Bouzas entregó fichero de la solidaridad de la CNT en el exilio a la Biblioteca Nacional

Un pedazo de la memoria de la resistencia

En una carta enviada a LA REPUBLICA, Bouzas cuenta la historia de estos envíos solidarios, cómo se conseguían los fondos, el complejo mecanismo ideado para no poner en peligro a quienes los recibían en Uruguay, que incluyó prestanombres españoles y cómo reaccionaron los familiares de presos y presas, al saber que era la CNT la que enviaba estos fondos. Según narra Bouzas todavía se le eriza la piel al recordar las respuestas que recibieron desde Uruguay en 1983, cuando con la firma de Carlos Natividad Traverso, hicieron saber que era la CNT la que desde 1979 los estaba apoyando.

Una historia más de resistencia, de solidaridad, de organización e ingenio, para mantener la lucha contra la dictadura. El archivo que recoge estas cartas y mensajes es desde la semana pasada patrimonio de todos los uruguayos y lo tiene la Biblioteca Nacional.

 

La carta

A continuación, reproducimos textualmente la carta de Carlos Bouzas, explicando por qué se entregó el fichero de la CNT a la Biblioteca Nacional:

«EL FICHERO

Hace pocos días finalmente, entregué el fichero que guarda la correspondencia y las comprobaciones de la ayuda económica a las familias de los presos sindicales y políticos, que administramos desde Madrid en nombre del «Organismo Coordinador de la CNT para las actividades en el Exterior». Lo hice dejándolo en las manos de Tomás de Mattos y Universindo Rodríguez en la Biblioteca Nacional.

Fue en Madrid, el 25 de mayo de 1979 –fecha de creación del organismo citado– que se resolvió crear el fondo e iniciar la organización de los envíos de fondos. Al decir de Félix Díaz, «hay que ayudar a la familia de todo aquel que esté preso por haber tirado una piedra contra el rancho de la dictadura». La tarea quedó en manos de las comisiones de la CNT en España, aunque contó con la ayuda invalorable de Suecia (Huguet y Bentaberry), Holanda (Vilaró y Baldasari) e Italia (Ernesto Goggi), especialmente. La primera necesidad: conseguir dinero. Para ello logramos el apoyo de organizaciones sociales de Suecia, Inglaterra, Holanda, Suiza, las Centrales Sindicales Mundiales (CIOSL, CSM, FSM), Amnistía Internacional y, muy especialmente, el trabajo de calle de los militantes sindicales en el exilio, vendiendo pegotines, chorizos con chimichurri, aportando de sus sueldos mensualmente, con el convencimiento de que «cualquier monedita sirve».

Gracias a los amigos de Comisiones Obreras y Unión General de Trabajadores, accedimos a una cuenta bancaria ­la que bautizamos Centro Nuestra Tierra, para conservar la sigla CNT- donde se depositaban todos los aportes y desde donde salían ­en letras de cambio bancarias de cien, ciento cincuenta, o doscientos dólares, según las disponibilidades- los envíos para las familias con una periodicidad bimestral.

Para confeccionar el fichero de beneficiarios, se requería el suministro del nombre del preso, o desaparecido por parte de un sindicato, a lo que se agregaba el nombre y domicilio en Uruguay del familiar que lo atendía. Con cada nombre que se incorporaba, se confeccionaba una ficha que guardaba todos los antecedentes. Así se fue construyendo el fichero.

En 1979 tuvimos varias dificultades. Muchos de los beneficiarios rechazaban el envío. En Uruguay se vivía la época de mayor dureza y persecución de militantes. El panorama cambió radicalmente a partir del plebiscito de noviembre de 1980 en que los uruguayos rechazaron la reforma constitucional de la dictadura.

