Aquella otra granada

«…esa tristeza madrugadora y gris

pasa por los rostros de mis iguales

unos lejanos, perdidos en la escarcha

otros no se dónde, deshechos o rehechos.»

La semana pasada nos llegó desde la provincia argentina de Neuquén una noticia desgarradora. Un maestro en el transcurso de una movilización gremial había muerto como consecuencia del impacto en su cabeza de una granada de gas disparada por un policía desde atrás, a traición y con alevosía.

La noticia, además del natural dolor y bronca ante una nueva muerte de un trabajador a manos de la prepotencia policial ­aquél dolor del «Che» sentido como propio ante cualquier injusticia en cualquier lugar del mundo­, tuvo otras consecuencias: inmediatamente la vieja caja de la memoria, con fotos en blanco y negro, con amarillentos recortes de diarios tan gastados como las fotos en las que todos llevamos nuestros recuerdos, esa vieja amiga abrió ­sin yo proponérmelo­ su rotosa tapa.

Pasé rápidamente por alto las de la escuela, la de la comunión, las de los cumpleaños, las del baby fútbol, y me detuve en la primera foto del liceo Rodó, en el desaparecido Anexo de la calle Río Branco, año 1963. Allí estaba junto a mi primer compañero de banco, los dos de pantalón corto y riguroso jopo engominado.

Desde mi desvencijada caja de recuerdos siguieron saliendo más fotos, titulares de diarios, otros recortes de artículos periodísticos, hasta llegar al año 1968: «Rigen Desde hoy Medidas Prontas de Seguridad», «Renuncian: Queralto, Alba Roballo y Flores Mora», «Sometidos a Régimen Militar Personal del Banco de la República», «5.000 Bancarios Militarizados», ( hacía apenas seis meses que había ingresado al Banco Pan de Azúcar y me enteraba de la ley 9.943, que establece el régimen militar para los ciudadanos uruguayos, tema que ha escandalizado a un reducido grupo de políticos y a varios opinólogos); «En 5 Meses Aumentó el Costo de Vida un 48,7%», «51 Bancarios Marchan Presos por Estar Reunidos en una Escuela», «Se Congelan Precios y Salarios», «Allanan Sede de la CNT», «Es Secuestrado por los Tupamaros Ulyses Pereyra Reverbel», «A los 5 días, el 11 de Agosto Aparece Sano y Salvo.» «Pereyra Reverbel, declara: «No Me Judearon».

Y entre esa cantidad de recortes rotos, manchados, arrugados no tanto por el tiempo, como por intentar el olvido, la desmemoria en los tiempos de tortura, me vuelve, dolorosamente la imagen de mi primer compañero de banco en el Liceo Rodó y el recorte de diario que me informó con un cachetazo esa noche: «El estudiante Mario Toyos Soto, de 17 años, fue trasladado por otros estudiantes con la cabeza sangrando por el impacto en el parietal izquierdo de una granada de gas que le hundió el cráneo y le provocó desprendimiento de masa encefálica».

El proyecto del diputado García Pintos hace referencia pura y únicamente a un reducido grupo de «funcionarios policiales, militares y civiles fallecidos como consecuencia del enfrentamiento armado con la sedición, así como los declarados desaparecidos por la Ley 17.894 del 14 de septiembre de 2005.»

El proyecto del Poder Ejecutivo, en la desesperada búsqueda del Nunca Más, propone aportar nuevos nombres, como si de esa forma el proyecto de ley quedara más justo, más completo, más reparatorio. Pero sigue hablando de fallecidos y desaparecidos, y qué pasa entonces con todos aquellos luchadores muertos en las cárceles de la dictadura.

Muertos por enfermedades que no se trataron y por el contrario se agravaron, como Mirto Perdomo, Luzardo, Fernández Cúneo, Barbeito Filipone, Porteiro, Batalla, el «Flaco» Dabo, el «Indio» Olariaga, Cuesta, Goitiño, Leivas, Yoldi, el «Nepo» Wasem Alaniz, y ¿cuántos y cuántas más? que en mi desvencijada caja revolviendo recuerdos no encuentro.

Compañeros que se ­o los­ «suicidaron» por la mano que mecía la soga síquica en el Penal de Libertad, de Punta Rieles, en el hospital militar y a lo largo y ancho de los cuarteles por todo el país.

Las compañeras y compañeros con secuelas irreversibles desde el punto de vista síquico hasta el día de hoy.

Con secuelas irreversibles como las de Mario Toyos, que tan sólo estudiaba agronomía en el IAVA y no militaba en ninguno de los dos endemoniados bandos.

La ingrata suerte de Mario Toyos, la militarización de mis compañeros bancarios que antecedió a la mía en 1969, y el «No Me Judearon» de Pereyra Reverbel, en aquél 1968, determinaron mi opción política.

La Ley Nº 18.033 establece que el dolor de los presos, torturados una y otra vez, hostigados psíquicamente durante años, vale 14 mil pesos por mes, eso siempre y cuando la Comisión Especial ­que analiza 5 mil casos­ lo considere adecuado.

Para García Pintos el dolor de unas 40 familias se repara con 150 mil dólares para cada una, por una sola vez.

Cuánta plata se necesita para reparar el dolor de familiares de muertos por tortura, de familiares de muertos por tortura u otras formas y luego desaparecidos, cuánta pero cuánta plata para familiares de muertos, desaparecidos y desaparecidos también sus pequeños hijos y no quiero seguir bajando por la lacerante escalera del dolor que nos impuso la dictadura.

El Nunca Más no se decreta, y menos con plata.

A Mario Toyos lo seguí viendo hasta mediados de 1971.

Hoy pregunto: ¿Cuánta plata sería necesaria para que él y su familia reconquistaran aquella felicidad de pantalón corto y jopo engominado? *

 

…»Y los otros, los otros y los otros

otros innumerables y fraternos

mi tristeza los toca con abrupto respeto.

Y las otras, las otras y las otras

Otras esplendorosas y valientes

Mi tristeza las besa una por una.

No sé que les debemos

Pero eso que no sé

Sé que es muchísimo.»

 

Mario Benedetti.

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