"Como presidente del FA me comprometo y los convoco"
«Todo futuro tiene su pasado. Pero también todo pasado tiene su futuro y esta sesión del Plenario Nacional del Frente Amplio es prueba de ello.
Durante varias horas hemos evaluado nuestro desempeño como fuerza política durante el ciclo electoral que se inició hace 16 meses con las elecciones internas de los partidos políticos, prosiguió con las elecciones nacionales de octubre y noviembre, y culminó con la elección de los gobiernos departamentales en mayo pasado.
Pero no nos limitamos al balance de lo hecho; también hemos considerado diversos aspectos referidos a las perspectivas políticas del país en su conjunto y del Frente Amplio en particular.
Estamos, entonces, sintiendo y demostrando al mismo tiempo que no hay compartimientos estancos en el devenir de los pueblos y que también en política la relación entre el pasado y el futuro es biunívoca.
Hemos seguido con especial atención las intervenciones que se han sucedido durante esta reunión. Todas, más allá de las coincidencias o matices que podamos tener con ellas, nos han resultado enriquecedoras, porque al fin y al cabo nadie tiene derechos de posesión exclusiva sobre el conocimiento y la verdad.
Ahora bien, también nosotros queremos aportar en este ámbito nuestra opinión, trasmitirles la verdad de lo que pensamos (que, como recién expresamos, no pretende ser ni la «verdad oficial» ni la «verdad eterna»).
Los resultados del desempeño del Frente Amplio durante los 16 meses comprendidos entre las elecciones internas y las municipales demuestran contundentemente que las elecciones no se ganan o se pierden en función de tres o cuatro meses de campaña electoral; sino que los resultados electorales son la culminación de procesos políticos mucho más extensos y profundos que la campaña en sí.
Por cierto que no se puede subvalorar la importancia de la campaña en tanto momento de máxima propuesta y movilización político/electoral, pero sería irresponsable reducir la evaluación de nuestro desempeño electoral a justificaciones tales como que «no nos alcanzó el tiempo», «los recursos financieros fueron insuficientes», «la publicidad no fue acertada o llegó tarde», «los candidatos no eran los mejores o no pudieron dedicarse plenamente a la tarea», «diversificamos el discurso», «nuestros adversarios son poderosos y malos», «la prensa nos discrimina» y «la gente no nos comprende».
Puede haber algo de todo eso, sin duda, pero somos de los que creemos que los infortunios no obedecen a ningún mandato divino. Si no nos alcanzó el tiempo ni el dinero, si nuestra propuesta global no fue compacta, si nuestra estrategia publicitaria tuvo deficiencias y si la mayoría del electorado decidió no confiarnos la responsabilidad del gobierno nacional, no todas las culpas son ajenas; alguna responsabilidad nos corresponde.
En lo personal, asumo las responsabilidades inherentes a mi condición de presidente del Encuentro Progresista/Frente Amplio y candidato de esta fuerza política a la Presidencia de la República en las elecciones pasadas. Y permítanme confesarles algo: yo también desearía haber encarado la tarea que ustedes generosamente me encomendaron con algunos años menos, con mayor disponibilidad de tiempo, con más inteligencia política, etc. Pero sucede que, como expresó hace casi cinco siglos Miguel de Cervantes en un pasaje de esa novela magistral que es «Don Quijote de la Mancha», «el hombre es como lo hizo Dios; y a menudo un poco peor…».
Pero también en lo personal creo que el EP/FA no perdió la posibilidad de acceder al gobierno nacional por lo que hizo durante la campaña electoral en sí (que tuvo sus altibajos, pero que en definitiva fue la mejor que pudimos hacer), sino por lo que no hizo a lo largo de los años anteriores al período electoral.
Repasemos mentalmente lo que fueron 1996, 1997 y 1998 para esta fuerza política; el tiempo, la energía y hasta la credibilidad que dedicamos a polemizar entre nosotros y a resolver asuntos internos fue tiempo, energía y credibilidad que le quitamos a lo que es la razón de ser del Frente Amplio: una herramienta política de cambios progresistas al servicio del pueblo uruguayo.
