Conformarse con lo realizado "es renunciar a la esperanza", alertó el Presidente

Tabaré Vázquez, entre lo sublime, la angustia y el día después

«Para haber sido convocado por (Jorge) Larrañaga y (Washington) Abdala salió bastante bien», dijo irónicamente uno de los participantes del acto del pasado viernes en el que habló el presidente Tabaré Vázquez.

El hombre, vestido con el traje de casamiento, recién salido de la oficina ­por eso fumaba uno tras otro sus cigarrillos­ interpretó de esa forma porqué miles de uruguayos hayan participado de la primera rendición de cuentas que un Presidente hace ante la gente, en un acto a cielo abierto.

 

Lo sublime

En las horas previas no había clima de acto y no se sentía ese nerviosismo propio de una jornada política. Los uruguayos, en este caso frenteamplistas todos ellos, llegaron al pie al monumento José Artigas, el de la Plaza Independencia, solos, por sus propios medios, sin ómnibus ni camiones. Solos, por su propia voluntad.

Allí se encontraron con vecinos y militantes de ésta y otras épocas, quienes se cruzaban con subsecretarios de Estado, legisladores, ediles y autoridades de las empresas públicas. Un abrazo, un guiño, un simple cerrar de ojos, una mueca, alcanzaba para entenderse mutuamente. Algo estaba pasando.

El Presidente cuidó todos los detalles, quizás demasiados porque de alguna manera sus palabras cubrieron tres horas de la vida de esa multitud. En su corbata, en el saco que utilizó, no hubo una sola señal de querer sectorizar un acto de Estado. Sus referencias gestuales fueron referidas, por más de una vez y con gestos contundentes, al bronce esculpido de José Artigas que pareció querer cabalgar desde las alturas, donde pasan los hombres.

Junto al Presidente, los ministros. Bromeando entre ellos, como cuando Mariano Arana recordó que era el cumpleaños de Liliam Kechichian, porque seguramente lo había leído en «Calendiario», esa sección de LA REPUBLICA que con precisión histórica hace Otto Cisneros.

El estrado mostró una imagen humana, que se desparramó entre la multitud, al grado que el saliente ministro del Interior José Díaz, tuvo una despedida plena de afecto y de cariño. Es que algo distinto estaba pasando.

No hubo bombos, ni cornetas, ni piqueteros, ni guaranguería, ni respuestas destempladas a la prepotencia presidencial del otro lado del río. Solo estuvo esa magia maravillosa que puede crear un líder en determinadas circunstancias, gracias a sus condiciones pero también gracias a un pueblo que sabe de política y que como decía Alfredo Zitarrosa «no hay cosa más sin apuro que un pueblo haciendo su historia».

Creer o reventar: el Presidente tiene un no se qué que atrae y convoca, aunque te invite a escucharlo una hora, termine haciéndolo en tres horas y llegando al final con la garganta destrozada.

Mostró capacidad de convencimiento y de empatía cultural con la gente, cuando explicó el «Nunca más» y aseguró que va a reparar a los familiares de militares y policías caídos en el combate a quienes empuñaron las armas, no desde el Estado, pero sí desde la sociedad civil. Se comprometió, además, a seguir investigando la suerte de los desaparecidos. No hubo, de parte del público, un solo gesto de reprobación.

También exhibió agallas para definir a su gobierno como «popular, antioligárquico y antimperialista», pero defendiendo sus razones de por qué recibía al presidente de Estados Unidos, George W. Bush.

A la vez ­y no es poca cosa­ la noche montevideana se cubrió de gente, invadiendo los boliches y los tablados. Muchos de los que no fueron a Plaza Independencia siguieron el discurso del Presidente desde sus casas o desde los boliches, pero en este caso importa mucho más los que fueron a los boliches, a los tablados y a los espectáculos nocturnos sin prestarle interés a las palabras del Presidente.

A las 12.16 minutos el Bar Las Flores se quedó sin carne para la parrilla. Minutos después llegó en taxi un carnicero de mi barrio con algunos kilos de asado. «Es de locos, los boliches están todos llenos», me dijo, confirmando lo que estaba pasando.

