La no renovación de la onda a Radio Caracas Televisión derivó en un debate político

Diputados rechazó por mayoría pronunciarse contra Venezuela como reclamó la oposición

En cierto momento del debate, Carlos Gamou (Espacio 609), ejerciendo con energía inusual su hábito a dar saltitos en la banca como si hubiera sufrido una trombosis hemorroidal, declaró, grandilocuente, al estilo de sir John Guielgud: «La próxima vez voy a conseguir una toga negra y una peluca blanca con rulos, porque este Parlamento se ha convertido en un tribunal de alzada de lo que hacen otros países» (aunque lo intenté, no conseguí ni soñarlo; las imágenes que surgían en mi mente no son compartibles). Pero no contento, y ante protestas de blancos y colorados ­que en algún momento subieron al registro de alaridos­, Gamou insistió: «A instancias de la oposición, y en vez de hablar de temas importantes, nos tenemos que preocupar de lo que preocupa a Bush, a Posada Carriles y a la Fundación Cubano Americana. Creo que algunos aquí están buscando sus quince minutos de fama en alguna televisión gusana de Miami». Ya en quinta y en bajada, declamó: «Cuando se cerró a CX 44 Panamericana no hubo planteos ni declaraciones, sólo silencio cómplice. ¿Por qué no nos ocupamos de lo que pasa en una radio de un municipio de Gabón?».

­»¡Porque no es del Mercosur!» ­bramó un histriónico Washington Abdala (Foro Batllista), que ya antes había calentado el ambiente como una salamandra de hierro fundido.

­»¡Hubo una radio de Ruanda que llamaba a matar a machetazos! ¿Por qué no saltamos en aquel momento?» ­retrucó el calvo legislador, en su saltito número doscientos treinta y nueve.

Poco antes, Javier García (Alianza Nacional), bien erecto pero con un conmovedor estilo espartano, había dicho: «Son irreconciliables las solidaridades y las filosofías aquí expuestas. Nadie va a convencer al otro. Votemos de una vez. No nos podemos apropiar del derecho a perder el tiempo, porque no lo tenemos».

 

Qué se votó

Los partidos Nacional y Colorado habían presentado un proyecto de declaración acusando a Venezuela de «una flagrante y clara violación a la libertad de expresión», debido a la no renovación de la onda a RCTV, considerando que la medida significaba apartarse «de la Convención Interamericana sobre los Derechos Humanos».

Además, la declaración exhortaba al gobierno de Venezuela «a revisar la decisión de cancelar el permiso a RCTV, en cumplimiento de lo dispuesto por los tratados y convenciones de los cuales nuestros Estados son signatarios».

La resolución de rechazo de esta declaración, aprobada por la mayoría, respetó el brevísimo texto redactado en la comisión correspondiente. Empero, el oficialismo logró leer en sala su propio proyecto sustitutivo: «La Cámara de Representantes declara que la decisión del gobierno venezolano de no renovar la onda de RCTV lo es en estricta aplicación del derecho de autodeterminación, y basada en la Constitución y leyes venezolanas».

Para finalizar la sesión hubo que aprobar la prórroga de la hora, realizar un cuarto intermedio sin salir del recinto, con los legisladores circulando cual autitos chocadores y con la sensación de que en cualquier momento todo se iba al diablo, o tres o cuatro se trenzaban en una disputa más bien callejera.

 

Por fortuna no ocurrió

Atrás, claro, había quedado un debate áspero, casi eléctrico, que discurrió por la ironía, el sarcasmo, alusiones similares a planchazos y citas de todo tipo y calibre. Un debate que terminó anadeando por cuestiones políticas del tenor de si Chávez es un golpista o un demócrata, si en el pasado reciente en Uruguay se respetó la libertad de información, si al gobierno le conviene mantener tan estrechas relaciones con Venezuela y si el cierre de CX 44 Panamericana fue abusivo e ilegal.

Menos mal, digo yo, que en medio de tan convulsionada sesión Federico Cassaretto lució elegantísimo, con un traje oscuro, camisa blanca y corbata celeste. Debe haberle bendecido una revelación y pudo dejar en casa la del otro día, amarillo fluorescente, que impedía verlo porque encandilaba.

 

Filosa esgrima dialéctica

Abrió el fuego Jaime Trobo (Herrerismo), atrincherado con una bufanda marrón que parecía un poncho, a grito airado y asemejando, a su pesar, a un incendiario Nerón pero blanco de Saravia: «Queremos que el Parlamento se exprese. De acuerdo a la legislación internacional y a los compromisos asumidos no podemos ignorar que un país con el que tenemos relaciones está violando los derechos humanos». Enseguida hizo una personal descripción de la situación venezolana y recordó, aludiendo a Chávez, una frase de Marcos Aguinis ­»crear un enemigo externo, otro interno y otro más anterior»­ que representaría la lógica del continuismo político.

