Arturo J. Dubra: leal compañero de Emilio Frugoni

¿Qué le ocurre a los socialistas, tan propensos al olvido de aquellas enormes figuras que posibilitaron la existencia y mantenimiento del ideal? Hoy recordamos a la intransferible personalidad del Dr. Arturo J. Dubra; discípulo de Frugoni y compañero inseparable cuando éste debió enfrentar las instancias más duras de su largo batallar político.

Hombre de fuerte temperamento, de generoso impulso, de carácter recio, pero desde muy joven con la ponderación exacta que sólo llega con la madurez. De andar pausado, con cierta solemnidad que en nada se confundía con la afectación, hablaba con sobriedad y actuaba con eficacia y dinamismo. Profundizó su cultura hasta lograr los perfiles de un político que después de Frugoni constituyó por lejos el más completo legislador que tuvo el socialismo a lo largo de su rica historia. Dominador de las más diversas materias, sembraba convencido de que si no era él quien recogiera, habría otros que harían el grato trabajo de la recolección.

Su oratoria ­fue un Demóstenes uruguayo­ era el fiel reflejo de su personalidad. No buscaba el vuelo lírico sino que empleaba la elocuencia que convence, argumentando con brillo, pero sobre todo con enorme profundidad. Temido, muy temido por su valor y coherencia, jamás vaciló en decir su verdad aunque ella muchas veces no le fuera rentable.

Por eso tal vez, por esa imagen de caballero medieval invencible, fue llamado por sus amigos y compañeros socialistas «el caudillo». Frugonista desde su niñez casi, dedicó su vida a la militancia comprometida. Actuó en el Centro de Estudiantes de Derecho, fue secretario en el Congreso fundacional de la FEUU, abogado, diputado por el Partido Socialista desde 1947 a 1963 y escindido de filas partidarias, cuando las desavenencias internas llevaron a Emilio Frugoni a renunciar al partido que él mismo fundara. Marchó con su maestro y guía de pensamiento y acción inseparable, para sumársele cuando la creación del Movimiento Socialista. Dubra ha narrado cómo conoció a Frugoni y cómo a partir de ese momento jamás lo abandonó. Caminando preocupado por problemas personales, advirtió que en la Plaza Libertad se realizaba un pequeño acto político. Ante la elocuencia del orador y los nuevos conceptos que para él manejaba, se detuvo y se puso a escuchar. El orador era un hombre fornido, de baja estatura, ademán severo, voz tronitosa y castizo decir. Ese orador era Emilio Frugoni, y aquella una tribuna socialista. Lo escuchó hasta el final y se le acercó, aunque no se animó a hablarle. Luego lo conocería y sería uno de sus más fieles amigos. A él le entregó más de cuarenta años de su vida. Acaso los mejores. Discrepó con Frugoni frontal y duramente, pero sabía que luego de una fuerte discusión seguía un tierno almuerzo entre ambos. Se consideró siempre su discípulo y no olvidó jamás unas palabras que le oyó en aquel, su primer encuentro: «Una revolución trascendente sólo puede hacerse con dos coordenadas indeclinables: el socialismo y la libertad». Sus convicciones y ruda personalidad lo llevaron a protagonizar sucesos trascendentes de la vida del país. Férreo opositor a la dictadura de Terra, fue detenido y enviado a la isla de Flores, donde fue ferozmente torturado. Pero en aquellos años y expulsado Frugoni por el régimen dictatorial, comenzaron a surgir problemas serios hacia el interior del Partido Socialista. Una fracción, al margen de los requerimientos reglamentarios, intentaba apoderarse de la organización y desplazar de su dirección al viejo maestro. Su inspirador era una hoy desconocida figura: Servando Cuadro. Contra él y su disciplinado grupo se levantó gallardo el Dr. Dubra para dar dura batalla. Junto a otros compañeros organizó la Agrupación Socialista Universitaria, siendo expulsados del Partido aquellos frugonistas que fueron identificados. En solidaridad, renunciaron al partido Arturo Figueredo, Mario Cassinoni y él. Vuelto Frugoni del destierro, Dubra vuelve al partido y junto a su maestro logra desplazar a los reaccionarios cuadristas y más tarde al propio Cuadro, que les juraría odio nazi. En 1938 traba fraternal amistad con Héctor Jaurena, Mario Cassinoni, Hugo Giudice, Arturo Figueredo y Angel Valdes, al que se les agregaría dos años después Eduardo Jaurena, recién venido de Miguez. Se encontraban los domingos al mediodía en el apartamento de Héctor en la calle Estero Bellaco, y marchaban de tarde a «La Cosechera», donde los esperaba Emilio Frugoni.

Y cuando los desgarradores sucesos de 1963 que llevarían a la irreconciliable separación partidaria, la furiosa polémica que se desató entre Frugoni y el Comité Ejecutivo de la época fue precedida por otra no menos virulenta entre ese comité y Arturo Dubra. Este renuncia al partido al que le había dado su vida, y los «neorrevolucionarios» no la aceptan para expulsarlo. «El Caudillo» no quedó callado y con la vehemencia del caso, expresó: «Repito el término: todo esto es una farsa, enconada y sucia. Y esa farsa no la tolero. Se los digo en el orden individual y colectivo y lo toman como se les ocurra (…) Lo de Cardoso es distinto e inexplicable.

Tiene verdadera experiencia en equivocaciones y derrotas. Sigo sin entenderlo, mucho menos cuando se pone en magister de conductas ajenas y no ha hecho una modesta autocrítica de la propia. Los enterradores del partido me juzgan a mí; yo juzgo a los enterradores (…) ¡Qué simpleza! La pelea empieza recién y alcanzará los ribetes que sean necesarios».

Pero si su alma desgarrada debió hacer frente a vendavales políticos en el seno de lo que fue su segunda casa, en lo estrictamente personal debió llevar con hidalguía la prisión y tortura política de sus hijos Pedro y Arturo en las mazmorras de la última dictadura y el exilio de su hija Elsa. Intentaron destrozar su vivienda por medio de una bomba criminal y debió dormir en la bañera por ser el lugar más seguro de su casa. Pero no lo amedrentaron. Se fue a vivir al Palacio Díaz, donde lo frecuentaban sus mejores amigos.

Estuvo junto a Frugoni hasta 1969, mientras éste diera sus últimas batallas, y lo continuó desde el Movimiento Socialista cuando ausente el maestro fuera uno de los que levantara la bandera para «¡que se doble pero no se quiebre!». Su lucha se detuvo el día de su muerte. Contaba con 84 años y más batallas que el Cid Campeador. Usaba una corbata roja, el mismo color que sigo usando en el pequeño homenaje que le brindo día a día. *

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