Esa historia no puede repetirse. Como frenteamplistas no podemos permitir que se repita, porque esta fuerza política si bien no nació para ser únicamente una opción electoral, tampoco nació para ser una alternativa de gobierno nacional que nunca se concreta.
Pero tampoco como uruguayos podemos darnos el penoso lujo de desgastarnos en un internismo estéril, porque más importante que el Frente Amplio es el Uruguay y este país ya no resiste esa suerte de «más de lo mismo pero cada vez peor…» que desde hace un buen tiempo le vienen aplicando los gobiernos colorados, blancos o blanquicolorados.
Como presidente del Frente Amplio, me comprometo y los convoco a comenzar a trabajar ahora mismo para que esta historia no vuelva a repetirse, para que el Frente Amplio cumpla cabalmente su cometido histórico y para que la historia de este país cambie en sentido y dirección de progreso y justicia social.
Esta tarea tiene diversos planos que siendo específicos están estrechamente vinculados entre sí. Ante la imposibilidad de referirme en esta ocasión a cada uno de ellos, ubicaré las siguientes reflexiones y propuestas en el que por su importancia engloba a todos los demás y en el cual, si bien mucho hemos hecho, mucho nos queda por hacer: es el plano que refiere a nuestra identidad y al proyecto que impulsamos.
Las fuerzas políticas son creaciones humanas. Por eso, así como los hombres y mujeres a veces necesitamos reflexionar con nosotros mismos para seguir adelante en nuestra vida, también hay circunstancias que imponen a las organizaciones políticas un espacio de reflexión, análisis y elaboración sobre las cuestiones relativas a su identidad y al proyecto que impulsan.
El Frente Amplio vive una de esas circunstancias en las que, sin caer en un internismo estéril ni desatender sus compromisos cotidianos en el escenario político nacional, debe encarar esa tarea de reflexión, análisis y elaboración sobre sí mismo en clave de país y de futuro.
La razón de tal necesidad es evidente; somos un proyecto y una herramienta política en ascenso. Y por serlo, hemos de ser también capaces de elevar la vista más allá de la realidad cotidiana para buscar horizontes nuevos y posibles para el Frente Amplio y, fundamentalmente, para el pueblo uruguayo, que es nuestra razón de ser.
Debemos hacerlo, además, porque aunque no desconocemos el esfuerzo que diferentes organismos e instancias del Frente Amplio han realizado durante los últimos años para responder políticamente a los desafíos de una realidad local, nacional, regional y mundial cada vez más diversa y compleja, sentimos que por diversas razones siempre entendibles pero no siempre justificables, dichas respuestas han sido de corto o mediano alcance y no del todo sistematizadas.
Una fuerza política responsable no puede limitarse a moverse en términos de inmediatez, sino que debe definir y trazar líneas estratégicas de larga duración. Al fin y al cabo, en política como en la vida, la mejor forma de avanzar es tener el horizonte como objetivo.
Un horizonte hacia el cual debemos encaminarnos conjugando la solidez de los valores y principios que nos inspiran, el rigor de las propuestas que impulamos y el pragmatismo (que no es lo mismo que posibilismo) de nuestro accionar cotidiano.
Nos corresponde encarar ese autoanálisis prospectivo y debemos hacerlo desde la unidad que hoy tenemos. No solamente para consolidarla aún más, sino también para ampliarla abarcando a todos los progresistas uruguayos. Porque es evidente que
sólo la unidad de los progresistas puede desarrollar un proyecto de cambios como el que proponemos, y es evidente también que aún no todos los progresistas uruguayos estamos unidos en torno a un proyecto común. Definir las iniciativas para lograr esa unidad más profunda y ancha sobre bases sólidas y transparentes es una tarea inexcusable.