Doreen Ibarra (Fidel 1001) demoró unos instantes en responder, pese a que le abrieron el micrófono, y hubo cierta zozobra. Le faltaba un papel que un colega, casi con dulzura, le alcanzó. Su argumentación fue serena y firme ­parecía el Floreal Ruiz del último tiempo, cantando «El motivo»­: «El gobierno legítimo de Venezuela tiene todo el derecho a la autodeterminación y ha tomado una medida ajustada a su Constitución y sus leyes». Enseguida se volvió anecdótico y contó que cuando visitó Venezuela en abril de 2002, en vísperas del fallido golpe de Estado contra Chávez, no le quedaron dudas de que medios como Radio Caracas Televisión «apoyaron abiertamente y sin tapujos el intento golpista».

Tranquilo como Lao Tsé ­cuando escribió sobre la inutilidad de la acción mientras esperaba que le revisaran el equipaje en la aduana­, Roberto Conde (Partido Socialista) advirtió, premonitoriamente, lo que se venía: «Lo único que se busca es usar el caso de RCTV para acusar al gobierno de Chávez de falta de legitimidad democrática».

Y de pronto, acabó la benevolencia. Para hacerla añicos apareció, moviéndose parecido a Spider-Man, Pablo Ithurralde (Alianza Nacional). Nervioso, casi desorbitado, con la corbata torcida, convocó «a defender los derechos humanos de todo el mundo», recordando que los del pueblo venezolano, a su juicio, estaban siendo violados. De golpe, ingresó en un terreno que hizo pensar si habría dormido poco últimamente: «Aunque nos digan ‘papagayos’ y ‘amarillos’ nosotros vivimos de la historia y ustedes siguen viviendo en el episodio». En ese momento a Enrique Pintado (Asamblea Uruguay), en la presidencia, se le atragantó el trozo de un sublime bizcochito que estaba comiendo. ¡También!

 

La hora del despiporre

Fue entonces cuando ingresó, a paso militar, el ya mencionado Washington Abdala, a quien de inmediato se concedió la palabra. Sin mayores rebusques, a los diez segundos ya estaba metido en una deliciosa exposición diplomática: «Vuelvo a felicitar al gobierno, porque mientras Chávez está mandando al diablo al Mercosur acá se sigue con la genuflexión. Yo tengo independencia para opinar, no soy una ovejita que va con todas las otras. Yo estuve en Venezuela, eso no es una democracia. ¡Y miren que si hablamos de votación, a Hitler, al principio, también lo votaron, eh!». Justo aquí, Víctor Semproni (Claveles Rojos) ­cuando ya la gritería del oficialismo se desplomaba sobre el soldado cual iras del profeta revelado­ pretendió hacer un comentario filoso, pero, como estaba sorbiendo el mate, casi se parte la dentadura superior. Abdala, indiferente al sufrimiento de Semproni, concluyó, gesticulando y haciendo retumbar su voz contra la bóveda del recinto, a marcha camión: «Vi un desfile militar en Caracas y me recordó a la Unión Soviética. Y ustedes…¿tuvieron independencia para romperle la Rendición de Cuentas al gobierno y no la tienen para esto? ¿No hay uno que se rebele?».

Al principio, el oficialismo reaccionó con calma. Jorge Orrico (Asamblea Uruguay) se alegró de que se pusiera pasión en el debate, aunque aclaró que «hay sólo dos aspectos que importan en este asunto»: uno, si se han violado derechos y libertades; dos, cómo se hace cuando se entrega a particulares licencias de ondas que pertenecen al Estado
, o sea a la ciudadanía. Tras cartón, Conde añadió: «No quiero irme por las ramas y entrar en un debate infinito. En cuanto a RCTV, todo gobierno tiene el deber constitucional y moral de hacer lo que hizo Venezuela: defender los derechos de los ciudadanos». Y se reservó el bastillo para el final: «Cuando Abdala estuvo en Caracas, lo acompañamos Penadés y yo. Y recuerdo que él dijo: ‘Quiero hablar con medios de la oposición’. Y enseguida lo rodearon infinidad de micrófonos, porque claro que en Venezuela hay medios opositores y libertad de expresión».

Pero después… Ah, después emergió Alvaro Vega (Espacio 609), ya casi sobre el final del corcoveo: «Agradezco a Dios, al Senado y a Sanguinetti por habernos regalado hoy la presencia de Abdala. Yo digo que hay diputados ‘mojarritas’. Siempre que hay luces, y hoy están las de la televisión, aparecen, como en la encandilada».

No obstante, el brioso candidato forista, tal vez impermeable, insistió: «Piensen que puede pasar acá. ¿Qué ocurriría si cierran LA REPUBLICA?».

Y bueno…, yo no soy una máquina. Semejante posibilidad me hizo levantar los brazos y gritar «¡no, no me toque al diario, diputado!», lo que pareció conmover a Abdala, quien, sin hesitar y mencionándome de paso ­ya no tenía lugar donde esconderme­ cambió su hipótesis incluyendo a «El ‘Observador», «Ultimas Noticias» y «El País», con lo cual democratizó el apocalíptico escenario imaginado.

Sí, lector, aunque usted no lo crea, mi emotiva reacción y una picardía turca hicieron que quedase impreso en actas… O sea, pegado. *

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