La tecnología no es el diablo, pero tampoco el Dios que todo lo puede
Estamos ante una gran iniciativa del presidente Tabaré Vázquez, pero para que sea una experiencia exitosa vale la pena dudar sobre ella el que no duda no piensa, ni actúa no para ser un contra por ser contra, sino para reflexionar críticamente y poder así avanzar utilizando la nueva tecnología.
Nadie, más o menos sensato, puede sostener que puede construirse una enseñanza pública sin computadoras y sin la incorporación de esta herramienta al proceso enseñanza-aprendizaje. Sería como si alguien se hubiera negado, en su momento, a la generalización del pizarrón, la tiza y el borrador.
Pero a no embalarse, porque la enseñanza no puede caer en la misma novelería que pasó con la incorporación de los audiovisuales, quienes llegaron, se instalaron, tuvieran un mar de palabras que promovieron su difusión, pasaron, se fueron sin pena ni gloria y dejaron muy poco.
Los problemas de la enseñanza quedaron, porque el asunto de fondo no era la herramienta, sino el maestro, el niño y los hogares, que en su gran mayoría viven por debajo de la línea de pobreza, con carencias alimentarias, culturales e intelectuales.
Hay que pararse ante la feliz iniciativa del Plan Ceibal, sin preconceptos. No vale esa actitud de rechazo algunas veces «arieliana», otras veces enciclopedista y regresiva pero tampoco sirve la fetichización de las herramientas, de la tecnología, que también es regresiva. A las herramientas (la computadora es una de ellas) no las carga el diablo, pero tampoco tienen la bendición de Dios.
En este mundo de hoy, en este Uruguay, no veo que el peligro esté por el lado del rechazo a la tecnología, sino que sustancialmente hay que cuidarse de un posible enamoramiento por correspondencia de la herramienta. Es que nuestro propio atraso tecnológico nos ha llevado a creer que quien tiene un PC sabe de informática, cuando prender una computadora es una tarea tan sencilla como poner en funcionamiento un microonda.
En Uruguay la inmensa gran mayoría de los propietarios de esos PC no saben (no sabemos), lo más elemental de la informática. Pero muchos creen que por tener un PC están en el primer mundo y se equivocan feo.
El tema sigue siendo la orientación pedagógica y didáctica de nuestra enseñanza, que los maestros sean cultos, que estén preparados, que puedan ir al dentista, que estén bien alimentados, que puedan comprar libros, ir al cine y al teatro y por lo menos una vez en la vida puedan tomar un ómnibus y conocer las otras culturas de los países vecinos.
El tema sigue siendo que los niños tengan un hogar adecuado, que estén bien alimentados, que tengan ropitas contra el frío, que puedan comprar libros también juguetes que alguna vez pasen por la puerta de un teatro y que comprendan que el PC es una buena herramienta para desarrollar habilidades, recibir información y cultivar el intelecto.
Esto de enseñar es todo un fenómeno complejo e interrelacionado, donde la computadora puede jugar un papel importante si se la ubica en lo que realmente es: una herramienta, que no está por encima de los contenidos y de la preparación del cuerpo docente, que no se logra de un día para otro.
De esto hablo con propiedad. Integré en uno de los años de la década de los 80 el equipo que elaboró los Libros de Texto Gratuito, de la enseñanza primaria de México, donde cada niño recibía, por lo menos, cuatro libros, a los que «cargábamos» de contenidos, como ahora habrá que «cargar» de contenidos a las computadoras.
Aquellos libros fueron preparados por especialistas (mi aporte fue mínimo, por no ser especialista), pero además antes de la edición definitiva todos los libros fueron puestos a prueba en muchas aulas y las formas de utilizarlos estaban en los programas de los centros de formación docente y en los cursos de licenciatura que los maestros podían participar por medio de la educación a distancia.
El aporte de esos libros fue muy importante para la escuela pública mexicana, pero igualmente la escuela primaria perdió la batalla con la enseñanza privada y no logró superar sus atrasos sustanciales. Y no lo logró porque los chiquilines comían mal comidas chatarras o excesos de chiles para calmar el hambre algunos se drogaban con Resistol, un pegamento, muchos solo iban al cine para ver las películas de Cantinflas, un personaje sublime, porque no podían entender las escrituras sobreimpresas en las películas extranjeras. «Es que las palabras cambian demasiado rápido», me decían mis alumnos de la Colonia Guerrero, de cuarto año, después de haber ido al cine del barrio.
Cuando me di cuenta de esa realidad puse como tarea semanal tuve la suerte de participar de la elaboración de los libros y a la vez ser maestro en una escuela pública ver una película extranjera, deber que muy pocos cumplieron porque tenían que ir a cines más caros y más lejanos y no podían pagarlos.
Como mi escuela estaba en un barrio pleno de gimnasios de boxeadores, intenté mejorar la lectura recurriendo a las páginas deportivas de los diarios, aunque me sentí obligado a rebajar mis intenciones culturales, cuando esos libros tenían poemas maravillosos como los de Nezahualcoytl, señor de Texcoco, quien se preguntó sobre la vida, mucho antes que Manrique: «Que tu corazón se enderece/aquí nadie vivirá para siempre», escribió.
Esa realidad mexicana, florida por sus libros gratuitos y por el drama social espinundo, la traigo a colación porque hoy esa realidad también está viva, dramáticamente, en amplios sectores de nuestra niñez que también comen chatarra y que crecientemente se drogan, seguramente con la marca de otro pegamento, cuando no es pasta base.
Un medio de producción
Todo esto está dicho no para ponerle piedras al camino de las computadoras, que se pueden utilizar como recurso didáctico, medio de información y comunicación, herramienta de trabajo, instrumento lúdico y elemento innovador.
Es bueno, muy bueno, que cada niño acceda a un PC, como fue muy bueno que hace muchos años se repartiera a cada niño aquellos lápices amarillos que decían «Consejo de Enseñanza Primaria y Normal» y los cuadernos de tapas grises y que en cada aula hubiera una modesta biblioteca, mientras que hoy los maestros de Canelones se vieron en la necesidad de instalar una biblioteca móvil en un ómnibus, para poder acceder a la lectura.
Hoy no pasa, como pasó durante la dictadura, que una maestra amiga juntaba los restos de la merienda de los chiquilines para llevárselo a su casa y con ellos hacer un salpicón o un buen ensopado. Siempre se puede más. Por eso hay que empujar al Plan Ceibal, pero pienso, con atención a los educadores, a los niños, y también a los padres.
Sabiendo que el PC no piensa y mucho menos siente, es de esperar que la propuesta educativa apunte a desarrollar el pensamiento innovador, lógico y crítico, en base al buen manejo de una herramienta maravillosa como es la computadora, para que cuando el niño sea un adulto quizás descubra que es un medio de producción, por cierto más barato que un tractor o una imprenta para imprimir diarios, donde hasta puede desaparecer el trabajo asalariado y así establecer entre los hombres una nueva relación. *
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