Ahora bien, hay una pregunta que puede ayudarnos a encarar con la vista en el horizonte y los pies en la tierra esa tarea de reflexión, análisis y elaboración sobre la identidad y el proyecto de nuestra fuerza política. Se trata de una pregunta que todos nos hacemos más o menos en reserva pero que es bueno que la asumamos colectivamente y sin dramatismos para contestarla entre todos. Esa pretunta es ¿cómo prepararnos para triunfar en las próxima elecciones nacionales y gobernar el país?
Es imposible responder esa interrogante aquí y ahora. Pero lo que aquí y ahora tenemos que hacer –al menos en mi opinión– es decidirnos a responderla mediante un proceso de definiciones y acciones tendientes a:
* Profundizar nuestros valores y principios fundacionales.
* Consolidar nuestras propuestas programáticas.
Permítanme referirme aunque sea brevemente a cada uno de estos puntos antes de hacer alguna propuesta concreta.
Profundizar nuestros valores y principios fundacionales puede parecer innecesario. Pero basta preguntarnos si hay lugar para la izquierda en el mundo actual o qué es ser de izquierda en el Uruguay de hoy para constatar que en este caso las apariencias engañan.
Vivimos un tiempo de transformaciones civilizatorias pautadas por cambios tan removedores como los que ocurrieron en la segunda mitad del siglo XVIII. Si en aquel entonces las máquinas a vapor y los telares mecánicos determinaron una revolución productiva y cultural de fuertes efectos en la economía y la sociedad, el vertiginoso avance científico técnico de las últimas década del siglo XXI está transformando profundamente todos los aspecto de la vida humana.
La revolución tecnológica, tal como está planteada, tiende a acentuar históricas desigualdades; lo hace casi todo posible para unos pocos que tienen mucho pero deja por el camino a muchos que tienen demasiado poco (tan poco, que ni siquiera ejercen el elemental derecho a alimentarse adecuadamente).
Estrechamente vinculado a lo anterior, vivimos la progresiva transformación de la actual estructura de las relaciones económicas, sociales y culturales a escala mundial en un sistema transnacional cada vez más integrado, único y global.
Sin embargo, aunque la humanidad parece estar sólidamente integrada, lo cierto es que los seres humanos estamos más solos e incomunicados que siempre. A diferencia de lo que sucedió en el siglo XVIII, cuando la revolución industrial interactuó con una revolución de las ideas, los avances tecnológicos de fines del siglo XX no han tenido su correlato en el campo del pensamiento humano.
De ahí entonces que la fragilización de las relaciones sociales y el abandono de ciertos valores comunes hayan desembocado en este dogma ultraliberal según el cual el hombre vale lo que tiene y cada uno debe arreglárselas como pueda.
Aunque nos cueste reconocerlo, lo cierto es que somos protagonistas de esta realidad global. Es imposible no serlo, pero es posible y necesario serlo críticamente, asumiendo que la actual globalización, parcial e imperfecta, puede y debe ser transformada para ofrecer oportunidades de crecimientoa todos. La clave para ello radica en tener la voluntad política –es decir, la convicción y el coraje– para globalizar no sólo la economía sino también la paz, la libertad, la democracia, la justicia y la solidaridad.
«No sabemos exactamente a dónde vamos sino tan solo que la historia nos ha traído hasta acá», expresa el historiador inglés Eric Hobsbawn en el párrafo final de su «Historia del Siglo XX». Y agrega: «Sin embargo una cosa está clara: si la humanidad ha de tener un futuro, no será prolongando el pasado o el presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre estas bases, fracasaremos. Y el precio del fracaso en la transformación de la sociedad será la oscuridad…»
Para transformar la realidad primero hay que entenderla y ello supone, ante todo, asumir que este tiempo de cambios civilizatorios, como todo «tiempo fronterizo», está lleno de situaciones nuevas que también requieren nuevas respuestas.
Ser de izquierda es comprender ese inexorable cambio civilizatorio e integrarse al mismo aportando nuestros valores, nuestros principios y nuestra experiencia (que son, al fin y al cabo, nuestro irrenunciable patrimonio). Quien refugiándose en la nostalgia o zambulléndose en un utopismo fácil piense que se puede formular un proyecto de izquierdas, se equivoca.
