Diputados: dos temas muy diferentes sacudieron al Plenario de la Cámara
Dictadores, guerrilleros y asientos
Diego Cánepa (Nuevo Espacio) informó el proyecto que excluye de las honras fúnebres homenaje que se realiza al morir a mandatarios, ministros y legisladores a quienes detentaron altas responsabilidades de gobierno durante la dictadura. Para ser precisos, entre el 27 de junio de 1973 y el 1º de marzo de 1985.
Según Cánepa, que de perfil parecía Brad Pitt luego de tres años con la Jollie, la mayoría de los uruguayos sentiría vergüenza si una norma legal obligase a otorgar esas honras a Juan María Bordaberry o Gregorio Alvarez.
Gustavo Borsari (Herrerismo) y Alvaro Lorenzo (Alianza Nacional), muy serios, apoyaron lo dicho e incluso Lorenzo felicitó a Cánepa por su aporte en la elaboración del texto definitivo.
A continuación habló Daniel García Pintos (Lista 15) y un pellizco recorrió el nervio ciático de la sala. «Esto lleva nombre y apellido», dijo. Sorprendió a más de uno al afirmar que no era partidario de modificar la historia y apeló a algún antecedente que sonó como un trompetazo: aquella Unión Soviética cuando las fotos que mostraban a Lenin, Stalin y Trotsky dejaron paso a las que el viejo León, creador del Ejército Rojo, no estaba. «Fue purgado», sentenció García Pintos. Y remarcó: «Pero eso no cambió la historia, porque la historia siempre se impone». De ahí, con tono casi didáctico, aseveró que nada cambiará acá y se preguntó, yendo a los nombres, a cuál Bordaberry se hacía referencia: al electo democráticamente o al que dio el golpe de Estado. Y aunque su voz no perdió mesura ni sus gestos dejaron de ser austeros, recalentó a la platea diciendo que la izquierda fue golpista al apoyar los comunicados 4 y 7 del 9 de febrero de 1973. Y por si no hubiese bastado a quienes ya le lanzaban rayos y centellas con la mirada desde la bancada oficialista, planteó una hipótesis inquietante: ¿se le otorgarían honras fúnebres a quienes hoy son ministros o legisladores y años ha se alzaron en armas contra la democracia?
Recostado casi de perfil en su asiento, Víctor Semproni (Claveles Rojos) se permitió alabar la coherencia de García Pintos, de quien, aseguró con ironía, todo el país conoce sus ideas. Y trató de explicarle que entre unos los incluidos en el proyecto y otros los mencionados por el legislador quincista hay una diferencia: éstos han recibido el apoyo mayoritario y democrático de la ciudadanía.
El debate, de todos modos correcto, cobró una notoria agitación y se dirigió a discernir dónde se sentaba alguna gente. «Si los militares se sentaron sobre las bayonetas ustedes lo hicieron sobre metralletas», le espetó García Pintos a Semproni, acusándolo, como ex tupamaro, de haber violado la Constitución en un gobierno democrático. Semproni le preguntó si llamaba «gobierno democrático» al que estaqueaba obreros del Frigonal debajo de los puentes y al «pachecato», a lo que su oponente, con urbanidad inesperada, le tiró encima una afirmación que, del efecto que causó, quedó flotando: «¿Quiere que le diga quién admira a Pacheco? Su presidente, Tabaré Vázquez».
De Bordaberry a Addiego
Cánepa salió al cruce, dejando a Semproni con ganas de seguir cruzando espadas, y dijo que él tampoco quería cambiar la historia, pero tampoco quería que se olvidase qué fue el golpe de 1973. «Bordaberry traicionó el mandato popular», enfatizó, ahora con una mano en alto, «y los militares, con el terrorismo de Estado violaron sistemáticamente los derechos humanos». Concluyó, un poco preocupado porque se le movía el micrófono debido al proporcional aumento de los movimientos de sus miembros superiores, interrogando: «¿A quiénes queremos honrar?» (en una de esas le faltó el «carajo» que, tal como venía, hubiera caído bien).
Siguió una lista de oradores que repitió conceptos y provocó cierto desgaste, hasta que irrumpieron Luis Rosadilla (Espacio 609) y José Amorín Batlle (Lista 15).
Rosadilla precisó, con su estilo llano y un tanto confuso (no conceptualmente sino porque habla bajito y como para adentro, como el viejo Varela), que «acá hubo legisladores en democracia que antes fueron Consejeros de Estado y ministros también». Fue como decir que la historia sigue, nomás, y los latigazos del proyecto no eran para todos.
Amorín introdujo entonces la figura de Rafael Addiego, quien fue presidente apenas unos meses para hacer más digna la transición de la dictadura al gobierno de Sanguinetti y pidió que se le sacara de la «lista negra».
