Conmovedor sinceramiento en Diputados; hubo un debate virtualmente de película
Una primera etapa normal
La sesión plenaria comenzó como tantas veces, en media de una chicha calma. Apenas si hubo cierta conmoción al ingreso del diputado José Carlos Cardozo (Herrerismo). Lucía una corbata rosada rabioso que destellaba como el faro de Bahía Falsa, cerca de Ciudad del Cabo. Busqué alrededor, desesperado, y hallé una relación: hacía juego con la chaqueta de Adriana Peña (¿se viene otra alianza?).
Durante la media hora previa, Carlos González Alvarez (Alianza Nacional) se preocupó por el conflicto lácteo y defendió a los productores; Manuel Barreiro (Foro Batllista) anunció el ingreso de un proyecto que baja los años de actividad requeridos para que las maestras se jubilen y aumenta sus bonificaciones; Jorge Romero (Alianza Nacional) criticó la decisión del gobierno de aumentar el gasoil para bajar el boleto metropolitano y pronosticó una grave crisis del sector productivo; Aníbal Pereyra (Espacio 609) relató una peripecia judicial que le tocó vivir y dijo que no era responsable de la supuesta persecución a un periodista de Rocha; Washington Abdala (Foro Batllista) reclamó que el Parlamento escuche a los trabajadores despedidos por ENCE, criticó a la empresa española y dijo que el gobierno no podía seguir papando moscas; y Carlos Signorelli (Foro Batllista) comunicó que presentará un proyecto para dar independencia presupuestal al Poder Judicial y permitir que los ministros de la Suprema Corte accedan a sus cargos por acto eleccionario.
Luego, ya en el orden del día, se designó con el nombre «Brigadier General Manuel Oribe» a la Sala de la Comisión de Constitución, Códigos, Legislación General y Administración de la Cámara de Representantes. Habló todo el mundo y se dijo lo que todo el mundo sabe; el detalle precioso correspondió a una fugaz aparición de Beatriz Argimón (Correntada Wilsonista), deliciosamente vestida en un tono celeste con toques blancos apropiados a la ocasión. También fueron aprobados el acuerdo general de Cooperación Económica, Científica y Técnico Cultural con Angola -que Ruben Martínez Huelmo (Espacio 609) informó a tal velocidad que no lo entendieron ni allá, en Africa-, y el Segundo Protocolo de la Convención para la Protección de Bienes Culturales en caso de Conflicto Armado; se modificó el Código Aeronáutico para que los servicios internos sean realizados por empresas nacionales, pudiéndose autorizar a extranjeras sólo en régimen de reciprocidad; y se aceptaron los cambios propuestos por el Senado para que los recursos de apelación ante el Parlamento, cuando no sean asuntos de la órbita del Tribunal de lo Contencioso Administrativo, den idénticas garantías a administradores y administrados.
Una curiosidad: todos los oradores, invariablemente, comenzaron diciendo «seré breve, señor presidente». No cumplen. En cualquier momento, alguien querrá imponer una pena al abundamiento verbal innecesario en reiteración real y en concurrencia con el atropellamiento gestual fuera de la utilidad.
Después, Sur, paredón…
Cuando Edgardo Ortuño (Vertiente Artiguista), argumentando dar una respuesta a justas reivindicaciones de los trabajadores, informó el proyecto de ley creando el Día del Funcionario del Ministerio de Transporte y Obras Públicas nadie, pero nadie en el universo pudo imaginar lo que se precipitaría de inmediato sobre la sala.
Primero fue Luis Alberto Lacalle Pou (Herrerismo), quien con verbo fogoso y muy al estilo de aquel Pentrelli que jugó en Nacional –«toco y me voy»– recordó que el día de todos los trabajadores es el 1º de mayo, que ya estamos saturados de «días de» y feriados no laborables y que, si se sigue por este camino, habrá que incorporar a muchos otros organismos del Estado (no omitió ningún ministerio, comenzando por el Mides, porque, me parece, tiene una fijación con Marina Arismendi).
Juan José Domínguez (Espacio 609) pretendió echar luz sobre el asunto, diciendo que este beneficio venía de antes, de cuando se le había otorgado sólo a los trabajadores de Vialidad. Más bien fue un apagón. Defendió el proyecto pero su discurso –pese a la seriedad con que lo dijo– ingresó voluptuosamente al terreno de la redundancia, siendo responsable de más de una contracción facial en los alrededores.
Y de pronto, como si las almas de Luis Buñuel y Salvador Dalí hubiesen descendido jubilosas sobre el augusto recinto para realizar su obra más surrealista, se prendieron al debate –que se transformó en una terquería– Edgardo Rodríguez (Espacio 609), Alvaro Alonso (Desafío Nacional), y Juan Andrés Roballo (suplente Frente Amplio). Por un instante (ojo, puede adjudicarse al cansancio y a mi edad) imaginé que el espíritu de Curly, Larry y Moe, no el de «El perro andaluz» ni el de Gala, bailaba delante de mis ojos.
Fue cuando pidió la palabra Luis Rosadilla (Espacio 609). Ah, macho, ahí llegó el tiempo de la estupefacción. Asumiendo una postura distante, por no decir disidente, –no sé cómo viene la cosa en la interna– pidió a la Mesa que le informara el quórum y, sin hesitar, dando una suerte de fe laboral autocrítica, dijo que los ciudadanos le pagaban a 99 diputados para que viniesen a trabajar y sólo había 44: «Si en las barras hubiera un solo funcionario del Ministerio de Transporte nos podría gritar ¡caretas!».
Encrespado, esbozando una sonrisa irónica y algo voluminoso, saltó entonces Sergio Botana (Alianza Nacional) y sentenció que este tipo de críticas hace mal a los legisladores. Argumentó que él trabajaba –y creía lo mismo de Rosadilla–, y que el problema era la pobreza del orden del día de cada plenario, de la cual culpó al gobierno y a la bancada oficialista.
Entonces sobrevino el derrumbe
Ortuño: «Tenemos mucho trabajo pero también escasos días de sesiones plenarias de cuatro horas».
Rosadilla: «Yo no marqué a los parlamentarios de la oposición, hablé en general».
Botana: «No voy a decir que trabajo un minuto más que nadie, respeto a todos los parlamentarios».
Cánepa: «Exhorto a resolver el tema en discusión y trasladar este debate para más adelante».
Alonso: «Nos hemos desbandado un poco. Estamos como los niños, que cuando se aburren se pelean».
Gamou: «Me acuerdo de aquella película, «Los duelistas». ¡Pah! Se la pasaban buscando ámbitos para fajarse. Pero para que haya duelo deben ser dos y Botana va a tener que conseguir uno en su propia bancada».
Yo había escondido la cabeza entre los brazos y analizaba en nanosegundos las opciones de huida.
Pero apareció la morocha –Virginia Luque no, Silvana Charlone (independiente Frente Amplio)– agitando su negra melena y arqueando sus trabajadas cejas y nos llevó a un cierre decente: compartió lo dicho por Cánepa y se enojó extraordinariamente con la alusión a que no se presentaban proyectos de importancia en el plenario; recordó que ayer mismo fue aprobada una ley de reparación que la sociedad reclamaba desde hace años y su final adquirió estatura profética: «No se preocupen, que en poco tiempo vamos a estar tratando aquí una de las más grandes transformaciones: la reforma tributaria».
Y aunque usted no lo crea, lector, al final fue aprobado el 13 de octubre como feriado no laborable para los trabajadores del Ministerio de Transporte y Obras Públicas. *
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