Daniel cantó como Julio
La última vez que estuve en la sala Vaz Ferreira, antes del pasado martes, fue en 1975 cuando me recibí de maestro.
En ese año se nos entregó el anillo de maestro (una abeja) por parte de la primera dama del dictador Juan María Bordaberry.
Recuerdo que mi gesto de rebeldía fue no darle la mano, mucho menos un beso, mientras el público aplaudía a rabiar. No me aplaudían a mí, se aplaudían a ellos mismos y a la escuela pública.
El martes, 32 años después, volví para el homenaje que le realizó el Ministerio de Educación y Cultura a Julio Castro. La satisfacción fue total.
Tuve la suerte de sentarme junto a Moisés Lasca, uno de los alumnos de Julio, y escuchar a Julio en boca de Ruben Yáñez, otro de los alumnos,
Ahora, lo que más me impactó fue Daniel Viglietti, quien cantó junto a unos chiquilines del coro de Enseñanza Primaria, de una manera casi celestial.
Sentí que la Sala Vaz Ferreira recobraba su dignidad y que prolongaba aquellos aplausos de 1975 que habían sido, como esta vez, en reafirmación de los valores de la escuela pública, de la democracia y de la tolerancia.
La imagen de Julio Castro que se proyectó sobre una tela, sonrió al escuchar a Daniel que había cantado como un maestro. Como Julio.
Claro que fue una dignidad a medias, porque afuera de la sala seis uruguayos se cubrían con lo que podían sobre el frío mármol. En ese lugar iban a pasar la noche. «A desalambrar». *
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