Alvarez: "La experiencia de gobierno nos hará cabalgar sobre contradicciones no esperadas"
Históricamente, los uruguayos ven al Parlamento como un lugar donde se asienta y respalda su democracia. Al ciudadano común le puede interesar mucho su opinión sobre la actividad parlamentaria, precisamente analizada desde la juventud.
–Hay dos lugares. Uno, el ejercicio en la Cámara. Otro, lo que la gente percibe. A mí me asombró muchísimo que el uruguayo vea al Parlamento como una instancia para llevar adelante un trámite. Es una cercanía que rompe esquemas. Basta cruzar el charco para darse cuenta. Pedís una entrevista en Argentina y tenés que ir con gran anticipación, subir escalinatas con guardia de seguridad, sortear rejas. Acá la gente lo toma como algo natural, lo cual está bueno en el sentido de que te exige mucho más. El ejercicio de la representación te respira en la nuca. Es algo que yo no preveía. De una forma más ideológica, más militante, lo veía como algo más distanciado. Eso produjo en mí una ruptura interesante. Otra cosa es lo que sucede adentro del plenario. Alguien dijo que es como una audición semipública; en realidad, las actas son públicas pero nadie las lee y todo lo que decimos ahí deja la impresión de que se acaba la historia contigo. Y al otro día… Otra cosa que me llamó la atención es el rol protagónico que a veces juega la presencia de la prensa. La imagen pública de la política se ha convertido en el canal fundamental de los partidos. En suma, la gravitación que tiene la institución parlamentaria es superior a la que yo esperaba. Claro, al plenario van algunos que tienen mayor nivel de histrionismo, que hacen gala de su capacidad de actuación, hablan de lo que les ocurre en los quince minutos que les toca y se van. Quiero decir: dentro de la actividad, al plenario no lo veo tanto como instancia de debate.
–En esa realidad ¿cómo se ubica la bancada oficialista, disponiendo de algo que no tuvieron otros partidos y otros gobiernos, la mayoría absoluta? A priori, parecería un certificado para sacar lo que se quiera.
–Yo llegué en la cresta de la ola. No fui parlamentario en la oposición. Pero creo que respetamos demasiado el ejercicio democrático aquí adentro. Escuchar mucho, dar tiempo… En última instancia está bien, porque soy de los convencidos de que el Frente Amplio ganó con un suspiro. Acá nada está asegurado. Nos guste o no, hay quienes se sienten representados por el Partido Nacional o el Partido Colorado. Hasta ahora hemos tenido bastante precaución a la hora de usar esa mayoría, podríamos haber sido más osados; y no olvidemos también que el Frente es una fuerza dinámica, en su interior se mueven muchas posiciones y la mayoría también se tiene que conformar hacia su interior.
–Muchos podrían hacer una lectura distinta: por un lado, una bancada oficialista con una cultura democrática, que actúa con cierta prudencia, que preserva el debate, dando oportunidad a los otros de expresarse; y por otro, al menos como hipótesis, esa bancada no va más allá por dos razones: una, sus disidencias internas y dos, una preocupación muy exagerada acerca de lo que viene desde el Poder Ejecutivo. ¿Hay algo de esto?
–La existencia de diferencias al interior del Frente es una de las grandes cosas que hace que, a lo mejor, no se avance tan rápidamente. Pero yo estoy convencido que eso es saludable. Las cosas, cuando dejan de ser dinámicas, empiezan a acercarse a la muerte. Tiene que haber polaridad, movimiento, si no es una roca…
–…incluso se ha llegado a votar dividido en la bancada…
–…sí, sí. Uno intenta mantener, desde la lógica de gobierno, la idea de votar en bloque. Es algo que uno busca, porque del otro lado también se cuecen habas y si ven una fisura van a atacar. Parto de la convicción de que, habiendo objetivos comunes establecidos previamente, hay que dejar que haya debate. En cuanto a lo segundo, al principio yo lo catalogaba como producto de una inexperiencia; hoy en día, lamentablemente, estoy llegando a la conclusión de que casi hay una naturalización en el ejercicio del gobierno: quien manda es el Poder Ejecutivo y el Legislativo remata. Uno manda el centro y el otro remata. Llegado a ese punto, creo que debe haber un juego parlamentario independiente del juego del Poder Ejecutivo porque, de lo contrario, el parlamento pasa a no tener sentido. Por otra parte, a esta altura habría que procesar un debate hacia el unicameralismo; estoy persuadido que el bicameralismo es un ejercicio interesante pero no sé si necesario para la construcción de este país. Ocurre otra cosa: ha habido un vuelco en los sistemas políticos latinoamericanos desde las décadas de 1980 y 1990 para acá. Al salir de la dictadura, el sistema presidencialista se ha fortalecido frente al sistema parlamentario. Por eso en muchos países alrededor uno ve que se votan más y más poderes para la presidencia. Quizás ocurre porque cada vez hay que resolver más cosas más rápido. Pero creo que la esencia de un sistema vivo, democrático, es el parlamento. Si pienso en una sociedad donde exista la justicia y los intereses de clase se vayan desvaneciendo, pienso primero en una institución parlamentaria como sostén. Y si bien acá los primeros tiempos los ha marcado el gobierno, creo que tenemos que animarnos a meternos de lleno en los temas principales.
