Tras un inicio calmo, hubo quienes confundieron la sesión con un tablado

Hospital de Maldonado: nuevo debate sorteado sin dificultad por el gobierno

Me refiero a la ministra de Salud Pública, María Julia Muñoz, claro, quien pasó sin mayores sobresaltos por la Comisión Permanente del Poder Legislativo. Junto a ella, estoicos soldados al fin, asistieron Miguel Fernández Galeano, Tabaré González ­con su bigote más hirsuto que nunca­ y Baltasar Aguilar. El motivo de la convocatoria fue el hospital de Maldonado: el conflicto con funcionarios y médicos que, según la oposición, ha causado la actual directora y las razones por las cuales una militante de izquierda de larga trayectoria, Alba Clavijo, hoy jubilada, fue operada en ese nosocomio.

 

Eramos tan educados

Con Alba Clavijo en las barras, acompañada por numerosos amigos, y la ministra Muñoz y sus asesores observándolo con frialdad británica, Alvaro Lorenzo (Alianza Nacional), usando una verba mesurada, muy urbana, se puso al hombro la misión de acorralar a los representantes del gobierno.

Explicó que el conflicto en el hospital de Maldonado comenzó con la designación como directora de la doctora Silvana Amoroso. Aunque no perdió la serenidad verbal, no tuvo piedad con ella, pobrecita: dijo que carece de la capacidad exigida por el cargo; que recién ahora está estudiando Economía en Gestión de Salud; que durante su actividad en el hospital Maciel fue sumariada por no cumplir el horario; que interviene en cuestiones de praxis médica desautorizando a especialistas; que se ha peleado con médicos y funcionarios; que la población del departamento reclama su retiro; y que hasta el propio Ministerio de Salud Pública debió designar a una subdirectora para intentar que el lío perdiera intensidad.

Y siguió con el caso de Alba Clavijo, que ­aunque a esa altura lejos estaba de saberlo­ resultaría un boomerang. Lorenzo informó que el 1º de diciembre de 2006 se le realizó a Clavijo una delicada operación «en condiciones que no se corresponden con las normas vigentes en materia de asistencia pública». En su opinión, debió ser operada en Montevideo y, para demostrarlo, leyó una lista de casos de pacientes en situación similar que fueron intervenidos en la capital.

Enseguida tomó la palabra la ministra Muñoz. Con esa prudente suficiencia que le da su innegable capacidad profesional y política, y ese dejo pituco que se le endilga, según ella injustamente, pero que a veces se le escapa, empezó pisando fuerte. Anunció que vendría al Parlamento siempre que la convocaran, pero exigió respeto y dijo, un tanto enigmáticamente, «que las mentiras repetidas no se pueden convertir en verdad en una democracia». Y sin hesitar, como cuando le pega fuerte al tambor en alguna llamada, declaró: «Queremos una salud pública digna para todos los uruguayos y el propósito que anima al gobierno es una profunda reestructura de los servicios», aludiendo a proyectos ya remitidos al Poder Legislativo. De pronto, quizás traicionada por una incomodidad que le hubiese dejado la exposición de Lorenzo, denunció «lo que no hicieron los gobiernos anteriores».

Aquí se inflamó José Carlos Cardoso (Herrerismo), quien, gritando cual angustiado turista que sale entre palmeras rochenses perseguido por un carpincho, quiso interrumpir. Carlos Baráibar, presidente de la Mesa, lo impidió con un murmullo y un par de ademanes. Cardoso se sorprendió tanto que se calló.

 

Momento de vibraciones

Regresados al clima casi evangélico del comienzo, Muñoz explicó que Amoroso, médica de familia que hace dieciséis años vive en Maldonado, fue designada como directora del hospital por sus valores éticos, apego a las normas, compromiso con el programa del gobierno e independencia del sector privado. Sobre el sumario en el Maciel, aclaró que Amoroso trabajaba en ese tiempo también en Maldonado y no se le permitía la flexibilidad horaria necesaria, aunque el trámite quedó sin efecto una vez que se autorizó el traslado a su lugar de residencia y se incorporó otra profesional al hospital capitalino.

A esa altura, Muñoz le había dado una carga extra ­¿las pilas del conejito incansable?­ a su informe. Se notó: «No se puede cobrar al grito», afirmó abriendo los ojos como si quisiera atravesar a la oposición, «porque el hospital de Maldonado es víctima de una lucha electoral anticipada». Y a renglón seguido, tras ofrecer una catarata de índices, cifras y estadísticas para demostrar cómo ha mejorado la atención de la salud en Maldonado, entró en el otro asunto de la convocatoria: «Nos llena de orgullo haber podido operar a Alba Clavijo, una jubilada con absoluto derecho a su carné de asistencia y a recibir esa atención».

