Fue pintor de obra, tiene 44 años de edad y su discurso es una síntesis de lo popular con la academia

De los Santos es parte de la generación del relevo: "¿Van a dejar que lo maten?´´

Con el amigo con quien hacemos apuntes en servilletas –¿se acuerda del pasado domingo?–, resolvimos ir el pasado viernes hasta Maldonado para ver en acción al intendente de Maldonado, Oscar de los Santos. Lo hicimos, de puro divertidos que somos, en una onda casi turística, como quien va a ver a un nuevo grupo musical o a un cantor que comienza a surgir. La idea era ver, escuchar, con la única intención de volver a las servilletas y dejar escritas algunas ideas.

Mi amigo, que no sale de La Blanqueada, tenía una idea de que no sólo íbamos a pasar frío, sino que nos íbamos a encontrar con un paisanito cabeza dura, cuya mayor capacidad es enfrentarse a otro cabeza dura. Nos llevamos una sorpresa, y utilizo el plural, porque si bien creo conocer bien al intendente, yo también tuve mi propia sorpresa.

Como en cualquier cosa de la vida, particularmente en política y cuando se tensan las cosas, esperábamos ver correr la sangre, escuchar agresiones y gestos populistas. Las cosas fueron de otra manera. Por suerte para Maldonado y su modesta gente.

De los Santos, en un primer vistazo, es lo más parecido a un sobretodo colgado de un clavo: es largo y fino, casi sin hombros. Su mirada es triste, aunque cuando se molesta tiene una mirada sólida, que no da miedo, pero que hace sentir el rigor.

Fue el último en subir al estrado y hasta ese momento nada indicaba lo que iba a hacer, en tanto agitar y conmover a más de 800 personas con un «balance y perspectiva» no es tarea sencilla.

De los 70 minutos que le llevó su parte oratoria debe de haber dedicado 45 minutos a detallar paso a paso lo que hizo y lo que no hizo, desde los alcantarillados, hasta los caminos vecinales, pasando por la entrega de viviendas y la atención a la salud.

No nombró directamente, ni una sola vez, a políticos de la oposición, fueran blancos o de su propio partido. No derramó sangre, pero fue puntilloso en demostrar que actúa con transparencia y con austeridad, a pesar de que en el público alguno se preguntaba en voz alta pero no gritando: «¿Cuándo va a matar a Darío?».

Una de sus cualidades fue saber hablar a la vez a sus seguidores que estaban en el gimnasio con sombreritos blancos que decían » El Flaco cambia Maldonado», sin dejarse atraer por los aplausos, pero teniendo en cuenta que su discurso estaba siendo emitido por la televisión local y que se estaba metiendo en los hogares del departamento.

Su discurso sorprende y es distinto al que escuchamos a diario en la izquierda. Ha logrado una síntesis de lo popular con lo académico, que no tiene una fácil explicación para una personalidad gestada en la humildad y sólo en el trabajo de pintor. Hay momentos en los que tiene algo de José Mujica, en la picardía de los giros idiomáticos; y en otros, es Rodney Arismendi, por la estructura lógica de su pensamiento. Seguramente mamó de sus padres, de sus amigos, del sindicato y de la izquierda. Pienso que también recogió enseñanzas de muchos a los cuales, alguna vez, les hizo un paro. Al mismo tiempo tuvo mensajes dirigidos a su equipo de gobierno, reclamándole la superación de algunos atrasos, como también a los ministros y los legisladores presentes. Todo lo hizo moviendo su cuerpo y mirando de frente a quien le hablaba.

Mostró que estamos ante un dirigente político del interior del país que sabe de cuáles son sus problemas y dificultades, pero que tiene una mirada nacional. No es de los que aíslan a su departamento entre sus propias fronteras, sino que lo proyecta a nivel nacional e internacional, por eso va a España, a Argentina, a Brasil, a Venezuela y al mundo árabe.

 

Un brochazo grande

El proyecto del cambio progresista de Maldonado no es, para De los Santos, algo ajeno al cambio progresista nacional que se traduce en el Uruguay productivo. Para el jefe comunal, el municipio debe ser un articulador entre los organismos nacionales y los operadores privados, tanto nacionales como extranjeros, para que «de alguna forma se transformen en la gran locomotora de este departamento, poniendo su rumbo hacia una nueva etapa, que permita el crecimiento con justicia social y que asegure un proyecto sostenido en el tiempo y que sea sustentable ambientalmente», dijo.

Molesto, pero sin nombrar directamente a nadie, destinó un brochazo grande al tema de la transparencia y de cómo se han ido corrigiendo malas prácticas de anteriores administraciones.

«El ingreso a este municipio en estos dos años de gobierno ha sido por sorteo o por concurso; no hay amigos ni parientes», comentó, en medio de los aplausos.

De inmediato reivindicó el derecho a «aprender a gobernar», porque el país no tiene memoria de gobernar para las mayorías, porque hasta que ganó el Frente Amplio se gobernaba para «unos pocos». «Junto con su transparencia y su honestidad, junto con su sensibilidad social, tenemos derecho a aprender a gobernar para la mayoría: podemos meter la pata, pero pierdan cuidado, no vamos a meter la mano en la lata», dijo rescatando la ética para la política.

Ya sobre el final hizo un comentario de carácter personal, ante un pedido del diputado de la Alianza Progresista, Pablo Pérez. Fue cuando explicó que mes a mes contribuye con parte sustancial de su sueldo a crear un fondo para la Universidad de la República en Maldonado. Ya lleva entregados 120 mil dólares, sin necesidad de reforma tributaria.

 

Servilletas de por medio

Con mi amigo, una vez finalizado el acto cumplimos con el ritual de compartir un café, tomar las servilletas y garabatearlas. De los Santos no sólo nos había impactado a nosotros, sino que había impactado a esos dirigentes del FA y del gobierno que lo fueron a respaldar y que por lo general no tienen conocimiento de las mujeres y hombres de izquierda que se baten contra miles de dificultades en el interior del país.

Después de ese discurso, de ese informe detallado y de mirada larga ¿quedará alguien con la posibilidad de plantear que la gestión frenteamplista de Maldonado debe cambiar sustancialmente el actual rumbo? Lo dudamos.

Mi amigo, quien es afecto al fútbol, manejó una imagen que me pareció buena. Me dijo que si en política existiera un director técnico de esos que van al Interior a buscar futuras estrellas, «ya se habría llevado a De los Santos, lo estaría cuidando y preparando para el futuro». A ese comentario sólo le agregué una cosa: «Tiene 44 años, es parte de la generación del relevo ¿van a dejar que lo maten a patadas?». No hubo respuesta, ya era la hora de partir a Montevideo. El ómnibus de regreso ya estaba en marcha. *

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