La reforma tributaria
–En ese sentido, hoy la bancada oficialista tiene entre manos un proyecto importante, emblemático para el gobierno: la reforma tributaria. Hay quienes dicen que se ha avanzado mucho y son optimistas; otros, no tanto. Está claro que se definirá en el parlamento. ¿Cómo lo ve el diputado más joven?
–Comparto que eso se resolverá acá adentro. Lo que no deja de pesar es que, así como somos una bancada oficialista, una bancada de gobierno, también respondemos a una fuerza política. Y esa fuerza política también procesa estas discusiones. O sea, se discutirá y resolverá acá, pero en base a lo que se vaya discutiendo y resolviendo en el seno de la fuerza política.
–Está bien, pero ¿cómo se ha avanzado en este tema que preocupa a tanta gente?
–Creo que diferencias van a quedar siempre. Sea cual sea el resultado final, a algunos les va a quedar un sabor más amargo que a otros. De la propuesta original al día de hoy, cuando aún no se ha comenzado a armar la resolución, se ha avanzado de forma positiva. Sobre lo que vino del Poder Ejecutivo ha habido instancias de discusión, de aportes y de corrección; por ejemplo, en lo que tiene que ver con las franjas a partir de las cuales se hace imponible el Impuesto a la Renta de las Personas Físicas, que se han elevado, incluso para los jubilados, así como la posibilidad de descontar por hijo a cargo para la salud…
–…acerca de eso, hay una aspiración de varios sectores del Frente, incluido el MPP, de que con recursos de la reforma se financie la otra reforma, la de la salud…
–…claro, la idea es asegurar algunos montos para esa reforma, porque sin plata no sale. Y después hay otros aspectos más específicos, pero que también importan. Yo creo que los reclamos, o las preocupaciones fundamentales se están contemplando. Bueno, habría que decir que no hay ganadores. Es un debate que se dio, que la bancada del Frente la tomó y que no se trata de querer cobrar más o menos, sino de resolver algo imprescindible para el país. Quedará para otro tiempo, aunque es cierto que las reformas tributarias no se discuten a cada rato –el promedio mundial es que se modifican cada 25 ó 30 años–, la aspiración aquella del «impuesto sintético», es decir por todo tipo de ingreso, no por trabajo o por capital, del núcleo familiar que
es el que constituye la base del funcionamiento social. Quedará para más adelante, cuando haya oportunidad de volver a discutir y se den otras circunstancias.
Participación y debates
–Hay otro tema. Usted integra un grupo específico, una corriente nueva, dentro del MPP, junto a dirigentes como Fernández Huidobro, Nora Castro y otros. ¿Cuál fue la necesidad de crear ese grupo y con qué finalidad?