Se arreglaba corrigiendo una fecha: en vez de quitar las eventuales honras a los que hubieran tenido esa autoridad, u otra parecida, hasta el 1º de marzo de 1985, hacerlo hasta el 11 de febrero, día de la renuncia del Goyo Alvarez y la asunción de Addiego. Hidalgamente, Jorge Orrico (Asamblea Uruguay) lo apoyó, pero el texto fue votado tal como había llegado a la mesa. Se buscará, no obstante, que el planteo de Amorín sea finalmente incorporado.
Cuando ya se iban los legisladores, arrastrando los pies tras la larga y agitada jornada, apareció Pablo Iturralde (Alianza Nacional), que hacía largo rato andaba quién sabe dónde, y pidió la bolada. Terminó su breve exposición casi solo, porque quienes llegaron a escuchar algo fue porque salieron atrasados por ser más lentos. Ignoro si el orgullo de Iturralde fue herido.
De fidelidades conyugales
Antes, al comienzo de la sesión, Orrico había informado el proyecto por el cual el deber de fidelidad mutua entre los cónyuges cesa tras sesenta días de separación voluntaria e ininterrumpida.
Orrico, con dominio del tema (por su carácter de abogado, digo) y con gracia impar, argumentó que la familia tradicional ha cambiado, que se deben respetar todas las formas morales que puedan convivir y que ha habido un aumento impresionante de los divorcios. Enseguida explicó que cuando una pareja se separa nadie les inculca el celibato ¡eso es realismo!- y que si empiezan a salir, antes del divorcio, por ahí violan el deber de fidelidad tal como está legislado. Aquí, casi con la delicadeza de un Neruda, instruyó a todos que «salir» no era lo mismo que hace treinta o cuarenta años. (Y, no, antes era manito, cine, toqueteo y venite caliente p’a las casas). Pero Orrico estaba tan elocuente y eufórico que se confesó: «!Yo no quería sesenta días de separación, yo quería quince¡».
Y con la frase siguiente, mató con su pragmatismo: «Si hacemos una votación secreta quiero ver quien aguanta más de tres horas».
Pero le salió al cruce un opositor, quien empezó diciendo que era liberal en lo económico pero conservador en lo moral, aunque su tono no lo emparentaba con Ramón Díaz ni con Galimberti. Luis Alberto Lacalle (Herrerismo) adujo que las normas no están para ser reformadas de a pedacitos, y que se estaba intentando modificar un artículo de una ley que respaldaba a la familia como base de la sociedad. Discrepó con Orrico en cuanto a que acá no se viene a dictar normas morales ni valores. «¿Qué queremos que sea la familia hoy?», se preguntó; y se contestó (a esa altura no lo paraba ni San Agustín) que este proyecto atenta contra la institución matrimonial: «Mientras hay fidelidad, hay matrimonio», dijo, y después, al hablar de la abstinencia de los separados, se tornó piadoso: «No soy un fundamentalista; siete, ocho meses podría ser. Pero no sesenta días» (¡ay, papito, mamita!, llegado el caso ¿se imaginan?).
Javier Salsamendi (Espacio 609) fue a lo práctico: la importancia de todo esto reside en lo económico, en la propiedad de los bienes (algo así como: «no seamos otarios,
la cosa está en la guita, no en aguantarse unos días más o menos»). Y apuntó que el código vigente es del siglo IXX.
Después, ah después… Orrico recordó que infidelidad es tener sexo fuera del matrimonio todavía vigente pero con alguien del mismo sexo; una relación homosexual, en tales condiciones, es «injuria grave» y sobre eso todavía se está en pañales. Lacalle insistió: «Yo solo trato de convencer, el derecho positivo lo respetaré siempre» (o no se captó si esto estaba relacionado con los homosexuales o con qué). David Dotti (Alianza Nacional) metió el neoliberalismo y el pago al FMI; se oyó un grito: «Â¡Está fuera de tema¡»; Dotti retrucó, rabioso: «Â¡Estoy en tema y sigo…!», pero no pudo. A timbrazo limpio le bajaron el copete y aparecieron Gustavo Borsari (Herrerismo) y Alvaro Lorenzo (Alianza Nacional) con pinta de esposos fieles aunque no se entendió bien cuál era su posición porque, entre algún chiste verde que apareció, llamadas de celular y comentarios sobre la clasificación de Francia, nadie escuchaba un pito. (A mí me dio por pensar en un preservativo para el neoliberalismo, y no sé si la culpa la tuvo Dotti, Lacalle, Orrico o debo ir a un psicoanalista).
Finalmente, Alberto Scavarelli (Foro Batllista) dictó cátedra acerca de la norma vigente, de la modificación propuesta, reintrodujo (es una forma de decir) el homosexualismo y pidió que hubiera congruencia (yo entendí congruencia, tal vez dijo otra cosa y es mejor no repetirla).
Finalmente, el proyecto fue aprobado. Carlos Signorelli (Foro Batllista) fue el único de la oposición que votó a favor. (¿Convicción moral o en qué anda?). *
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