Se equivoca también quien piense que un proyecto de izquierda se puede construir sumando acríticamente una serie de reinvindicaciones sectoriales. Los corporativismos no son otra cosa más que la expresión de una propuesta política sin sustento ideológico y, por tanto, condenada al fracaso.
Y se equivoca quien, encandiado por las estadísticas que señalan nuestro constante crecimiento electoral, cree que el Frente Amplio es perfecto y su triunfo es apenas una cuestión de tiempo.
El peor error que podemos cometer quienes nos definimos de izquierda, es negarnos el derecho a actualizarnos, a ser cada día mejores. Negarnos ese derecho significaría no solamente renunciar a una seña de identidad de la izquierda misma, sino también defraudar la confianza y esperanza que los uruguayos, en número cada vez mayor, nos vienen demostrando elección tras elección.
No somos infalibles, pero no cometemos ese tipo de errores.
Y tampoco caemos en la equivocación de confundir actualización con devaluación de las ideas. Porque no es lo mismo una izquierda en constante proceso de actualización ideológica que una izquierda ideológicamente empobrecida; la primera es imprescindible; la segunda no es izquierda, es una vía muerta.
En ese marco, debemos asumir que el proceso ideológico de la izquierda uruguaya durante los últimos años ha estado pautado, más que por una auténtica y rigurosa actualización a partir de su propia tradición, por una suerte de continua revisión programática para superar contingencias ineludibles e inmediatas (revisión necesaria pero insuficiente para una fuerza política que aspira a gobernar un país cuyo electorado, afortunadamente, piensa mucho antes de votar).
Debemos actualizarnos. Y debemos hacerlo con solidez en los valores, rigor en las propuestas y flexibilidad en la acción política.
La libertad, la igualdad y la solidaridad son valores fundamentales al tan necesario como posible desarrollo económico y al inexcusable respeto a la individualidad de cada ser humano del secuestro intelectual al que actualmente los tiene sometidos el pensamiento conservador. ¿Quién dijo que tales principios son patrimonio exclusivo de la derecha?
Pero además de rescatarlos debemos integrarlos para resolver lo que ha sido y aún es el reto más importante de la izquierda: combinar la eficiencia económica y la redistribución social en un marco de libertad, democracia y justicia.
Tal integración no es sencilla ni automática, pero hay una clave que la derecha desdeña y que nosotros reivindicamos: la política.
El pensamiento conservador encuentra en la globalización una coartada para reducir la política a una mera gestión de situaciones concretas y dejar que las fuerzas del mercado se encarguen del resto.
Para nosotros la sociedad no es una feria ni los seres humanos son una mercancía. Y sólo desde la política
, en tanto síntesis de los valores que le dan sentido y acción que intenta llevarlos a la práctica, la comunidad puede afirmarse como tal, mejorar su presente y construir su futuro.
Debemos reivindicar la política entendida como acción colectiva al servicio de la comunidad. Y ello pasa por afirmar y dignificar a los partidos políticos y a las instituciones democráticas, pues ellos son las herramientas más idóneas para consolidar una cultura de tolerancia y paz, para desdramatizar esa trama de conflictos que es cualquier sociedad, y para asumir cada conficto como una posibilidad de auténtico desarrollo social.
En política los valores y principios son fundamentales. Pero no son suficientes. Han de complementarse con propuests programáticas y objetivos políticos creíbles y posibles.
Los avances que en esta materia hemos procesado son innegables y sustanciales. Una prueba de ello –no la única pero tal vez la más notoria– es la propuesta programática impulsada por el Encuentro Progresista a lo largo del ciclo electoral 1999/2000.
Pero, ¿cómo será el Uruguay en el 2004?, ¿y en el 2009? ¿A qué problemas específicos deberá responder nuestra propuesta? ¿Cuáles de ellos serán los prioritarios?