–Yo empecé en el MPP en 1994 ó1995. En ese momento ya había varias organizaciones en el MPP. Por distintos debates que se fueron dando a partir de 1997 y 1998 quedó solo una organización en el MPP que es el MLN, al cual siempre fui afín, porque me formé en el fragor literario de su historia. Pero en ese ejercicio de debates, y en la propia política, hay personas con las que uno se siente más cercano y otras no tanto; tiene que ver mucho con lo vivencial y a veces así se procesan al interior de las organizaciones los debates de ideas. También soy de los que creen que dentro de las organizaciones políticas hay que intentar ser lo más honesto intelectualmente posible. Si hay compañeros o personas con las cuales yo tengo mayor afinidad y puedo discutir mejor sobre todos los temas, no tengo por qué esconderme. Porque si me escondo algo está claro: el lugar donde estoy es el incorrecto. Tal vez no sea mucho más que eso, para mí, la necesidad de integrar un espacio. Todo el mundo lee y saca conclusiones, y no siempre son tan locas ni tan acertadas. Con este grupo queremos un espacio de pensamiento y de debate para la izquierda. Después de la Revolución Cubana todo aquello de las fracciones y las microfracciones se fue convirtiendo en algo casi insultante, y yo creo que una organización como el MPP lo que ha hecho permanentemente es convocar personas y organizaciones para participar de su estrategia, lo que hace natural que existan espacios de acuerdos entre distintos grupos. Aportemos. Yo creo que tiene que existir dinámica interna, debate. Siempre existe lucha por el poder en términos ideológicos, en cualquier organización, pero la prioridad para mí y para este grupo está en fortalecer el ejercicio del gobierno del Frente Amplio; estamos convencidos de que si esta experiencia fracasa, va a ser un fracaso de largo plazo. Va a ser muy difícil levantarse de una derrota y eso nos va a hacer cabalgar sobre contradicciones que no esperábamos. En algún momento habrá que tomar decisiones costosas. Qué es mejor y qué es peor para el futuro. Es pensando en esto que acepté integrar ese nuevo espacio.
–Hablamos de debates. Advierto que, por un lado, nadie puede discutir la necesidad de debatir porque es intrínsecamente sano. Por otro, existe la preocupación por la dialéctica, si se quiere perversa, de la necesidad de ejecutar. ¿No hay disparados demasiados debates que puedan complicar el ejercicio de gobierno? Hoy, además de la reforma tributaria, está el debate educativo, el debate sobre defensa, el debate sobre la salud…
–Comparto la opinión sobre esa polaridad, esa dialéctica entre el discutir y el hacer. Creo que hay temas donde se entiende claramente la necesidad de resolver. Y hay otros donde es importante seguir discutiendo. Por ejemplo, no hubiera sido correcto estar discutiendo un año y medio sobre el Plan de Emergencia. Había una urgencia concreta y tal vez fue preferible cometer algunos errores, intentando soluciones, que demorar hasta hallar el formato perfecto. Un año más hubiera implicado que setenta mil personas no recibiesen ningún aporte económico. Por otra parte, hay una conformación legislativa que es: la ley vale por lo que dice, por con qué apoyo sale y por quiénes participan de su elaboración. Y hoy estamos apostando fuertemente a esto, a quienes participan del ejercicio legislativo. Hay grandes temas que exigen la mayor participación posible, porque serán centrales en un plazo medio: el tema educación es uno y ahí es importante debatir, pero ya está resuelto que el año que viene se decide. Ya está marcado el tiempo de discusión y el tiempo de resolución. Con el tema de la defensa pasa lo mismo. Ahora, la reforma tributaria ya es otro nivel. El nivel de discusión es otro, no se han abierto grandes debates y estamos muy cerca del punto final. En general, creo que hay que seguir incorporando los aportes de la gente; por ejemplo, una de las mejores cosas del debate educativo han sido las asambleas territoriales. No por lo que se discuta sobre educación, que, la verdad, no deja muchas sorpresas, sino porque la gente se está juntando para discutir, recuperando algo que, según cuentan, en el Uruguay siempre existió. Lo que no puede suceder es que te justifiques discutiendo porque no tenés propuesta. No, esta es una vocación de la izquierda, de dar participación a la gente.
–Ahí hay otro aspecto. ¿Qué pasa si después, en los hechos, cuando se decide, queda una cantidad de material aportado que ni siquiera se tiene en cuenta? Hay quienes han puesto el ejemplo de un trabajo muy sólido de las Comisiones Temáticas del Frente Amplio que no ha sido atendido. ¿Existe ese riesgo?
–Es muy difícil. Mi generación se incorporó con la consigna de la bondad del debate y la participación. Es una especie de compromiso antiautoritario en la gestión de las soluciones. Estoy convencido también de que hay riesgos reales, porque en algún momento se resuelve, se resume, se sintetiza, y allí puede quedar una cantidad de cosas afuera que pueden hacerle ver a quien participó que todo fue un engaño. Creo que no hay posibilidades de eliminar ese factor de riesgo. Lo que es un error político es que si una fuerza política tiene un espacio de producción, después no lo tenga en cuenta. Ahí es más complicado.