Justo cuando Washington Abdala, que había estado intentando dibujos en una cuartilla pero ahora quería hablar, Muñoz le dio la palabra al doctor Aguilar, subdirector de Asse, quien detalló que la señora Clavijo había tramitado su carné gratuito y vitalicio en una policlínica municipal de Montevideo, la cual, como otras, tiene convenios de atención para determinados casos con hospitales del interior, entre ellos el de Maldonado.

Abdala esperó, estirando el labio inferior con rara intensidad, y obtuvo su premio. Acaso por el breve tiempo que aguardó, acaso porque los dibujos no le quedaron parecidos a Sanguinetti, lo cierto es que emergió raudo y enojadísimo. Parecía Paolo Montero cuando sale a cruzar rivales: «Me entero leyendo la prensa que la doctora Amoroso dijo, cuando llegó a su cargo, que no había encontrado personal capacitado. ¡Ella! ¡Ella, que está estudiando ahora lo que debía saber cuando la designaron! ¡Ella que fue sumariada! ¡No la queremos más!». Y ya presa de un ataque de temperamento colorado ­bueno, del temperamento colorado que hubo un día­ echó más leña al fuego, agitando los brazos como aspas: «!La doctora Amoroso va a caer porque en Maldonado no la resisten más! ¡Se los digo a todos ustedes! ¡A Amoroso la va a echar la gente! Vamos a seguir hasta el final aunque a la ministra no le guste. ¡Mire que hay roscas en el gremio médico, eh!». Y cerró con un «¡no me haga entrar en ésa, señor presidente!», que dejó a Baráibar de boca abierta y mirando para atrás, por si acaso ese señor diputado que bramaba como si le escocieran unas impertinentes hemorroides se dirigía a otro, quien, a lo mejor, era el que lo «había querido meter en ésa».

 

Todos al malambo

Y, sí. Se veía venir. Pablo Alvarez (Espacio 609) intentó reflexionar con calma y sentido común, pero su compañero Aníbal Pereyra, coordinador de la bancada oficialista, salió al cruce del soldado con un facón herrumbriento: «¡A ver, que nos avisen! ¿Cuándo va a ser la asonada? ¡Amoroso va a caer! ¡Lo están anunciando, es increíble! ¡Mirá qué bien! Y todavía no han tenido el coraje de pedirle disculpas a Alba Clavijo».

Prueba de que se había entrado en una algazara fue una sucesión de extrañas que ocurrieron en sala: Carlos Moreira (Alianza Nacional) entró, se sentó, se paró y salió de tantas veces en escasos minutos que podría aspirar a un récord de Guinness; Luis Alberto Heber (Herrerismo) hizo un zigzagueante ingreso, pintada en el rostro una sublime sonrisa inexplicable, y se fue sin que nadie entendiese a qué había venido; y finalmente, Alvaro Lorenzo pidió la bolada y Baráibar dijo: «Tiene la palabra el diputado Alvaro Alonso».

Pero, bueno, pasa en las mejores familias. El fragor confundió al presidente que, seamos justos, hoy lució sobrio y atento. No se permitió ni un sueñito fugaz.

Lorenzo, imperturbable como cura de Ecilda Paullier, abundó y redundó. Confesó que no rectificaba nada porque no se le había contestado satisfactoriamente, y mantuvo todas las dudas planteadas.

Y fue como en «Fangal», de Discépolo: «Yo la ví que se venía, se venía, ya de cúbito dorsal…».

 

La sesión, obvio

Saltó José Carlos Cardoso, quien se la agarró con la ministra y la acusó de «echarle siempre la culpa a otro». De enfrente, montando un alazán, metió la lanza Gustavo Bernini (Socialista): »
¡Lo que han hecho con Alba Clavijo es una canallada humana!». Lorenzo, que parecía dispuesto a irse, montó no un alazán sino en cólera ­tipo Sagrado Corazón, eso sí­ y acusó a Bernini de convertir todo en una gritería. Y, casi con el telón desplomándose sobre cuerpo y alma de todos, Eduardo Ríos (Asamblea Uruguay) ­¡no podía faltar el palito!­ castigó a la prensa por el manejo previo que hizo de los temas que se estaban considerando.

 

Si hubo algo más, lo olvidé

El comunicado de la bancada oficialista rezó: «Declara absolutamente satisfactorias las explicaciones brindadas por la ministra de Salud Pública y sus colaboradores, en relación al conflicto en el hospital de Maldonado y las instancias en las cuales se procedió a realizar una intervención quirúrgica a una paciente en el referido centro asistencial.

Esta bancada hace público, con el mayor énfasis, el desagravio a la ciudadana Alba Clavijo, a la cual se intentó lesionar desde el punto de vista ético y moral, con falsas acusaciones sin considerar que se trata de un ser humano cuya honestidad es reconocida por todos aquellos que la conocen sin importar su filiación partidaria».

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje