Un acuerdo comercial con Irán provocó un insólito debate en el Plenario de Diputados
Comercio con Irán
No fue el primer punto del orden del día, pero sí el tema escandalizador. En realidad, el proyecto es extremadamente sencillo -un acuerdo comercial simple y llano, sin sigla alguna que lo identifique para escozor de nadie- aunque de todos modos suscitó unas asperezas de ida y vuelta entre oficialismo y oposición difíciles de digerir.
Ruben Martínez Huelmo (Espacio 609), calmo, urbano, informó que este proyecto fue iniciativa del Poder Ejecutivo en 2004 y se presenta por segunda vez con apoyo del gobierno actual. Explicó que la negociación con Irán tiene relevancia indiscutible, ya que es un mercado de gran capacidad de absorción, sobre todo para el arroz. Fue una pena que no haya engalanado su informe con la frutillita de la brevedad; su descripción de Irán fue un tanto extensa (sólo se le escapó el enriquecimiento de uranio, pero no venía al caso).
Enseguida emergió Washington Abdala (Foro Batllista), más soldado que nunca y, no obstante, con estudiado tono que eludió la marcialidad, dijo que todo estaba muy bien en lo comercial, pero a él le inquietaba, qué digo, le preocupaba grandemente el papel de Irán en el mundo de hoy y su amenaza de «exterminar a Israel», a la que calificó de esquizofrénica y delirante. Recordó entonces que el embajador iraní visitará mañana una comisión parlamentaria y reclamó el derecho de hacerle preguntas aclaratorias (aquí me santigüé, porque otra vez el uranio ocupó el estrecho espacio de mi mente).
Enrique Pintado (Asamblea Uruguay) -al que hoy hallé con un ligero parecido al pastor Márquez, pero con bigote- le recordó al soldado «que se estaba hablando de un acuerdo comercial» y se mostró dispuesto, ahora con tono irónico, a hacer una avant première de la comparecencia del embajador iraní, aunque, claro, no en el plenario.
Luis Lacalle Pou (Herrerismo) aludió a «los ríos de tinta que estamos escuchando…» (de inmediato se corrigió, por suerte, si no hubiésemos pensado en un milagro), acerca del TLC con Estados Unidos. Y se preguntó: «¿El acuerdo con Irán va a pasar sin pena ni gloria por el plenario?». Sin bajar un cambio, añadió que esto era comercial y lo aceptaba, y le gustaría saber cuáles son, para el gobierno, las diferencias entre un país y otro que estaban generando un tratamiento tan disímil de parte del oficialismo.
Una mujer que pega
Con su negra cabellera muy prolija, cayendo estudiadamente sobre su rostro para darle los claroscuros más propicios, Silvana Charlone (independiente Frente Amplio) metió un recto a la mandíbula de Lacalle: «Hay colegas que añoran estar en el Senado, porque el TLC se está discutiendo allí». Y apuntó que acá -es decir, donde yo también estaba, qué embromar- «se está discutiendo un acuerdo comercial, no un TLC». Para rematar, un gancho de zurda para Abdala: «Hay intención de entreverar las cosas. ¿Qué vamos a hacer mañana, interpelar al embajador de Irán?».
Martínez Huelmo logró meter un bolito, justo cuando Abdala se venía como una locomotora (japonesa, no de AFE), y recordó, pícaramente, que este acuerdo era, a fin de cuentas, iniciativa primordial del gobierno de Batlle: «Entonces a nadie se le ocurrieron estos comentarios» (desde alguna parte me pareció sentir un grito de gol, pero no estoy seguro).
Ah, no contaban con la astucia de Abdala, quien logró frenar y contragolpeó: «A ver si me explico. Yo voy a votar con las dos manos el acuerdo comercial. Y comuniqué que venía el embajador. Ahora espero que ninguna legisladora cercene mi derecho a preguntarle lo que quiera», espetó a la morocha legisladora observándola por encima de los lentes (¡es difícil no verla bien, soldado!).
Mientras Charlone, a su vez, lo miraba con los cachetes rojos de una mezcla de rabia y desprecio, Víctor Semproni (Claveles rojos, qué casualidad) concluyó el debate usando tono de hombre sabio, casi viejo, canchero: «No me molesta que venga el embajador, ni que le pregunten lo que quieran. No me intranquilizan las posiciones de Irán, porque lo que allí se dice no se puede sacar de contexto histórico ni circunstancias. Y voy a votar este proyecto». Y…, la veteranía.
Y se aprobó, nomás. (A lo mejor tuvo algo que ver el ingreso de Jaime Trobo (Herrerismo), llevando al cuello una bufanda poncho de color turquesa pálido que, por lo menos, inmovilizó a unos cuantos. El efecto fue mayor, lo juro, que el causado por la pollera bordada, blanca y reveladora, de Beatriz Argimón (Correntada Wilsonista), de brevísima aparición.