La comunicación
–Pongo un ejemplo. Entre los objetivos de ese nuevo espacio creado en el MPP está el tema de la comunicación. El Frente tuvo, antes de ser gobierno y largamente, trabajando a una comisión temática sobre ese tema. Y muchos imaginaron que de ahí iba a salir la base de una política de Estado en materia de medios, absolutamente necesaria para el país. Y no parece haber ocurrido, pese a que se llegó al gobierno con mayoría absoluta.
–La política de comunicación es un gran problema. Ahora estamos discutiendo en la Comisión de Población y Desarrollo un proyecto de ley para regular la radiodifusión comunitaria, lo que me parece un paso importantísimo. Claro, es un elemento aislado. Y me pregunto ¿cuál es, estructuralmente, la política del Estado en materia de medios de comunicación? Yo la desconozco. Me preocupa y digo más: es fundamental crearla, porque hoy la política tiene más de cómo se transmite que del propio contenido. Más allá de que creo que el valor diferencial en esto para el Frente Amplio es su militancia. Pero no estoy planteando sustituir una cosa por otra. Los medios son esenciales, porque si no los usás vos, los usa otro. Y tenemos un problema desde la comunicación: no sabemos lo que hacemos y no logramos dimensionar la importancia que eso tiene, tal vez conmovidos por no poder hacer más. Aunque hay que hacer más, y algo de eso pasa también por haber tomado Canal 5 en ruinas y, casi sin recursos, haberlo recuperado tecnológicamente y en materia de contenidos. Y está el caso de Canal 2 de Maldonado, que también se recuperó. Para mí esa reconstrucción lleva implícita una política. Salgo de algo inexistente y preparo por lo menos los soportes a través de los cuales me voy a comunicar. Un dato importante: es sustantivo esto de transmitir por Canal 5 la formación de los educadores que se ocuparán de la historia reciente en la enseñanza pública. Tal vez no se tenga claro la polít
ica global de comunicación, la estrategia, pero se está montando el soporte y vamos avanzando.
Drogas, juventud y después…
–Usted es un legislador joven que pertenece a la generación hoy cuestionada o, mejor dicho, afectada por el avance de la drogadicción. ¿Cómo hay que trabajar en esta cuestión?
–Para mí la mayor de las adicciones es el alcohol. Y los jóvenes tienen un alto nivel de consumo. Pero es falso que sean los que más alcohol consumen. Es la sociedad entera la que tiene un altísimo consumo. Lo mismo pasa con la droga, pero ocurre que hay fenómenos que sobresalen. Yo creo que la pasta base no llegó sin querer; no puedo demostrarlo, no puedo decir quién o cómo. Lo que sí puedo decir es que en momentos de escasez de marihuana la pasta base entró por un tubo. Y no sé si esa escasez de marihuana fue producto de acciones climáticas o en realidad de un cierre de fronteras premeditado, para la distribución de otra sustancia. Y para otro modelo de control, porque la pasta base favorece las estrategias de asociación entre juventud, drogadicción y delito. Por el formato que tiene, por las consecuencias que genera en los adictos. Hoy se está estigmatizando una población entera. La población más desvalida en términos sociales, que accede a este tipo de droga y la que, por la situación en que está, genera mayor porcentaje de personas con antecedentes. Si esto fuese una estrategia de «limpieza», es perfecta. Yo creo que una buena política, que no soluciona el problema pero empieza a resolver otros, es la liberalización del comercio de algunas sustancias, fundamentalmente la marihuana. Sin duda que esto tiene otras connotaciones, porque liberalizar el comercio repercutirá en las relaciones regionales. Habrá que pensarlo. Pero a lo que voy es que quiero descartar esa fantasía porque nosotros fuimos criados en fantasías: «si tu padre ni tu madre te quieren, te drogás»–, absolutamente banal, que concluye en simplificaciones. Lo fundamental es atacar el comercio que está detrás del suministro. Quiero saber qué pasa en algunos países del Norte si se libera ciertos aspectos de la economía del narcotráfico. Porque ahí hay millones de dólares que están entrando a esos países que tal vez los sostengan. Finalmente, creo que en todo esto la sociedad está avanzando más rápido que la legislación y eso es positivo. Genera quiebres frente a una legislación que no se termina de comprender. Hay una cantidad de mitos que romper. Pero sin duda yo apostaría a una estrategia diferente, enfrentándolo de una manera más franca. Y sigo pensando que es un problema complejo, pero un problema de ciertas estrategias de asociación que buscan darle una determinada identidad a la sociedad. Ese es el peor componente del problema. *
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