Imposible hacer pronósticos. Sin embargo, existen tendencias que nos permiten tener cierta visión prospectiva de ese futuro, anticipar algunas situaciones y plantear alternativas a las mismas. Al fin y al cabo, esa es la tarea sustancial de cualquier fuerza política.
Debemos prestar especial atención a esas tendencias que, como criterio metodológico (arbitrario, discutible y perfectible, por cierto), hemos agrupado en los siguientes siete ítem:
1. Mundialización de los problemas, globalización de la economía e integración regional.
Vivimos en un mundo interdependiente y en el cual ninguna nación, por poderosa que sea, puede resolver por sí sola sus problemas o imponer a las demás su voluntad.
Además, el actual modelo de globalización económica es la mejor forma de convertir a la economía mundial en un gran casino, y la «nueva economía» que ahora se presenta como alternativa a tal caos es insuficiente para detener la creciente desviación especulativa de la economía de mercado.
Esta realidad internacional se expresa también en nuestra región y en su mecanismo de integración.
Tal vez la propia sigla Mercosur sea errónea, pues nuestra región no es solamente un mercado.
En realidad, es bastante más que un mercado, aunque frecuentemente ello pase desapercibido.
Pero que el Mercosur sea una herramienta imperfecta no invalida la integración en sí.
Debemos elaborar e impulsar un proyecto de integración regional económica, pero también social y política.
2. Un nuevo pacto social para hacer compatibles el crecimiento económico y el progreso humano en un modelo de desarrollo sostenible.
Nunca antes como ahora la humanidad tuvo tanta capacidad de innovarse ni dispuso de tanta riqueza, pero también nunca antes ha sido tan grande la diferencia entre ricos y pobres, ni ha habido tantas expresiones de fracturas y exclusiones sociales.
No ha sido la izquierda la única o mayor responsable del actual estado de cosas. Pero ello no la exime de la responsabilidad histórica de elaborar e impulsar un proyecto que, como alternativa al decadente fundamentalismo conservador, revitalice el humanismo y ponga la economía al servicio de la gente.
Lo hemos dicho antes y lo reiteramos hoy: creemos necesario un nuevo pacto social por el crecimiento económico, el progreso humano y el desarrollo sustentable.
Un pacto social sobre tres líneas de actuación, todas ellas igualmente importantes:
* apostar decididamente por la modernización económica y social.
* eliminar las desigualdades sociales heredadas y/o emergentes.
* promover una ciudadanía libre y responsable.
3. Estado y mercado.
Los derechos sociales y económicos de la gente requieren de la intervención pública sobre la economía para garantizar su vigencia.
Pero somos conscientes de que la relación entre el Estado y el mercado, entre lo público y lo privado, es menos esquemática y mucho más compleja de lo que a veces ha reflejado el pensamiento económico de la izquierda.
¿Cómo combinar eficiencia económica y redistribución social?
Vivimos en una sociedad donde el mercado tiene un papel importante y debemos saber aprovechar para todos sus oportunidades, pues la competencia en el mercado es clave para que los ciudadanos puedan disponer de mercancías y servicios mercantiles en cantidad, calidad y precios razonables.
Pero el libre funcionamiento del mercado no asegura que éste opere adecuadamente. Por eso mismo, hemos de impulsar un proceso de reforma reguladora del mercado que evite sus frecuentes descompensaciones y efectos desigualitarios.
Por otra parte, el no revisar y adaptar el actual modelo estatal a los nuevos tiempos es la mejor forma de condenar al Estado a una lenta agonía. Debemos repensar el modelo de Estado, tanto por compromiso ético como porque el Estado es garantía de cohesión social. Pero debemos hacerlo sabiendo que la reforma del Estado trasciende ampliamente la reducción de su tamaño y que debe orientarse a desarrollar un nuevo modelo de relacionamiento entre el sector público y la sociedad civil, entre el sector público y los actores económicos, y entre el funcionario público y el ciudadano.