El bendito Mercosur
El otro lío ocurrió al considerarse el último punto del orden del día: «Acuerdo para la Facilitación de Actividades Empresariales en el Mercosur».
El proyecto fue informado, de manera perspicua, por el diputado Pintado, que, de todos modos, empezó mal: «Vamos a ver si conseguimos ser sintéticos…» (¡si nunca lo logró, amigo Enrique!). La idea central es que cualquier empresario que se instale en un país del bloque, perteneciendo a otro, tenga los mismos derechos y obligaciones que los nacionales.
Sencillo ¿no? Para José Carlos Cardozo (Herrerismo) no. Como devoto de una misión celestial se sintió obligado a hacer juicios sobre el Mercosur, desde su origen hasta hoy, incluyendo a Venezuela y al proyectado parlamento del bloque. Y abundó, abundó oceánicamente e inundó mi cansada cabeza de tal modo que, como no estalló, decidí creer en la existencia de Dios.
Juan José Domínguez (Espacio 609) dijo estar de acuerdo con el proyecto. Qué bien. Salvo que, a renglón seguido, le contestó a Cardozo abundando al cubo, aunque desde la vereda de enfrente. Miré hacia el techo y dije: «Ahora creo también en la Virgen María».
Pensé que todo había terminado, pero erré. Gonzalo Mujica (Nuevo Espacio), sobrio, cuasi doctoral, ponderó el proyecto porque resuelve problemas prácticos de los empresarios y luego -casi me rajo las venas con una foto de Angelina Jolie- abundó, hablando del Mercosur, sobre lo ya abundando, lo recontra abundado y lo abundado al cubo, por lo que debe haber abundado a la enésima potencia, induciéndome a creer, ahora, en el Espíritu Santo.
Y atrás reapareció Cardozo, ¿es inmortal?, respondiéndole a Domínguez sobre las visiones mercantilistas del Mercosur y asuntos parecidos. Resignado -o tal vez desconfiando de la sorpresiva fe que antes me había abrazado- decidí, después de oír al diputado herrerista, volver a ser agnóstico. Creo, en realidad, que Cardozo lo logró con una metáfora campera: «Fritas las tortas, veremos la grasa que queda» (como estaba hablando de Venezuela, ignoro si sabrá si este criollo producto le gusta al hombre de uniforme que sonríe en todas las fotos).
Cerrando, Guido Machado (Foro Batllista) expresó un deseo: que el proyecto no se transforme en letra muerta. (Como volví a ser agnóstico, Guido: ¿a quién se le podrá pasar la factura, si no hay más remedio?).
Otros temas
Pablo Alvarez (Espacio 609) informó el proyecto, que fue aprobado, de designación de la Escuela Nº 80 de Castillos con el nombre de «Doctor Víctor Hugo Brioso».
Juan José Bruno (Alianza Nacional) informó otro -también aprobado- designando al Liceo de Chapicuy con el nombre «Protector de los Pueblos Libres». Aquí se produjo una situación paradójica. Bruno argumentó sobre la importancia de que los jóvenes tomen conciencia de nuestros valores, lo que logran muchas veces por interrogarse acerca del nombre de su centro de estudios; pero, a continuación, Bertil Bentos (Alianza Nacional) dijo que el nombre había sido propuesto por la gente de Chap
icuy, incluyendo profesores y alumnos del liceo, con lo cual el argumento de Bruno pasó a integrar la antología de lo que hubiera sido mejor no decir.
También se aprobó la designación del Liceo de Villa Ansina con el nombre de «Doctor Mauricio López Lomba»; la Convención sobre la Protección de la Diversidad de los Contenidos Culturales y las Expresiones Artísticas, esto como minuta de comunicación y sin que yo pudiese desentrañarlo (lo siento, los legisladores no ayudaron); la Secretaría del Tratado Antártico y su anexo Acuerdo de Sede para la Secretaría del Tratado Antártico (aquí la diputada Charlone demostró su conocimiento, aunque me fue imposible sintetizarlo: además de agnóstico debo tener dificultades motrices); la acuñación de monedas conmemorativas por los 250 años de la fundación de la ciudad de Salto; normas relativas a los salarios mínimos que deben percibir los empleados de empresas que contraten servicios tercerizados con el Estado (Lacalle Pou, coautor del proyecto, recordó con cariño y respeto cuánto había trabajado en esto el ex legislador Guillermo Chiflett, actitud del herrerista que, a su vez, fue resaltada por Gonzalo Mujica como una demostración de la cultura democrática del país; antes, hubo una breve intervención de Ivonne Passada (Espacio 609), de tipo pluscuamperfecto por lo inacabada); y, finalmente, la modificación de normas para facilitar la jurisdicción de la Armada sobre el río Negro hasta la represa de Palmar e incluyendo esas islas que a veces desaparecen bajo las aguas (me sonó un tanto metafísico, pero después de andar creyendo y descreyendo tanto puede haber sido un llamado de atención de allá arriba. No, no digo de Tabaré ni de Fasano. De más arriba). *
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