido a que se comenzará a considerar en Diputados la nueva Ley de Urgencia.
–Pero puede pedir licencia, acotó el sabueso.
–Eso jamás. Barrera se entrega de cuerpo y alma a su trabajo, al grado de que Batlle no le dejó hablar de los temas del país durante su casamiento por el civil, dijo la fuente.
–Bueno, mientras algunos viajan, otros no se casan, dijo Sherlock y se retiró del Palacio Legislativo.
Gonzalo, con pool y bar
Sherlock es un enamorado de la Ciudad Vieja. Cuando quiere descanzar se va a la peatonal Sarandí a mirar a los malabaristas, a hacer palabras cruzadas y a mirar a alguna chiquilina.
En una de esas tardes, se le sentó al lado un hombre joven que portaba una carpeta con fotografías de decoración de interiores.
–Si no me equivoco usted es el afamado Sherlock, le dijo tocándole con cariño el ego.
–Algo de eso. Soy Sherlock menos los sábados, respondió con sequedad y sin mirar a su interlocutor..
–Mire estas fotos, ¿le gustan?, dijo el hombre señalando una en colores donde aparecía un pequeño barcito próximo a una moderna mesa de pool.
–No está mal, ¿de quién es?
–Será del doctor Gonzalo Aguirre Ramírez, quien está por inaugurar su estudio aquí a la vuelta, asociado con otro abogado blanco.
–¿No tendrá en esa sala una foto de la Giraldita?, dijo Sherlock, quien esperó una respuesta pero el extraño personaje había desaparecido.
Ruben Díaz con Ricardo Lagos
Almuerzo de ADM. Los empresarios locos de la vida con el presidente de Chile, Ricardo Lagos. También los políticos, particularmente los del Partido Colorado.
Una vez finalizado el almuerzo y los discursos, el diputado cruzadista-forista Ruben Díaz, partió raudo hacia la rambla, con una sonrisa de oreja a oreja. En el momento en que pasó junto a una promotora que regalaba cigarrillos y pastas de dientes, le comentó a uno de sus colegas del Parlamento: «Si los izquierdistas de acá aprendieran algo de Lagos, la historia sería otra», haciendo así referencia a la defensa de las políticas macroeconómicas que había hecho el jefe del Estado chileno.
Carlos Baráibar que iba adelante no lo escuchó. Sherlock, sí.
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