No habrá comisión investigadora por el caso de los supuestos proyectiles
Polémica hubo, aunque la idea de la oposición de integrar una comisión investigadora tenía hora de defunción: el oficialismo ya había organizado el sepelio.
¿El tema? Sólo enunciarlo, impelía a huir: «Hechos vinculados a un cargamento que se había dispuesto trasladar en un buque de la Armada Nacional desde la República Bolivariana de Venezuela hacia la República Oriental del Uruguay».
Me acordé de aquello de «tres tristes tigres…».
Abrió el fuego es un decir, porque no portaba más arma que su oratoria, firme pero respetuosa- por Tabaré Hackenbruch (Foro Batllista). Cuando inició la exposición, Víctor Semproni (Claveles Rojos), con seguridad al borde del agotamiento por el intenso trabajo parlamentario, estaba echando su primer sueñito; lo despertó, sin la sutileza que la edad del durmiente merecía, Carlos Gamou (Espacio 609); Semproni despertó con la mano alzada, pero no se estaba votando.
Hackenbruch recordó al denunciante, Javier García (Alianza Nacional), quien se presentó ante la Comisión Preinvestigadora «con una exposición muy fundada sobre los hechos». A partir de ahí, agregó, se había deducido «una situación claramente confusa y grave». Argumentó que el propio Ministerio de Defensa había refrendado esta visión de los hechos, al iniciar una investigación administrativa; y añadió que las explicaciones de la ministra Berruti y el subsecretario Bayardi en el Parlamento fueron también «confusas y contradictorias».
En este momento, Jorge Orrico (Asamblea Uruguay) comenzó a mesarse sus bien peinados cabellos con cierta desesperación, actitud que contrastaba con la entereza de ánimo exhibida al portar una corbata de color tan definitivamente rosado que indujo a emociones confusas.
Hakenbruch concluyó diciendo que «el transporte solicitado en el buque de la Armada Nacional fue irregular», ya que las municiones eran producidas por una empresa estatal venezolana y, no obstante, el embajador uruguayo hizo gestiones para su carga; «el envío de las municiones era para subsanar la omisión de un oferente en una licitación pública, la empresa iraní Modlex», fuera del plazo establecido en el pliego y su prórroga»; Y, «tratándose de un oferente iraní, y estando vigente una resolución de la ONU restrictiva para el material militar de ese origen, este aprovisionamiento desde Venezuela hubiera resultado una operación de triangulación violatoria de la misma».
Calentito el ambiente
Alvaro Alonso (Alianza Nacional), enancado en una indignación blancaza, sentenció que «el gobierno cerrará filas y no permitirá una investigación parlamentaria, por lo cual estamos entrampados».
Aquí Orrico no pudo más y pidió una interrupción. Alonso contestó: «¡No se ponga nervioso!». (Me pareció que la corbata del elegantísimo legislador oficialista se ponía fucsia). Semproni murmuró algo desde su banca y alguien, absolutamente impiadoso, gritó «¡seguí durmiendo!», exceso que molestó a don Víctor quien, al poco rato, se esfumó rumbo quién sabe a qué parte. Enseguida, extrañamente concentrado, habló Pablo Ithurralde (Alianza Nacional) apelando al sarcasmo (antiguo, casi de la época de Larra): «Ahora pondrán en práctica la vieja máxima de que lo que es corrupción no es de ellos, sino de los demás»; y se preguntó, dando una imagen de Hamlet del subdesarrollo, sin la calavera: «¿Qué venía en ese barco, armas para una guardia pretoriana o una valija?».
Gustavo Espinosa (Foro Batllista), flaco como un cable y su medio tono finito, onda Angelito Vargas, tan simpático, exigió que el gobierno ayude y se ayude a sí mismo para evitar «una imagen de república bananera». Trascartón, portando ese traje claro que lo asemeja al gerente de Gebetto, Daniel García Pintos (Lista 15) se interrogó si era necesario «que algo oliera mal en Dinamarca» y sobre qué necesidad tenía el gobierno de decirle no a la transparencia», sugiriendo que si no estaban los votos la oposición podía recurrir a una interpelación.
Y, bueno: Orrico estalló. La corbata ya no era rosada ni fucsia; peor, ni se le veía del modo que había despanzurrado su exquisito saco gris de la calentura: «Debo ser un delirante. Yo presido una comisión investigadora. Pero, por lo que he escuchado, debo estar falseando la realidad, no debe existir, ¡porque dicen que nosotros no dejamos investigar nada!». Enseguida contestó una alusión hecha poco antes: «Si somos cincuenta y dos manos y por tanto la mayoría no es por un designio divino, sino porque la gente así lo quiso». En este momento del debate, alguien –a quien no nombraré, pero cuya picardía sobresale– tiró el bolazo de que una investigación había demostrado que las balas tan polémicas, y por ahora invisibles, estaban para venir desde 1904; su destino era el ejército blanco y, quién sabe, podrían haber evitado la derrota de Masoller. Escuchada por algún nacionalista, le hizo menos gracia que unas gárgaras de querosén en ayunas.
Cierre de velada
Jorge Menéndez (Partido Socialista), sobrio, pausado, algo monótono, dio el informe del oficialismo: la ministra y el subsecretario, en su comparecencia, «aclararon todas las cuestiones planteadas por el denunciante, cuyas restantes inquietudes las plasmó en un pedido de informes al Ministerio de Defensa, también respondido». De todo esto «surge claramente que no hubo ninguna orden impartida por ese ministerio para trasladar ninguna carga», y dijo que, de todos modos, se ha ordenado una investigación administrativa a cuyo resultado habrá que ajustarse. Para Menéndez, «lo denunciado carece de entidad, no se ha incurrido en ninguna ilegitimidad ni violado norma alguna de la ONU y, una vez que el Ministerio de Defensa tomó conocimiento del envío solicitado por una empresa venezolana, rechazó el pedido».
Pero faltaba el propio García.
Firme, erecto como si diera la plana en la más exigente milicia y brillándole la calva de contenida indignación (y del calor de mierda que había anoche), Javier García (Alianza Nacional) elevó la voz cual si hubiese ocupado el púlpito de sus sueños. Miró fijo a Menéndez, a quien no se le movió una enrulada cana en parte alguna del cuerpo ni se le arrugó ese traje que usa para glorificar el azul oscuro, su color predilecto, y le espetó: «No se puede contestar un pedido de informes de un legislador por la página web; yo me enteré dos días después. No se hace. Esto afecta mis fueros, afecta los fueros de todo el Parlamento».
Y siguió, embalado, sintiendo que corría hacia la meseta de Artigas en un alado tordillo: «El gobierno uruguayo se prestó a una triangulación con Venezuela e Irán para violar una disposición de la ONU. Hubo apropiación de material y bienes públicos. Lo que contestó la ministra es falso. Dos proyectos de ley que vinieron al Parlamento, firmados por tres ministros, lo prueban. Esta operación abortó porque tomó estado público y ahora el Ministerio de Defensa no se puede investigar a sí mismo». Entonces puso quinta: «Yo sé lo que va a pasar –añadió, tomando de pronto, a la vista de todos, la imagen de un Boris Cristoff rejuvenecido–: le van a echar la culpa a un oficial subalterno y es indigno». Y se la agarró con el embajador uruguayo en Venezuela, Gerónimo Cardozo: «Con sus declaraciones ingresó a un territorio que le está vedado. El mismo día que la ministra trataba aquí de convencernos de que Uruguay participara de la operación militar ‘Panamax’, él hacía un discurso en Venezuela contra esas maniobras, calificándolas de imperialistas».
Cuando en la bancada de la mayoría la temperatura se había elevado dejando la pava a punto de chillar, los herreristas José Carlos Cardozo y Pablo Abdala echaron más leña al fuego aunque abusaron de la redundancia con una fruición estremecedora; Abdala fue el más punzante: no le bastó con los quince mil supuestos proyectiles, aún invisibles, sino que agregó comentarios sobre el inefable Antonini Wilson y su valijita, adelantando una prim
icia (blanca): ese hombre monstruoso estaría vinculado al tráfico de armas.
Claro, era inevitable… Gamou, saltando en su banca con un ritmo más de lambada que de su rock and pop habitual, se declaró tentado de hacer «el chiste del gato», rapto de humor en el que no incurrió, preocupado porque si lo hacía no habría acta taquigráfica que pudiera incorporarlo. Igual conmovió: «Quince mil proyectiles se gastan en dos horas y media. Es como ir de turismo y a la vuelta traer dos cajillas de cigarrillos. Nadie hace semejante contrabando. No se puede especular ahora con que, en una de esas, venía un misil. Hay una investigación en curso y en base a sus resultados se analizará lo que debe hacerse o no». Lo apoyó Gustavo Guarino (Alianza Progresista), calificando a Gerónimo Cardozo, el flagelado en ausencia, como «un patriota» que conoció la lucha contra la dictadura, el encarcelamiento y el exilio. Pero Gamou se había vuelto intratable y regresó al ruedo: «Es un exceso decir que la ministra mintió. Fue ella la que impuso la investigación en curso». Y, hombre leído al fin, no pudo con su genio oriental: «No olvidemos lo que dijo Confucio: gobernar es rectificar». Se votó la prórroga de la hora de la sesión y hablaron varios más. Entre otros, Jorge Gandini (Alianza Nacional), exigiendo a su voz un «vibrato» que durante cierto lapso no dejó hablar por celular al resto de los legisladores. Aunque no dijo nada que ya no hubiese sido dicho, lo significó su efervescencia y su parecido con Pavarotti.
Al final, ganó el cansancio. El oficialismo impuso su mayoría y no habrá comisión investigadora. A llorar al cuartito. O a planificar otra interpelación. Total… *
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