Hora de decisiones: los 12 días que van a conmover a Uruguay
A los dos jefes de Estado los recibe un país chiquitito, envejecido, de andar bucólico, donde para disfrutar de una bebida (el mate) se necesitan tres instrumentos y gente que te acompañe, pero que tiene sobre sus espaldas el liderazgo de José Artigas, un paisano democrático y radical, que nunca quiso monarquías de nuevo tipo y que fue el único que al sur del Río Bravo se planteó el tema de la propiedad de la tierra para que «los más infelices fueran los más privilegiados».
Muchos años después, ya en los comienzos del siglo XX, tuvo que aparecer Emiliano Zapata por las tierras de Morelos para que el tema de la tierra estuviera otra vez planteado.
Luego vino don José Batlle y Ordóñez, quien hizo el primer ensayo del Estado de bienestar. Más adelante, entre luces y sombras más sombras que luces creció una izquierda que ya estaba viva en el Sitio de Montevideo con los manuscritos de los socialistas utópicos y que se fue abriendo paso, al ritmo uruguayo, hasta llegar al gobierno que hoy preside el doctor Tabaré Vázquez.
Entre esas dos visitas hay que ubicar en el calendario la primera rendición de cuentas de cara a la ciudadanía que un presidente va a realizar el 1º de marzo, cuando Vázquez al pie del monumento a Artigas le diga a los orientales cómo va la marcha del gobierno y cuáles son los próximos pasos para seguir avanzando en la construcción de una sociedad en la cual «nadie sea más que nadie».
Estas dos visitas son trascendentes y positivas, porque lo peor sería que este trozo de tierra fuera ignorado por los grandes hacedores del mundo contemporáneo, ya sea para encontrar caminos confluyentes o para discrepar radicalmente, como es el caso del presidente Bush, quien es responsable del genocidio en Irak y de todas las causas de las tensiones mundiales y regionales.
Bush y Lula no son lo mismo. El estadounidense es la imagen de la guerra y por eso en su propio país su imagen se disuelve como un terrón de azúcar.
El brasileño, en tanto, es el «progresismo sin estridencia», electo por segunda vez por un pueblo que no sólo baila y hace arte con una pelota, sino que se propone estar en el podium de las mejores sociedades.
Los dos son distintos, los dos generan polémica en nuestra sociedad, los dos conmueven, por razones muy distintas, a una izquierda que no está acostumbrada al poder y que aún transita con dificultades por un mundo cruel, que ya no tiene la sencillez de aquel mundo bipolar que obligaba a pesar la realidad en materia de blanco o negro. «Conmigo o ‘sinmigo'», dijo una vez un dirigente sindical peronista recientemente fallecido.
El mundo de los grises
Dicho todo lo anterior, sólo con la intención de compartir que en nuestro país hay gente que ya tuvo que navegar por un mundo de grises por una amplia gama de grises , aunque nunca nadie le haya preguntado si tenía algo para aportar.
En 1976, cuando ya el Cóndor volaba por los cielos del sur, llegó a México un grupo de exiliados, en su mayoría comunistas.
Se encontraron con un país de grises »florido y espinudo», dijo Neruda una vez, cuya política internacional era a favor de los derechos humanos y tenía como intención parar, por lo menos, al fascismo en la frontera sur de Venezuela. A la vez, dentro de México, la realidad era otra.
En ese año el Partido Comunista de México estaba ilegalizado y la izquierda era reprimida selectivamente.
En ese marco complejo y contradictorio, aquel grupo de mujeres y hombres tuvo que actuar como «embajador» de la resistencia uruguaya. ¿Qué hacer? Fue la gran interrogante. La respuesta no fue sencilla: actuar sobre la realidad sin proponerse cambiarla.
Aceptar a México tal como era, para agrupar fuerzas detrás del objetivo principal que era aislar a la dictadura uruguaya y salvar la vida de los presos.
El debate fue duro dentro de la colectividad uruguaya y también dentro de los comunistas, porque era demasiado fuerte buscar alianzas con un gobierno con una justa política internacional, pero que a la vez en lo interno practicaba una política de derecha.
Ganó la idea de entender que el mundo y la vida no eran en blanco y negro y que había que aprovechar los grises, para poder actuar. Fue así que se resolvió no meterse en la vida cotidiana de los mexicanos, pero sabiendo aprovechar cada espacio que permitiera juntar fuerzas contra el fascismo.
A la izquierda mexicana le costó mucho entender aquella actitud del grupo uruguayo, también a muchos compatriotas, pero esa política de no apartarse del objetivo principal y de trabajar con inteligencia, con habilidad y con principios, dio sus frutos: México se transformó en el gran espacio solidario con el pueblo uruguayo.
Muchos pensaron en aquel momento que se apartaban de los principios, pero ninguno de aquellos que llevaron adelante esta idea volvió al Uruguay votando a los partidos tradicionales o habiendo arreglado con la derecha internacional.
¿Por qué este recuerdo? Todo esto viene a cuento porque ante la vista de Lula y de Bush hay que saber pararse como aquel grupo de uruguayos que cayó en un país donde los matices políticos e ideológicos hacían muy compleja la tarea de «embajadores», encargados de llevar adelante una política internacional.
Esta actitud que hoy se podría llamar pragmática, tuvo la suerte de que en aquel momento Rodney Arismendi y otros presentaron la estrategia de «unidad y convergencia» de partidos, gobiernos y pueblos para aislar al fascismo y derrotarlo.
Con ese mismo talante hay que aceptar el desafío de encarar, desde el gobierno, una política internacional a favor de la paz, la autodeterminación de los pueblos, de la inserción de nuestra economía en el mercado mundial para lograr el objetivo (esta vez no es para derrotar al fascismo) de construir el «Uruguay productivo» que proponen Vázquez, su gobierno y el Frente Amplio.
Seguramente con Lula hay mucho más de unidad que la que podemos lograr con Bush, con quien se puede converger en materia de negocios pero no de valores y de principios. Claro que esa unidad con Brasil, que es de vecindad, de piel, de afectos y de política, se debe profundizar y mejorar por la vía del comercio y la superación de las asimetrías en el Mercosur.
El país está ante la gran aventura humana de transformar a nuestra sociedad radicalmente aunque lleve tiempo. Para eso se necesitan principios, valores y una gran capacidad para hacer política a lo grande y no como esa pobre muchachita que pide plata, aún menor y que por eso duele en el alma, que entre sus piernas le da calor a su hijito, en la puerta del supermercado al que voy.
Los uruguayos necesitábamos estas dos visitas, más cuando algún vecino hermano se ha mareado con el poder de hoy y el que sueña tener mañana. Si al Presidente hay que pedirle la necesaria estatura de estadista, también tenemos que saber que se necesitan multitudes con capacidad de hacer política.
Y no hay multitudes si no hay dirigentes políticos con capacidad y agallas de marcar el rumbo, poniendo siempre por delante los objetivos del cambio y no la rabieta del momento, por más justa que sea.
Sin esas multitudes el 1º de marzo sólo pasará a ser una simple anécdota y no la gran oportunidad que tuvo el pueblo uruguayo de encontrarse con su Presidente, para seguir cambiando. *
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