Escrito por: MAYDA BURJEL

El camión salió pasadas las 19:00 horas del local central del Ministerio de Desarrollo Social (18 de Julio y Barrios Amorín) conducido por Fabián, un soldado joven, que se encontraba acompañado de otro efectivo militar, Julio, más joven aún. El resto del equipo estaba conformado por dos personas: Daniela, una funcionaria del PAST, y Miguel, un trabajador del INAU.
La primera parada del vehículo fue en la calle Tristán Narvaja casi 18 de Julio. Allí se encontraba Pedro, de 41 años. Daniela y Miguel se acercaron a él, le preguntaron si quería ser conducido a un refugio para pasar la noche y Pedro no dudó en aceptar. Renunció a la enorme bolsa de envases que probablemente había estado juntando durante todo el día para venderlos, tirándola en una volqueta y se subió al camión. Una vez en él Pedro nos contó que había cobrado por un tiempo el ingreso ciudadano, pero luego “se lo sacaron”. También participó en el programa Trabajo por Uruguay del Mides, “pero ahora ando sin nada y hace unos días que estoy en la calle”, dijo.
La siguiente parada fue por la calle Guayabos, casi llegando a la esquina de Juan Antonio Rodríguez. En el lugar estaban acostados cuatro hombres, bien cubiertos con múltiples nailons. LA REPUBLICA habló con uno de ellos, Wilson, de 54 años. El contó que los cuatro “compañeros” se conocieron en el refugio de la calle Cerrito, del que decidieron irse porque tuvieron un problema con una de las personas que estaban allí. “A pesar del frío acá estamos más tranquilos, no nos roban, aunque siempre tenés que andar con un ojo cerrado y otro abierto”, dijo. Wilson se mostró calmo y resignado. Dijo que trabajó en varios lugares, que era gráfico de oficio y ante la pregunta de si se imaginaba trabajando nuevamente dijo: “Ya estoy viejo, después de los 50 nadie te quiere”.
Ninguno de los cuatro hombres aceptó ser llevado a un refugio, así que luego de que los integrantes del equipo conversaran con ellos, acercándoles bebida caliente, galletitas y abrigo, seguimos viaje hacia 18 de Julio esquina Roxlo, donde se encontraba una joven mujer con su bebé. Geisa es brasilera y no habla español. Por suerte Miguel hablaba algo de portugués, lo que les permitió comunicarse mediante una especie de portuñol.
Geisa dijo que ya había estado en un refugio, pero que ahora tenía una casita de madera que había construido su marido en un terreno abandonado. Miguel y Daniela le hicieron varias preguntas y le pidieron que pasara por las oficinas del Mides para buscarle alguna solución a alguno de sus problemas, ella prometió pasar, pero se negó a ser conducida a un refugio en ese momento. Como al resto de las personas, Geisa recibió comida, y su bebita algunas golosinas que le acercó uno de los soldados.
Seguimos viaje hacia la calle Convención, donde dejamos a Pedro y luego nos adentramos en la Ciudad Vieja. Después de varias vueltas nos detuvimos en plena rambla, donde se encontraban varias personas a unos metros del agua. En el lugar hablamos con Cacho, un hombre de 49 años que había armado una especie de carpa con nailon. Le preguntamos si no tenía frío en medio de ese lugar, que parecía ser el peor de la ciudad para refugiarse. El hombre contestó que no. “Acá adentro estoy calentito, no tendría sentido estar acá si pasara tanto frío”, aclaró.
Cacho nos contó parte de su vida. Dijo que se había criado en el departamento de Salto y que había venido a Montevideo en el año 1990. Acá trabajó en una fábrica, en el Templo Inglés (donde además almuerza todos los días), pero hace unos años que está sin trabajo. Manifestó que algunos días cuida autos y otros “hace alguna changa”.
No ocultó durante la conversación sus ganas de tener una casa, “un ranchito” suyo. “Yo a veces miro las ventanas de los apartamentos y eso es otra vida”, dijo.
El equipo siguió su recorrido, eran las 21:30 y continuarían hasta las 23:00, visitando otros lugares de los barrios céntricos. Mientras tanto, otros dos móviles, un camión del Ejército y una camioneta del Mides recorrían otros barrios de la ciudad. *
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