Todo esto vale porque en ese derrame de gente del viernes en la noche, quedó demostrado que el acto presidencial fue aceptado como algo natural, donde no hubo lugar para que se colara el temor o la idea, promovida desde la oposición, de que se estaba ante un acto totalitario. El Presidente, con su presencia y convocatoria, terminaba de derrumbar el muro de Suárez y Reyes. La gente lo entendió y copó la noche, haciéndose dueño de ella.

 

La angustia

 

El discurso del presidente Tabaré Vázquez estuvo impregnado, de principio a fin, por la angustia que ha ganado a él mismo y a su equipo de gobierno, porque no logra convencer a su propia gente de que se ha hecho mucho y que los gobernantes han puesto todo lo mejor de ellos.

Vázquez dejó la sensación, durante tres horas, de que explotaba de bronca porque no lo entendían, como le pasó a aquel muchachito que los padres no creían que estaba estudiando y un día resolvió decirles en la cara todo lo que había hecho para cumplir con lo prometido.

Esta angustia, por cierto, no es solo de Vázquez. Solo basta hablar con ministros o gobernantes de distinto nivel, para entender que están sufriendo y mucho más de lo que imaginamos, porque no logran que la gente se apropie de sus esfuerzos y éxitos.

Si el Presidente tuvo que resumir dos años en tres horas no fue por aburrido, sino porque en ese período de tiempo no se logró, por parte del gobierno y del Frente Amplio, sentir en común el pulso de la marcha de los cambios.

Si esa empatía entre el gobierno, la fuerza política y la gente hubieran caminado el mismo ritmo, en forma acompasada, Vázquez no hubiera necesitado hacer un discurso detallista, al extremo de transformarse en algo monocorde.

El mayor defecto que tiene el gobierno y el Frente Amplio es que desde «lo oficial» no se ha encontrado la capacidad de entusiasmar, como dice José De Lukas en el último número de La ONDA digital, a la ciudadanía y por ello se podría explicar cómo en el último año se fueron del país 17 mil uruguayos, en el mejor momento de la economía y de las condiciones sociales en los últimos seis años.

Quizás haya que bucear por otros andariveles distintos a los ya recorridos, sin abandonar los actuales. Sabiendo que está emigrando gente joven y con estudios, hay que actuar sobre ese sector con políticas particulares, pero también con ideas que enamoren a la muchachada que se desloma estudiando y que después, si no tiene un buen apellido, no encuentra un lugar en el mercado laboral.

Una buena iniciativa, en este sentido, ha sido la creación del bachillerato en Arte y Expresión, en tanto se detectó que el 10% de los muchachos reclamaba esa alternativa de estudio. Pero con eso no alcanza. Se nos podrá responder que solo el Uruguay Productivo dará lugar a nuestro universitarios y egresados de los ámbitos tecnológicos, pero mientras eso no ocurra hay que convocar a la juventud para que sueñe, exija y proponga sus puntos de vista.

El país no tiene solución con el altos porcentajes de niños naciendo por debajo de la línea de pobreza, pero tampoco con adolescentes y jóvenes que una vez terminados sus estudios miran por sobre las fronteras, para encontrarse con un familiar y así construir una nueva vida.

 

El día después

El próximo 1º de marzo el presidente Tabaré Vázquez ya no establecerá comparaciones con su primer discurso con la banda presidencial sobre su pecho. Justo es reconocer que no podrá establecer esa comparación porque habrá cumplido con casi la totalidad de lo prometido.

Esto, por cierto, no es nuevo para el Frente Amplio, porque a Vázquez ya le pasó en la IMM cuando al año y medio de su gestión ya no le quedaba ­por virtud propia­ ninguna medida de gobierno comprometida por cumplir.

Dentro de un año, seguramente otra vez al pie del monumento a Artigas, al país el Presidente tendrá que decir cómo va la marcha del Uruguay productivo, qué fase de
su desarrollo estará viviendo y cuáles han sido los cambios sociales, tomados como base para nueva sociedad próspera, que retenga a su gente y que sea respetada en el mundo porque se comenzó a aplicar el conocimiento a los procesos de transformación de la naturaleza, puesta al servicio de la gente. El Presidente dio, en este sentido un gran paso, al decir que conformarse con lo realizado es «renunciar a la esperanza». Pero si el gobierno y el Frente Amplio no comienzan a construir la nueva etapa del país, se estará hipotecando el futuro porque en el Uruguay se siente la necesidad de que «tiemblen las raíces de los árboles». *

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