Contralmirante ( r) Oscar Lebel: "Vivir este momento doloroso con la dignidad del apellido que llevamos"

No fue tarea fácil hablar con el abuelo de Marcelo Lebel. Con el gesto sereno, cordial pero firme que le caracteriza, dijo a LA REPUBLICA que prefería el silencio. Que tan sólo iba a reiterar una frase que resumía una dolorosa conversación en la intimidad de su familia, junto a su esposa, hijos y nietos: «Debemos vivir este momento con la dignidad del apellido que llevamos». Y agregó con énfasis: «Nada más, la vida sigue». Su actitud hizo pensar a este cronista en la vida de Oscar Lebel, de aquel gesto de altivez democrática-republicana cuando solo, desde el balcón de su casa en Pocitos Nuevo, lanzó el 27 de junio de 1973 un grito de libertad ante la ofensiva golpista. Lo que pasó después todo buen memorioso lo tiene presente: el único de los 33 capitanes de navíos en actividad que se sublevó, padeció el desprecio de las jerarquías de la época. Lejos de amilanarse siguió combatiendo por la libertad arrasada desde su condición de ciudadano común, de marino mercante que bien entrados los 50 años de vida no dudó en atravesar una y otra vez océanos y mares del mundo.

El tiempo le fue dando la razón.

Su confianza en los cambios, en la recuperación de la vida democrática jamás decayó. Pasados los años, Oscar Lebel ostenta ­no por dádiva o favor de gobernante alguno- el honorable grado de contralmirante de la Armada.

El mismo que ocupa para su orgullo de veterano de mil batallas, su hijo Federico, padre de Marcelo.

Anoche fue el receptor de los saludos de cientos de oficiales que durante muchos años oyeron hablar con miedo de su persona.

También le saludaron quienes le conocieron en los años de ostracismo militar en los que jamás escondió su línea de pensamiento a favor del imperio de la libertad y de los valores republicanos.

Este cronista no lo vio quebrarse en momento alguno. Anoche, libraba una de las batallas más difíciles, la de mantener en alto el ánimo de los dos hermanos de Marcelo, de sus cuatro primos, de sus hijos, y muy en especial el de los padres del infortunado joven. «La vida sigue», repetía hasta el cansancio yendo de un extremo a otro de la sala, estrechando con más formalidad que afecto la mano de algún viejo oficial que hasta hace poco le condenaba, o apretándose en un emocionado abrazo con un amigo leal, de esos que nunca le faltaron a este marino mezcla de hombre y lobo de mar.

Violando su determinación de hablar poco, al final del breve diálogo con LA REPUBLICA se le escapó de sus labios un «qué se le va a hacer»… «la vida tiene estos golpes bajos», y nos dejó para seguir con sus 82 años a cuestas llevando consuelo al dolor. *

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