Impuestos reformados
Sin sorpresas, con altura, sin crispaciones, casi hasta con cortesía, transcurrió ayer la sesión extraordinaria del alto cuerpo legislativo citado para tratar la famosa reforma impositiva. Es que ya se sabía de la decisión firme y unánime de la oposición de rechazar el proyecto remitido por la Cámara de Diputados; y se sabía, también, que la bancada oficialista tenía resuelto votarla en bloque. De manera tal que las sanas intenciones de unos y otros de convencer a algunos adversarios y hacerles cambiar el voto quedaron sepultadas por la irreductibilidad de las posiciones.
Con una puntualidad británica, don Rodolfo Nin dio por comenzada la sesión a las 11.00. Con su romántica y entrecana melena, el neoespacial Rafael Michelini brindó el informe en mayoría de la comisión respectiva.
Ayudado por dos pantallas sobre las que se proyectaban slides con cuadros, estadísticas y gráficas, abundó en consideraciones a la vez técnicas y políticas, recordando cuál era la filosofía que había inspirado al equipo económico y al gobierno en general a elaborar este proyecto de ley. Sostuvo que el principio de «que pague más el que tiene más» de alguna manera empezaba a plasmarse en esta profunda reforma del sistema impositivo que pretende beneficiar a los sectores más castigados por decenios de política neoliberal e introducir mecanismos de justicia distributiva.
En nombre de la bancada nacionalista y como miembro informante en minoría, el doctor Sergio Abreu, que también se valió de la innovación tecnológica de las pantallas (muy didácticas, ellas) se encargó de demoler el proyecto. Según el ex canciller, por más que el oficialismo lo niegue, este proyecto representa un ajuste fiscal que reduce el consumo, castiga el ahorro, aumenta el costo de los productos de la canasta básica, grava el multiempleo, afecta la competitividad, eleva la presión fiscal sobre el agro y la industria, perjudica a los trabajadores y pasivos de clase media, desconoce tributariamente a la familia, desestimula a las pymes, viola la Constitución delegando en el Poder Ejecutivo la fijación de impuestos, perfora el secreto bancario, estimula la fuga de capitales y depósitos de residentes y no residentes, mantiene un IVA muy alto y grava la renta de las personas físicas desde niveles muy bajos. Casi nada, ¿no?
Para Abreu, el gobierno no ha terminado de definir un modelo integral de país con base estratégica, y las discrepancias dentro del gobierno se laudan sólo para evitar fracturas.
La equidad que se supone persigue el proyecto no se cumple, pues el IRPF no es un impuesto a la renta sino un impuesto a los ingresos, que hace pagar más al que trabaja más y establece un mínimo no imponible demasiado bajo. Por otra parte, las modificaciones al IVA generarán injusticias y perjuicios a la clase media. Tampoco cumple con el propósito de lograr eficiencia, pues los cambios son mínimos y muy poco prácticos.
Asimismo, fue cuestionada la discrecionalidad del Ejecutivo y sus potestades extraordinarias para solicitar facturas de servicios públicos, informaciones sobre tarjetas de crédito y levantamiento del secreto bancario. El doctor Abreu expresó su sorpresa por lo que considera una «reconversión ideológica» del Frente Amplio, pues afirmó que esta reforma es de corte neoliberal desde que va en contra del país productivo. Y finalizó haciendo un llamamiento al diálogo de modo de lograr acuerdos políticos previos en consonancia con los compromisos asumidos en febrero de 2005.
Por más que la exposición de Michelini haya sido exhaustiva, el vertientista Rubio tomó la palabra para refutar las afirmaciones de Abreu. A diferencia de éste, Rubio sostuvo que la reforma, que es una reforma global, apunta claramente a la equidad y negó que hubiera un incremento de la presión tributaria. Destacó que el decil de hogares de mayores ingresos paga la menor cantidad en relación a sus ingresos, y con la reforma tributaria los impuestos que deberán pagar se incrementarán en un 35%. En el otro extremo de la sociedad, los sectores de menores ingresos se verán beneficiados por la reforma. Para Rubio (que aclaró que hay algunos aspectos de la reforma con los que no está de acuerdo), habrá cosas que se corregirán sobre la marcha. Pero lo rescatable es que los impuestos al consumo bajarán en 200 millones de dólares, mientras que el impuesto a la renta producirá 200 millones financiados fundamentalmente por los sectores de altos ingresos.
En definitiva, la reforma hará que 2.900.000 uruguayos (un 84% de la población) mejorarán sus ingresos, mientras 400 mil uruguayos (el 13%) sufrirán una merma en los suyos.
Después de un cuarto intermedio para almorzar, el ex ministro de Economía Isaac Alfie la emprendió con vehemencia contra el proyecto, reiterando algunos de los conceptos vertidos por Abreu. No vaciló en calificar la reforma propuesta como una «reformita de morondanga» que no cambia sustancialmente las cosas pero que perjudica la inversión. No cumple con ninguno de los objetivos que se propone, encarece la producción nacional que compite con la importada, castiga el esfuerzo y el éxito. No genera empleo, no estimula la inversión ni promueve eficiencia administrativa. Baja la presión tributaria sobre los estratos más altos y hace recaer todo el peso sobre las clases medias; duplica el actual impuesto a los sueldos y multiplica por cuatro y medio la actual carga fiscal de los pasivos.
A continuación, se produjo el único altercado de la jornada. El herrerista Heber, siempre sonriente, siempre pícaro, expresó su sorpresa por el silencio del oficialismo ante las críticas de la oposición. «El silencio habla por sí solo», dijo Heber mientras aumentaba el volumen de su discurso, que lo hacía parecerse cada vez más a un orador de barricada. Con su estilo dialéctico de atacar mediante preguntas incómodas, recordó anteriores propuestas tributarias del Frente Amplio en las que ubicaban el monto mínimo no imponible en niveles varias veces por encima del establecido en la reforma actual. Reiteró argumentos en contra del proyecto y aseguró que la reforma grava también el subsidio por desempleo (¡), y preguntó entonces, toreando a Lorier y a Rubio: «¿No van a responder? ¿Van a apoyar una reforma que pone impuestos al seguro de paro? ¿Qué pasó, qué cambió?». Y se respondió: «Es una imposición del FMI, una imposición que Batlle no aceptó y que ahora la izquierda acepta». «¿Antes el FMI era malo y ahora es bueno?». Rubio le pide que le muestre en qué parte del proyecto se grava el subsidio de desempleo, a lo que Heber promete que así lo hará, aunque hasta esta hora no presentó pruebas.
Luego fue el turno del contador Couriel, quien explicó que no está de acuerdo con bajar la presión tributaria porque eso implica pobreza, marginación. Y en cuanto a que la reforma desestimula la inversión, el senador popular participante sostuvo que las empresas deciden dónde radicarse en función de otros elementos y no por razones impositivas.
Gallinal, Da Rosa, Moreira, Larrañaga, Aguirrezabala hacen uso de la palabra brindando más argumentos (o los mismos pero formulados de otra manera) en contra del proyecto. La reforma tributaria fue finalmente aprobada por 17 votos a 31. *
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