Uberdán Correa, el uruguayo que salvó la vida a una mujer y sus hijos en Congo
Los soldados que participan en una misión de paz, son voluntarios, pero deben realizar una prueba física y cumplir con un período de entrenamiento.
«Es una experiencia buena para la vida, y como ejemplo para los hijos… La cultura de ellos es diferente a la nuestra. Acá vivimos en un paraíso. Allá hay personas que salen y no saben si vuelven a sus casas. Hay una gran diferencia, usted ve a los niños, cómo van vestidos a la escuela, los ranchos, las casas… la gente; a algunas personas les faltan las piernas como consecuencia de las guerras. Muchas cosas que acá no se ven. Eso, para las personas que van, es chocante, fuerte. Uno valora mucho cuando vuelve al país. (…) Yo les he hablado a mis hijos sobre los niños de allá. No conocen lo que es la Navidad, no conocen lo que es un regalo de reyes…», dijo Correa a LA REPUBLICA.
Dejar a la familia, para irse a la misión «hay que trabajarlo con la pareja y con los hijos. Yo les dije a mis hijos que cuando volviera les iba a comprar una computadora, le iba a armar el cuarto a la niña como ella lo quisiera. Era una manera de poder darles algo a mis hijos. Y necesité el apoyo de mi esposa, porque uno está lejos y ella tiene que hacer de padre y madre.
La primera vez que me alejé yo no era casado. Cuando uno se anota a una misión de paz tiene que pensar por qué deja a la familia para mejorar económicamente. El que no tiene una casa, podrá comprar un terreno… El soltero puede que piense de otra manera, pero el casado se aleja por eso, por la casa. Además de lo económico, uno se emociona, porque aprende cosas, ve cosas que por ahí en nuestro país no ve. Entonces como soldado uno empieza a valorar y apreciar mucho lo que es el país de uno. Allá uno no puede tomar agua en cualquier lado; acá abrimos cualquier canilla y tomamos, de cualquier manantial podemos tomar… Allá no; allá el agua vale oro».
Ahora está de vuelta «me pidieron que no me alejara más, porque mi mujer perdió a su padre allá; él murió (un ataque al corazón) mientras estábamos de misión. Pero hay que seguir luchando; yo quiero que mis hijos tengan un buen estudio, que tengan las cosas que yo no tuve», explica con naturalidad este soldado que es, en San José, un vecino más.
El momento de la verdad
«Nos encontrábamos en ese momento haciendo de seguridad a Bemba, que fue amenazado. Del otro lado, enfrente a nuestras posiciones había un campo de golf; atrás del campo de golf estaban las posiciones del ejército actual. Como a las nueve de la mañana sentíamos gritos de personas que venían hacia nosotros. Eran manifestaciones agresivas, que venían con palos, piedras; rompían todo lo que se les pasaba por el camino. Empezaron a quemar cubiertas y nos gritaban. Nosotros éramos neutrales, íbamos a mantener la paz. Y ellos eran agresivos… Como a la media hora, a las nueve y media de la mañana, empiezan los disparos. Estaba la policía actuando. Pensábamos que eran balas de goma, pero los disparos seguían. Vi mucha gente armada que corría. La gente de la manifestación se empezó a tirar al piso. Se empezó a sentir el tiroteo. Vimos que era un conflicto armado que se venía hacia donde estábamos nosotros. La situación fue muy tensa. Empezaron los morteros y las ametralladoras. Eso empezó a las nueve de la mañana y terminó a las dos de la tarde.
A las 10 y algo siento llantos y gritos. Miro -era un callejón- y había cuatro niños que iban a la escuela con su madre. Con el tiroteo no pudieron salir; quedaron en el medio. En ese momento lo que traté de hacer fue salir a rescatarlos; me acomodé bien el equipaje y salí. El niño más chico tendría seis u ocho años. Los traje, con la madre, al vehículo. El niño entró en shock; le di un vaso de agua, empecé a acariciarlo, a calmarlo, a hablarle. En Kinshasa, que es la capital, hablan lingala. En el Congo hablan varias lenguas: swahili, shiluba, lingala… Pero en la capital hablan lingala y francés. Más o menos les hice entender que se calmaran, que no les iba a pasar nada. Hasta las dos de la tarde no los dejé salir del vehículo; eran mi responsabilidad. La gente estaba muy tensa; los militares armados estaban muy tensos porque había periodistas sacando fotos. Es muy bravo de entender lo que viven ellos; el fanatismo. Ellos dejan la vida por sus líderes.
Antes de partir «recibimos entrenamiento para entender cómo viven, la situación que se vive en el país, los conflictos armados.
Eso, antes de salir lo tenemos muy claro; desde el primer soldado hasta el último oficial sabemos por qué vamos y a qué vamos. Después, cuando salimos diariamente sabemos qué tenemos que hacer, en qué zona, por qué, qué tenemos que controlar, qué hay que comunicar».
Es difícil entender esos conflictos, confluyen intereses de todo tipo, cuestiones culturales y religiosas además. Estamos hablando de que en la capital hay más de 16 millones de habitantes. Es un lugar permanentemente en movimiento. La realidad es terrible. Esa gente por ejemplo hace feria; vende ropa, pescado; plantan, trabajan… Pero viven con 20 dólares por mes. Un soldado militar gana 20 dólares por mes, igual que la policía». El Congo es un país inmenso e inmensamente rico, especialmente en minerales.
Correa quita trascendencia a su acción: «Lo que hice yo lo haría cualquier soldado. Somos padres y si vemos que a un niño le pasa algo nos duele mucho. Si nosotros perdemos un familiar, lo lamentamos. Allá pierden un amigo o un familiar y la vida continúa. No sienten el dolor que sentimos nosotros».
«Allá, cuando fallece una persona, la pasean por toda la capital. Y la filman; la gente canta. Dicen que lo festejan porque ellos creen que van a vivir otra vida… Tienen otra cultura. Ellos lo festejan, no como nosotros que lloramos y sentimos una muerte».
El contacto con la población local es poco pero el soldado cuenta: «Conversé mucho con los niños. Había niños de once años que hablaban inglés, francés, español y portugués… Hoy por hoy acá, a un niño si no le pagás un idioma no sabe hablar otras lenguas. Allá un niño va descalzo a la escuela y sabe inglés y francés. A mí eso me llamaba la atención».
Los soldados, por ir a una misión, cobran alrededor de 900 dólares por mes; en nueve meses, obtienen unos 8.000 dólares.
Un soldado europeo cobra, sin salir de su país, mucho más que lo que pueda ganar por una misión de Naciones Unidas. Correa tuvo la posibilidad de conversar con un español, ganaba 4.500 euros por mes; en esa cifra lo que le paga la ONU es muy poco. Participan también, cuando el conflicto tiene episodios álgidos, tropas de elite que intervienen en combate. *
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