La vez que Julio Castro mintió porque era gente

En mi casa, cuando mi madre hablaba de Julio, todos sabíamos que se refería a Julio Castro. Lo mismo pasaba cuando decía «Don Luis» y todos sabíamos que se refería a Luis Arbenoiz. Los dos fueron maestros varelianos, de izquierda, comprometidos con el andar de los tiempos. Gente con un sabor especial por el interior del país.

Personalmente nunca tuvimos un contacto personal. Yo lo leía en Marcha y Julio no tenía dónde leerme porque yo no escribía. Julio era un referente, como se dice hoy, del que todos los que estudiábamos magisterio queríamos ser como él, como Enrique Brayer, como Alfredo Gadino, como Weiler Moreno, como Pompona Angione, como Reina Reyes, como Didaskó Pérez, como Otto Niemann, como Balbi, como Miguel Soler, como tantos otros.

Cuando llegó la hora de mi exilio, Julio apareció como un fantasma mentiroso. Alguien, no sé quién fue –seguramente mi madre–, me entregó una carta en la que Julio Castro decía que yo era un fenómeno como maestro, lo que era un soberano disparate porque yo nunca había ejercido mi profesión.

Gracias a esa carta y a la de Brayer, además de que mi abuelo don Otto Niemann había sido el líder sindical de los maestros de América del Sur, me facilitó ser el único maestro extranjero y asilado político que trabajó en la escuela pública mexicana, cuando los españoles refugiados, por cierto de muy superior nivel a quien suscribe, tuvieron que construir sus propios centros privados de educación en ese país.

En esa oportunidad, Julio mintió por ser solidario, con aquella carta de presentación que no correspondía. Así era Julio, un hombre de otra época. Por eso lo mataron. *

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