La compleja tarea de buscar un camino propio en el progresismo
Ese alerta sobre posibles intentos de tutelar al país tiene varios destinatarios, incluido Estados Unidos, pero también se refiere a la familia progresista del sur del Río Bravo, que es ideológicamente modélica.
Mientras este discurso se transmitía por televisión y radio en nuestro territorio, el sistema político uruguayo fue testigo de un Presidente que habló con firmeza e inteligencia, tomando parte del cuerpo teórico de los grandes (también de los chicos) capitalistas del mundo, como fueron sus referencias al liberalismo económico y a la necesidad de que se practicara de ida y vuelta en el comercio mundial, con la intención de demostrarles que sus planteos sufren de doble discurso.
Frente a esas pantallas de televisión no sólo estaba el uruguayo común, sino también la dirigencia de izquierda que rezaba por que el Presidente no se cayera a la derecha, en tanto la gran mayoría de esos dirigentes, incluidos los ministros, sentían náuseas al ver al «compañero Presidente» a los besos con Condoleezza y dándose la mano con uno de los más peligrosos y burros presidentes de los Estados Unidos, mister George W. Bush.
A la vez los dirigentes de la derecha practicaban su «contrarrezo» para que el Presidente se jugara a fondo y definitivamente a favor de un Tratado de Libre Comercio ultraliberal (no todos los TLC son iguales) y rompiera con el Mercosur.
Lo más sorprendente de estas dos actitudes opuestas y contradictorias, es que no vimos angustiados a ninguno de ellos, de izquierda o de derecha, por saber si el país había logrado o no colocar más carnes o ingresar a ese mercado con los textiles, los lácteos y el software. El tema, para ambas posturas, era de carácter político o ideológico, fundamentalmente.
Nada es sencillo
El gran debate que tiene la izquierda, muchas veces con su propia almohada, es saber si está a tono con sus postulados históricos o si se aparta de ellos, al comerciar (identifica comercio con claudicación) con Estados Unidos.
Cae en esta dicotomía porque no se plantea si hay un camino propio para un país como Uruguay, dentro del bloque de las fuerzas progresistas.
A la izquierda le ha costado reconocer que no hay una estrategia única para los pueblos latinoamericanos que buscan un nuevo orden económico, mientras que Vázquez parece, con contradicciones, desarrollar una política internacional que tiene zonas de contacto con las diferentes corrientes del progresismo latinoamericano.
En la izquierda latinoamericana no es ni ha sido sencillo plantarse en el escenario continental con cabeza propia. Ya en 1966, cuando la reunión de la OLAS en La Habana, Rodney Arismendi, secretario general del PCU, tuvo que soportar cualquier tipo de calificativo hiriente porque no apoyó la generalización de la lucha armada en el continente y no por ello se apartó de Cuba y de la izquierda latinoamericana.
Hoy, para algunos intelectuales de izquierda, si un país no se incorpora al ALBA –la alianza política de Cuba, Venezuela y Bolivia–, se coloca fuera del campo del progreso y del cambio. Esta visión estrecha lleva a no respetar tiempos, posibilidades y condiciones políticas, por eso se estigmatiza el intento de Vázquez por redefinir el Mercosur, a la vez que amplía el comercio con Estados Unidos y otras grandes potencias (países o regiones) del escenario mundial.
No hay ningún elemento más o menos serio para establecer que Vázquez se salió del campo progresista, como antes se habría salido Chile, si es que estos críticos tuvieran razón al sentirse molestos con los pasos que ha dado ahora el Presidente uruguayo y antes Ricardo Lagos.
¿Alguien ha pensado cuánto avanzaría nuestro país incorporándose sólo al ALBA?
¿Es posible pensar en un país próspero dentro de una alianza con los más débiles, como son Uruguay, Paraguay y Bolivia?
¿Hay posibilidades de crecimiento encerrados en un Mercosur en el que los dos grandes piensan más en subordinarnos a sus intereses que construir salidas colectivas?
Por más esfuerzo que se haga, no se encuentran respuestas positivas.
Pero también valen otras interrogantes. ¿Se puede pensar una América Latina con Fidel, Chávez o Evo Morales derrocados por la fuerza? Decir que sí, sería un acto criminal. ¿Se puede soñar con un continente desintegrado y progresista? Una respuesta afirmativa, sería esgrimir una nueva y grave estupidez.
El desafío que se ha planteado Vázquez no es sencillo, pero da la impresión de que es un camino que está dispuesto a recorrer con firmeza.
Por un lado se propone seguir en el Mercosur y mejorar las relaciones y los acuerdos con todos los países del continente –incluidos los del ALBA–, mientras sale a la búsqueda de los grandes mercados que son hoy los dinamizadores de la economía mundial. ¿No fue esto lo que hizo cuando los ministros Mujica, Muñoz y Arismendi visitaron Cuba, horas antes de que el Presidente pisara México y después Estados Unidos?
Da la impresión de que así fue, porque no es creíble que los tres ministros llegaron a Cuba porque se equivocaron de avión.
El pasado viernes hubo dos hechos que apuntaron en el sentido anterior. Pável Rondon, vicecanciller de Venezuela, dijo en nuestro país que los dos gobiernos están trabajando en la construcción de la Comunidad Sudamericana de Naciones «que tome en cuenta las desigualdades» existentes entre los países.
Por su lado, unas horas después, el ministro Mujica propuso un TLC con Venezuela, para no quedar atados a un solo país.
En política exterior, como en muchos aspectos de la política interna, Vázquez ha mostrado pragmatismo e imaginación, pero le ha faltado un discurso elaborado y la exhibición de una nueva concepción teórica. Mucho va a tener que trabajar el Poder Ejecutivo sobre estos aspectos, porque entre los líderes y partidos de la izquierda latinoamericana –particularmente Lula y Kirchner– hay un malhumor creciente por su reciente visita a Washington. *
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