Nuestro objetivo ha de ser lograr la conformación de un Estado que vele por los derechos esenciales de la gente y reasigne recursos para dar cumplimiento a los mismos; un Estado que gestione y controle los sectores estratégicos de la nación, un Estado articulador, orientador, coordinador de grupos e iniciativas, técnicamente capacitado para ejercer el liderazgo en los emprendimientos colectivos así como para apoyar iniciativas privadas que apuntalen el desarrollo económico, regulador de la actividad privada cuando la misma no contemple el bienestar general, el medio ambiente o el patrimonio nacional.
4. Educación, tecnología, trabajo y empleo.
La globalización económica y el nuevo entorno tecnológico han alternado radicalmente el propio concepto de trabajo y provocado cambios profundos en la estructura ocupacional. Y el Uruguay no es ajeno a esas transformaciones que se manifiestan en una peligrosa dualidad: mientras algunos sectores trabajan, producen y consumen como nunca, otros parecen ser productiva y socialmente excluidos para siempre.
Sin embargo, sería ridículo afirmar que el desarrollo científico y la globalización son los culpables de la pobreza y la marginación. Lo que genera pobreza y marginación es el modelo de globalización actualmente imperante y la apropiación de los frutos de este desarrollo por parte de las minorías que lo financian. Estos son los factores que debemos revertir.
Y, teniendo en cuenta que la inteligencia humana y el conocimiento son en última instancia las claves determinantes de todo progreso, hemos de promover una fuerte apuesta a la educación en todos sus niveles como espacio fundamental para la enseñanza, el desarrollo, la consolidación y la introyección colectiva de los principios éticos aplicables a todas las actividades humanas.
No basta con que nuestros jóvenes aprendan y obtengan un título que los habilite para desempeñarse laboralmente. También han de desarrollar un espíritu crítico y solidario que los prepare para el pleno ejercicio de sus derechos y responsabilidades ciudadanas.
5. Democracia y ciudadanía.
La profundización y la extensión de la democ
racia configuran en sí mismas un objetivo fundamental para la izquierda. Porque la política es democrática o no es política, y la democracia se ejerce sobre bases de ciudadanía o se convierte en una farsa.
La ciudadanía es, pues, objeto y sujeto de la acción política. En esa doble condición debemos fortalecerla renovando las bases democráticas de la sociedad y promoviendo mecanismos que acerquen más la política a la gente.
En ese marco, las formas de garantizar el imperio de la ley, el contrapeso de los poderes (los clásicos, pero también otros como el de los medios de comunicación), la transparencia de todo acto que incida sobre la ciudadanía y –especialmente– la mejora de los mecanismos de representación y participación popular, merecen una atención jerarquizada de nuestra parte.
Paralelamente, debemos jerarquizar adecuadamente el ámbito local en tanto expresión cercana y directa de lo que es la sociedad civil. La acción municipal, por su proximidad a los ciudadanos, es tal vez el campo más fértil para el desarrollo de una acción política innovadora, transparente y progresista. Un campo en el que hemos hecho mucho y en el que aún tenemos mucho más por hacer.
6. La liberación del individuo como horizonte de la izquierda.
Para nosotros la libertad es el hecho más fascinante de la vida humana.
El compromiso con la libertad es nuestra razón de ser. ¡Y vaya si los frenteamplistas hemos dado muestras de fidelidad a ese compromiso!
Un compromiso de emancipación colectiva, es cierto, pero a partir de la plena realización personal de los individuos. No hay, pues, contraposición entre izquierda y libertad ni entre izquierda e individualidad en tanto cualidad que hace única a cada persona y a todos iguales en derechos y responsabilidades.
Ante la intolerancia e insolidaridad que caracterizan al pensamiento conservador, debemos enfatizar nuestro proyecto de libertad, tolerancia e igualdad basado en el respeto a cada individuo y –simultáneamente– en el compromiso solidario de todos.
7. Una causa común para todos los progresistas uruguayos.
Hemos dicho que por ser una fuerza joven tenemos más sueños que recuerdos. Queremos hacer realidad nuestros sueños y sabemos que ello sólo será posible sobre bases de amplios y sólidos consensos políticos.
