Blancos no fueron a los festejos del MTOP y "cercaron" la tumba de Wilson Ferreira

El Partido Nacional no logra salir de su política crispada y malhumorada

El Partido Nacional es la colectividad política más importante de la oposición, según el último resultado electoral. Su responsabilidad es mayúscula, en tanto nadie puede desconocer su peso electoral a nivel nacional y departamental, dado que gobierna en diez departamentos del interior del país.

Era de esperar que en estos cinco años de administración frenteamplista, su actitud se tradujera en una política opositora, pero a la vez responsable con un país que en 2002 explotó en mil pedazos.

El camino que ha recorrido es otro y muchas veces los analistas no encontramos una explicación clara, sobre esta especie de guerra de guerrillas que los nacionalistas han desastado contra el gobierno del doctor Tabaré Vázquez.

Se ha dicho en varias oportunidades que el Partido Nacional no termina de aceptar la derrota que sufrió en 2004, cuando tuvo la oportunidad de parar a la izquierda en la puerta del Edificio Libertad y, a la vez, superar por amplísimo margen al Partido Colorado.

Puede ser que esta sea la razón de una política crispada, malhumorada, peleadora por pelear, pero cuesta creerlo cuando el Partido Nacional tiene uno de los mejores planteles de dirigentes políticos del país.

Si se mira fríamente en filas blancas hay cuadros políticos con una muy rica experiencia de gobierno, lograda durante la Presidencia del doctor Luis Alberto Lacalle y también bajo los gobiernos colorados donde los blancos tuvieron su lugar en ministerios y entes autónomos.

A la vez cuenta con un plantel joven de legisladores, algunos de ellos pertenecientes a la generación de los 80 que empujó la caída de la dictadura, con experiencia de relacionamiento con la gente y con capacidad de organizarla.

A pesar de todas estas virtudes, el Partido Nacional brinda una imagen que no lo ayuda a pararse ante la sociedad con una perspectiva constructiva y de futuro. Esto es tan así que sus legisladores son previsibles para los periodistas, porque ya antes de que pronuncien una sola palabra se sabe que van a pedir la renuncia de algún ministro o que van a volver a decirle a la ciudadanía que el gobierno tiene un talante autoritario, cuando la mayor unanimidad que logra Vázquez es cuando la gente siente que está ante un gobierno abierto al diálogo y a la consulta.

 

El enojo permanente

Es en los pequeños gestos donde la política de los blancos muestra ese estado anímico alterado. Por ejemplo, hace pocos días el ministro de Transporte y Obras Públicas, al cumplir esa secretaría 100 años de existencia, colocó un cuadro en una sala del ministerio del ingeniero Luis Gianastacio, quien fuera ministro de Obras Públicas del Partido Nacional. El Directorio del PN, que fue invitado especialmente, no se hizo presente.

Mucho más grave fue el reciente incidente con los integrantes de la columna blanca del Espacio 609, porque solicitaron autorización al PN para hacerse presentes ante la tumba de Wilson Ferreira Aldunate, en una hora a convenir. Todo terminó con un profundo malestar de la familia de Ferreira con las autoridades de su propio partido, porque entendía que los nacionalistas del Frente Amplio tenían derecho a realizarle un homenaje al último caudillo blanco.

Como si todo esto fuera poco el diputado Federico Casaretto, un hombre joven e inteligente, hizo un llamamiento a enfrentar al actual gobierno, porque Tabaré Vázquez «lleva ya dos años avanzando en la gradual pero implacable instalación de un modelo de país muy diferente al Uruguay que conocemos. Es un modelo injusto, autoritario y empobrecedor». Y agrega: «El eje central es la necesidad de una sólida resistencia nacional y popular frente al proyecto de país impulsado por el gobierno de Tabaré Vázquez, proyecto de país profundamente negativo para la inmensa mayoría de los uruguayos».

 

El malhumor no ayuda

El PN es imprescindible para la democracia y la marcha del país. Tiene gente con capacidad, con experiencia de gobierno, la gran mayoría de ellos con un arraigado talante democrático, pero no encuentra tranquilidad espiritual. Sus dirigentes dan la sensación de que están siempre por estallar, cuando el país lo que necesita es diálogo, serenidad democrática para que la confrontación de ideas permita hacer avanzar a la sociedad en su conjunto.

El malhumor que muestran los blancos no ayuda al país, pero tampoco a ellos mismos. Mientras que el Partido Colorado, que aún no termina de despertarse de la derrota de las últimas elecciones, aparece como más sereno, desplegando con dificultades su oferta electoral pero mostrándose con un talante más sereno que el que muestran sus socios de la oposición. *

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