
El resultado de la comparecencia del canciller Gargano ante la Comisión Permanente del Poder Legislativo, más allá de la extensión desmesurada y fatigosa de la sesión, no sorprendió a nadie. Tampoco a la oposición, que hizo su tarea con un entusiasmo contagioso, pero que no le alcanzó ni para un empate.
Ese resultado se resume en el siguiente comunicado leído por el oficialismo:
“1º Declarar absolutamente satisfactorias las explicaciones brindadas por el ministro de Relaciones Exteriores en relación al Acuerdo Marco sobre Comercio e Inversión entre Uruguay y Estados Unidos, así como las acciones adoptadas en el diferendo con Argentina por la planta de la empresa Botnia.
“2º En consecuencia, la bancada del Frente Amplio ratifica su categórico respaldo político a la gestión realizada por el ministro Gargano”.
La declaración pareció ser una respuesta a insistentes versiones periodísticas discurridas hoy, que sugerían la sustitución del canciller por parte del presidente Vázquez, en una fecha próxima.
Incluso, el comunicado fue conocido por la prensa bastante antes de que finalizara la sesión, lo cual da pie para suponer que varios legisladores opositores gastaron energía y saliva a sabiendas de que hablaban para sí –ni siquiera para la tribuna, porque la barra se llenó de militantes socialistas– y, tal vez, para convencer a alguien a través de las transmisiones radiales y televisivas.
El infaltable Carlos Moreira (Alianza Nacional), una suerte de voluminosa y verbalista omnipresencia en el verano parlamentario, también fue responsable de esta convocatoria. Fogoso, usando ademanes campechanos y un timbre de voz un poco más limpio que el lunes y martes pasados, expuso dos preocupaciones centrales –el Tifa y las acciones frente al conflicto con Argentina– concluyendo, con cierta premura, que las incertidumbres existentes son prueba indiscutible de que la política exterior no tiene rumbo.
Hábilmente, basó su argumentación inicial en las diferencias que, a su juicio, existen entre la opinión del ministro de Economía y del canciller acerca de la relación comercial con Estados Unidos. Parado en los pedales, disparó sobre los cambios en que, también a su juicio, habría incurrido en esta cuestión el Presidente de la República, recordando –se venía venir– aquellos dichos de Punta Cala: “Hay trenes que pasan una sola vez…”. Y luego sufrió el síndrome “del interlineado chiquito”, entreverando –lo admitió con honestidad y elegancia– el Tifa y el eventual TLC con los puentes cortados por los entrerrianos y las pérdidas económicas y de puestos de trabajo sufridas por Uruguay a causa de los piqueteros.
Luis Alberto Heber (Herrerismo), a quien observé detenidamente por unos minutos, se mostró al lado de Moreira presa de una vitalidad mal contenida y gracias a Dios silenciosa: asentía a los cabezazos, abría y cerraba las manos, se encogía de hombros, sonreía ladeando la boca, se levantaba sorpresivamente, se iba y reaparecía a los pocos segundos, en fin. Después lo supimos; estaba en las gateras, desesperando por formular la estentórea exposición que haría dos horas más tarde.
Moreira, a quien la ubicación del ministro –a un costado y atrás de su banca– lo obligaba a mirarlo de perfil con riesgo de sufrir una tortícolis, apretó el acelerador: se sigue avanzando, pese a lo que dice Gargano, y ahora viene Bush a devolver la cortesía; es incomprensible que el canciller haya dicho que el “texto del Tifa lo hizo alguien en la Cancillería pero que él no lo vio”; está claro que no ha aparecido en las últimas instancias de política exterior porque lo marginó el propio Presidente, quien designó a Gonzalo Fernández, un funcionario sin rango ministerial, que no puede ser controlado por el Parlamento y no está obligado a contestar informes; “el Tifa debió pasar por aquí y aprobarse por ley; pero, claro, “¿cómo hacemos para pedirle responsabilidad sobre lo actuado al secretario de la Presidencia?”; y dejó para el final su convicción de que el planteo hecho ante la Corte de La Haya fue un error mayúsculo, que perjudicó severamente la posición de nuestro país en el litigio.
En ese preciso instante ocurrió la primera irrupción de quien dirigía la sesión, Carlos Baráibar (Asamblea Uruguay). Lejos de dormitar, esta vez hiperactivo, apeló al primer timbrazo estridente de la noche, recordándole al legislador nacionalista que debía dirigirse a la Mesa y no al convocado. En realidad, le hizo un favor a Moreira, que no tuvo que forzar más el pescuezo más para ubicar, aunque fuese de a ratitos, al (para él) casi escondido Gargano.
Sorpresivamente, Moreira, que a esa altura repetía, redundaba, abundaba y reiteraba, declamó: “Está en juego el principio de la autoridad. Las circunstancias han desbordado al canciller, que debe dar un paso al costado”.
¡Para qué!
Baráibar:-¡Señor legislador, está fuera del tema de la convocatoria!