Para dar una mínima cobertura a los beneficiarios, acompañábamos la letra de cambio con una carta manuscrita, en la que, en tono amistoso, un español o española (algunos amigos que nos prestaron sus nombres y domicilios ­Enrique Carpintero, Jenaro Ferrer, Pilar Rodríguez, Juan Moreno, Pat Bennetts, Manuel Simon ­ (la lista es incompleta), le decía que había sacado un premio en un juego, o que había cobrado una paga extraordinaria y había decidido ayudar al destinatario, solicitándole, además, que contestara para saber que el dinero había llegado a buen puerto, y que le contara algo de sí mismo, del familiar detenido, de su entorno, en fin, de lo que quisiera.

Fueron varios los que colaboraron en escribir las cartas ­unas doscientas cincuenta por tanda- en sus casas, que luego metíamos en los sobres junto a las letras de cambio, en jornadas vespertinas de sábado -en nuestro local cedido por la Federación del Metal de Comisiones Obreras- tomando mate, escuchando a Zitarrosa, Olimareños, Viglietti y hasta Osiris, que un día nos acompañó y recitó el romance del Malevo. Estela Maubé, Jorge Levi, Angelita Larrosa, el flaco Espinoza, Nora García, Severino Carbajal, Fernando Galán, Lito Martínez, Yuyo Melgarejo, Jorge Machado, el colo Fernández Galeano, Juan Búcalo, Ana mi esposa y Patricia mi hija, Daniel Yates, Canarito Marrero, Roberto Dotti y seguramente me olvido de muchos.

Con rigurosidad de funcionarios, anotábamos en cada ficha los envíos, así como los acuse de recibo cuando las cartas de respuesta llegaban a casa de los amigos que oficiaban de buzones.

Decidimos que esas cartas de acuse de recibo las guardaríamos en cada ficha.

Ellas fueron cobrando un valor en la medida que marcaban, con el paso del tiempo y en los sucesivos envíos, el estado de ánimo de las familias de aquellos compatriotas más castigados por la dictadura.

Al principio eran comunicaciones escuetas, modositas. Pero luego se fue soltando la lengua y comenzaron a contarle a aquellos españoles distantes y desconocidos sus peripecias familiares, las expectativas de salida y la fortaleza que crecía dentro de cada uno.

Cuando calibramos el éxito del acto del 1º de Mayo de 1983 con el que se estrenó el recién formado PIT, resolvimos enviar una carta a todos (a la sazón, más de quinientos destinatarios) explicándoles que todas las remesas que habían estado recibiendo a partir de 1979 con remitentes españoles desconocidos para ellos, habían partido de una sola persona, cuyo nombre completo seguramente tampoco les significaría mucho, pero cuyas iniciales habrían visto pintadas en las paredes de su ciudad. La carta fue firmada por Carlos Natividad Traverso.

Les confieso que todavía hoy, a casi un cuarto de siglo de aquella fecha, cuando le cuento a usted esto, se me eriza la piel recordando el alud de cartas en respuesta, todas con un denominador común: «¡Yo sabía que no me ibas a fallar!».

Aquel fichero vivió sus vicisitudes. Gracias a los buenos oficios del gobierno español de la época, llegó a Uruguay en 1985. Estuvo guardado encima de un fichero en AEBU, pasó a ocupar un lugar en mi despacho de Caja Bancaria; no se pudo concretar su entrega en alguno de los Institutos Sindicales, Facultad de Humanidades, Universidad, hasta que el grupo de los veteranos -el de los viernes por la mañana en la sede del PIT-CNT- autorizó la entrega en la Biblioteca Nacional que aludo al inicio.

Universindo Rodríguez fue pertinaz en obtenerlo, dado que, según él mismo explica, esas cartas son un testimonio valiosísimo del pensamiento de un sector comprometido de los uruguayos, en el período más dramático de nuestra historia reciente. Y como tal, será un a fuente de información preciosa para aquellos que quieran estudiarlo científicamente.

Allí está, en la Biblioteca Nacional, incorporado al acervo cultural de los orientales.

Carlos Bouzas».

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