Hay una mayoría social que cree que es posible un Uruguay mejor y que vale la pena trabajar para construirlo.
Si creemos en la necesidad de agrupar a todos los progresistas uruguayos en torno a esa causa común, ¿qué rol le asignamos al Frente Amplio y al Encuentro Progresista en la misma?, ¿qué estamos haciendo para que tanto el FA como el EP puedan asumir su rol?, ¿y qué pasa con el resto de las fuerzas políticas que se definen progresistas?, ¿y con las demás expresiones de la sociedad?
Las respuestas a tales interrogantes hemos de formularlas con un lenguaje político preciso y comprensible, pues los publicistas, por buenos que sean, no pueden hacer milagros: la credibilidad de cualquier fuerza política radica, fundamentalmente, en su capacidad de entender a la gente y sintonizar con las necesidades, esperanzas y posibilidades de la sociedad.
Probablemente muchos de ustedes, o tal vez todos, estén pensando que he sido muy extenso y poco concreto al referirme a esa tarea de reflexión sobre nuestra identidad que creo debemos encarar en el marco de la respuesta a aquella pregunta, sobre lo que tendríamos que hacer para ganar las próximas elecciones nacionales y gobernar el país.
Lo de extenso es indiscutible.
Lo de poco concreto fue premeditado por dos razones principales:
* porque las opiniones que expresé no intentan ser más que una suerte de catalizador de un proceso de actualización de ideas y perfeccionamiento de propuestas que hemos de encarar entre todos.
* porque me pareció conveniente situar este modesto aporte inicial en clave de ética y política ya que tanto en mi condición de hombre de ciencia como en la de ciudadano con responsabilidades políticas he llegado a una misma conclusión: después de un siglo XX tan convulsionado y de final tan preocupante en el mundo, la región y el país, el futuro ha de ser de valores y principios o no será futuro; será apenas un continuismo inercial.
Pero tales explicaciones no son más que eso; explicaciones.
Lo importante es que cerrada la necesaria evaluación política del desempeño del Frente Amplio durante el ciclo electoral 1999/2000, asumamos plenamente las responsabilidades que la ciudadanía nos ha confiado –que no son pocas, por cierto– y comencemos, simultáneamente, a trabajar para que el próximo gobierno nacional sea el que por fin inicie los cambios progresistas que el país reclama y merece.
Si hay acuerdo sobre ello, la presidencia del Frente Amplio propone además a este Plenario:
* desarrollar esta tarea de análisis y elaboración sobre nuestra identidad ideológica y proyecto programático en el marco del 30° aniversario de la fundación del Frente Amplio.
* encomendar a la Mesa Política del Frente Amplio coordinar el proceso de análisis y elaboración antes mencionado.
* facultar a la Mesa Política para que, con el apoyo de las comisiones nacionales y grupos de trabajo correspondientes, concrete de aquí a fin del presente año una serie de talleres temáticos abiertos a la participación de los frenteamplistas para abordar diversos aspectos que hacen a la identidad y el proyecto de nuestra fuerza política.
* Las conclusiones de dichos talleres serán sistematizadas por la Mesa Política y transferidas a este Plenario Nacional para su consideración en el transcurso del primer trimestre del año 2001.
* desarrollar este proceso en sintonía con el Encuentro Progresista.
Iniciamos nuestra exposición diciendo que la relación entre pasado y futuro es biunívoca.
Nuestra propuesta no apunta a romper con el pasado del Frente Amplio (un pasado que asumimos con orgullo). Pero quiere ayudar a forjar desde esta fuerza política un futuro mejor y posible para todos los uruguayos.
Y es lógico que así sea: al fin y al cabo, aunque recogemos una vieja y noble tradición, somos una fuerza política joven.
Más allá de la edad biológica de cada uno de nosotros, lo cierto es que los frenteamplistas somos jóvenes.
Tenemos casi 30 años. Y a esa edad se tienen más sueños que recuerdos… Pero es una buena edad para que los sueños se hagan realidad.
Y eso depende, básicamente, de nosotros mismos.»
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