Moreira: -¡Estoy expresando con respeto la opinión de mi fuerza política!
Baráibar: -¡No señor! Déjeme ver… (Comenzó a pasar las hojas del Reglamento con celeridad y cierta torpeza por los nervios).
Como le costó hallar el artículo buscado, Washington Abdala (Foro Batllista), siempre listo, le ganó la cuereada por los palos, pidió la palabra y Baráibar tuvo que acceder, aunque siguió inmerso en el librito emulando a Anthony Perkins en aquella ducha de “Psycosis”.
Abdala argumentó que el país está quedando mal parado; que el canciller parece un funcionario enojado, quizás dolido, y ya no puede aguantar más desaires; que la política exterior es errática; que hay una cancillería ideologizada. Y, poco menos que sin respirar, metió de punta su espada de soldado: “¿Querrá el presidente que Gargano siga?”.
Baráibar: -(Tras un timbrazo que sacudió hasta al sordo Galloso, que cuida coches en el anexo) ¡Señor legislador! ¡Usted también está fuera de tema!
Abdala: -Me da pena esto. Parece la propaganda del Banco Santander: “Hay que darle una mano al canciller”.
Baráibar: -(Enojadísimo, llevándose por delante el librito, varios papeles y hasta el micrófono) ¡Léase el artículo correspondiente del reglamento! (Ah, tololo, ¡lo encontró!). Se leyó el bendito artículo. A Baráibar le faltó agitarse la camisa frente a la sala y gritar gol estilo Romano. Hubo cierta confusión y, tras la calma lograda a duras penas, tuvo la palabra el canciller Gargano.
Gargano –a quien acompañaban los embajadores Amorín y Cancela y el doctor Pérez Pérez– habló con una moderación enternecedora y cierta lentitud, entremezclando dosis pequeñas pero cortantes de ironía. Apeló, además, al uso sistemático de su dedo índice derecho (es diestro, ¡nada de suspicacias, por favor!), bien erecto, sobre la mesa que tenía delante. En síntesis, tras prevenir que no contestaría comentarios “que más suenan como agravios”, sostuvo que la política exterior es definida y ha sido marcada por el programa del Frente Amplio y por el gobierno; que el Tifa es un acuerdo marco y no un tratado, razón por la que no debe ser remitido al Poder Legislativo, opinión “respaldada por múltiples antecedentes”; que los procedimientos para manejar las relaciones comerciales con Estados Unidos los decidió el presidente Vázquez; que en relación al TLC, Estados Unidos comunicó que el único formato para Uruguay era similar al suscrito con Perú y el Presidente contestó que Uruguay no acepta imposiciones, dando luego vía libre a una negociación a través del Tifa, para la cual designó, “porque puede hacerlo”, a quienes irían a las conversaciones; que el Tifa no es inexorablemente un camino hacia el TLC, tal como lo aclaró el propio Tabaré Vázquez; que nadie estuvo enterado oficialmente, hasta el mediodía del miércoles, de la visita de Bush; que la estrategia ante la Corte de La Haya
fue cuidadosamente estudiada y tomada con plena conciencia de los posibles resultados; y que, hablando de logros de la Cancillería, se permitía recordar, entre otros, el enriquecimiento de las relaciones con Venezuela y Bolivia y las negociaciones emprendidas con China, India y Chile.
A continuación, el embajador Cancela y el doctor Pérez Pérez apoyaron los dichos de Gargano sobre la estrategia nacional en el conflicto con Argentina, particularmente en lo que refiere a la última presentación en La Haya. Usaron tanto tiempo y expusieron con un tono tan profesional y tan insulso, que llegué a pensar esas cosas horribles que brotan cuando se está cansado y se es viejo (igual pido perdón): de haber sido escuchados en una sala de enfermos terminales se habría producido una eutanasia en cadena.
Ya deshilachada la cosa, apareció Heber, de nuevo bajando al galope, lanza en ristre, de las cuchillas de Aparicio. A grito pelado, se llevó a los ponchazos al Tifa (“sólo nos hace perder el tiempo”), afirmó que el acuerdo no había aterrizado en el Parlamento “porque no tienen las mayorías seguras” y acusó al gobierno de violar la Constitución por ignorar al Poder Legislativo y a Gargano de ser quien critica la política exterior oficial (“al grito de ¡Polo, Polo!, agradable a sus oídos, no se alineó”). Eufórico, reclamó la renuncia del canciller “para terminar con el papelón”.
Obviamente, Gargano contestó. Por tanto, repitió. Pero, en realidad, lo que bajó el telón de la agitadísima sesión fue otro timbrazo impresionante de Baráibar, frenando a Heber. Cuando habló, de la calentura, se pisó el palito:
-¡Se acabó! ¡Terminó su tiempo, señor presidente!
Ah, Gargano se fue muy tranquilo, rodeado de una cantidad de legisladores del Frente Amplio, de todos los sectores, inédita para una sesión de la Comisión Permanente. *
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