Dos insólitos debates caracterizaron al plenario de la Cámara baja

El surrealismo recorrió ayer gran parte de la sesión de Diputados

­»¡No se excite, que eso lo hago yo y muy bien!» ­le espetó Washington Abdala (Foro Batllista) a Uberfil Hernández (Espacio 609), cuando éste quiso interrumpir, molesto, una exposición del legislador colorado.

A renglón seguido, Sergio Botana (Alianza Nacional), parecido a Rodríguez Saa en mangas de camisa, apuntó: ­»No es momento para discutir este proyecto…»

­»¡No se está discutiendo ningún proyecto ­interrumpió el presidente Pintado­ sino una moción para crear una comisión!»

­»¡No importa…!» ­insistió Botana, encaprichado como el borracho del cuento de Paco Espínola que quiere darle su yegua a un amigo, aunque la yegua no está.

­»Igual creo que no es momento de traer este proyecto a sala…»

Los ojos de Pintado se abrieron al punto de dejar la sensación de que saldrían de sus órbitas y golpearían a Botana con un doble gancho al mentón. Pero debe haber pensado en el Peñarol de Matosas, pues, de golpe, lo agarró una calma chicha y pidió que se leyese por enésima vez la moción de marras, proponiendo una comisión especial para estudiar el proyecto de colegiaturas profesionales universitarias.

Todo el embole se armó por esa sencilla moción, tan incomprendida como la suba de los morrones. Incluso, minutos antes de la batahola verbal, durante la cual algunos hasta confundieron el nombre de sus interlocutores, Alvaro Vega (Espacio 609) recordó que la colegiación es para los médicos una vieja aspiración frustrada. Enseguida, un intento de Alvaro Lorenzo (Alianza Nacional) de discutir con Vega también se frustró: el diputado floridense, ardido como si lo hubieran sentado en una salamandra, salió de sala y caminó por el ambulatorio, no sé si pensando en Gandhi o en las patadas voladoras del Pequeño Saltamontes.

¿Algo más para cerrar este primer capítulo surrealista? Sí. La moción aludida no tuvo los votos necesarios.

Fue aprobada, en cambio, otra por la cual se creó una comisión especial de nueve miembros para atender el tema del lavado de activos.

 

Segundo capítulo

Julio Fernández (Partido Socialista) informó el proyecto por el cual se designa a la Escuela Nº 79 de Masoller, Rivera, con el nombre de «Pedro Bernardino Rodríguez Paiva». Sus referencias a este hombre, apodado «Tide», y a su trayectoria, fueron claras, precisas y respetuosas. Todo iba bien hasta que…

…Daniel García Pintos (Lista 15), quien de todos modos aclaró que votaría el proyecto, leyó una carta de vecinos de Masoller que argumentaban que «Tide» ya había sido homenajeado con un busto y proponían para la escuela el nombre de Irene Osorio de Masoller, distinguida dama de la sociedad local que jamás habrá soñado ingresar a uno de los debates más exquisitamente absurdos que recuerden los anales parlamentarios del planeta, incluido Togo.

Fernández se enardeció, cual si lo hubiese picado un tábano en la nuca, o más abajo, y metió el retruco: fue él quien recibió del pueblo de Masoller el pedido por el nombre de Rodríguez Paiva. El vale cuatro estalló enseguida, porque García Pintos, tornasoladas las mejillas, consideró una irrespetuosidad que se dudase de la seriedad de la carta que había leído.

José Carlos Cardozo (Herrerismo), con la delicadeza de Terminator en un bazar de cristales, propuso suspender el debate y devolver el asunto a la comisión, pues la versión taquigráfica que llegaría a la escuela de Masoller, con todo lo que se estaba diciendo, podría inducir a la catalepsia a docentes y alumnos.

 

La sesión parecía el tren  fantasma, sin azafata.

Conmovidos, Roque Arregui (Partido Socialista) y Alba Coco (Unidad Encuentrista Salteña) apoyaron a Fernández. Cardozo calificó lo que estaba ocurriendo de «penoso» y de «falta de pericia». A García Pintos se le hincharon las arterias y, al borde del aullido, lanzó una falta envido feroz: «¡No le llevo pacíficamente eso de penoso ni eso de falta de pericia!». Germán Cardozo (Foro Batllista), cuando parecía que iba a decir «¡quiero!», se limitó a recordar, con ese tono de hombre que vive con vista al mar, que «en la sesión de coordinación de las bancadas nadie pidió postergar este tema».

Clavado, dijo Cañete, catorce y dos diecisiete. Pintado no aguantó más.

Seco como Matt Damon en «La supremacía Bourne», masculló: «Hay dos mociones que entraron y que hay que tratar… ¡Los veo tan entusiasmados…! Sólo espero que terminen esto y se mantengan así».

¡Surtió efecto…! Todos temieron que sacara un AK-47. La escuela de Masoller fue designada, nomás, con el nombre de Rodríguez Paiva.

 

Otros asuntos aprobados

Se fijó en una jornada y media el descanso semanal del personal ­porteros, mucamas y jardineros­ de edificios de propiedad horizontal; fueron aprobados el Convenio de Montreal para Unificación de Reglas del Transporte Aéreo Internacional y el Acuerdo sobre Exención de Traducción de Documentos Administrativos para Inmigración entre Estados del Mercosur, Bolivia y Chile; y se designó a la plaza de deportes de Young con el nombre de «Profesor Luis De Matteo», a la Escuela Nº 56 de Montevideo con el nombre de «Pedro Alberto Macció» y a un tramo de la Ruta 16, en Rocha, con el nombre de «Camino de los Indios».

Además, se designó a los integrantes de la comisión que investigará el cargamento de municiones que supuestamente iba a trasladar un buque uruguayo desde Venezuela: Jorge Menéndez, Alvaro Lorenzo y Tabaré Hackembruch.

Con disculpas al lector, no puedo terminar esta crónica sin repetir lo que me susurró Homero Viera (Espacio 609): «Si una aplanadora para pelotudos nos pasa por encima, vuelca». *

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