Sepelio de una sobreviviente del nazismo convocó ayer a toda la colectividad judía
En la tarde de ayer más de doscientas personas – entre las que se encontraba el embajador de Israel en Uruguay, Yoel Bernea – se congregaron en el cementerio israelita, ubicado en la ciudad de La Paz, para despedir con una ceremonia tradicional los restos mortales de Ana Benkel de Vinocur.
En una emotiva oratoria, los principales dirigentes de la colectividad judía en Uruguay, coincidieron en señalar que la lucha permanente de Vinocur contra «la muerte y nazismo», así como en que el principal legado que dejó esta mujer sobreviviente de los campos de concentración de Auschwitz es misión de continuar su lucha por la preservación de la memoria.
En tal sentido, Rodolfo Winter, quién habló en representación del Centro de Recordación del Holocausto – institución cuya creación fue impulsada Vinocur -, instó a proseguir con las tareas en pos del esclarecimiento y enseñanza del holocausto iniciadas por ella debido a que estas son «un deber y un mandamiento».
Igualmente, el presidente de la Comunidad Israelita del Uruguay, Ernesto Stolowicz, se refirió a las acciones educativas y de divulgación realizadas por Vinocur señalando su convicción acerca del «supremo valor de la memoria», a la vez que indicó que la obra sin título referente al holocausto escrita por ella «ahora sí tendrá título y coincidiremos en que será «Ana de Vinocur una vida de lucha por la memoria».
Por su parte Abel Bronstein, quién habló en nombre de la familia Vinocur, recordó en base a palabras de Simón Bishental que las tareas de la fallecida tenían se sustentaban en el precepto de que «no compartir una parte de la historia de la humanidad con el resto es una traición a la humanidad».
Memoria hacia el futuro
El presidente del Comité Israelita del Uruguay, Ernesto Kreimmerman, resaltó la participación de Vinocur que tuviera lugar unos tres meses atrás en la Cátedra de Derechos Humanos de la Unesco en el Paraninfo de la Universidad de la República, como el evento culmine de su militancia en pos de la memoria.
Asimismo destacó que la figura de esta mujer debe ser recordada por toda la sociedad uruguaya como un ejemplo de «dignidad humana que habiendo sobrevivido el holocausto no se dedicó a hablar del holocausto sino de la recuperación de la dignidad para que una tragedia similar no volviera a ocurrir. Es decir, un aporte de moral y ética, con una actitud de futuro, con la memoria como ejercicio de vida y no de muerte».
Según Kreimmerman la militancia de Vinocur, y de otros sobrevivientes, posibilitó que la colectividad judía «hoy pueda enterrar a sus muertos como judíos», ya que este acto representaba victoria de un conjunto de valores universales (promovidos por ella) sobre el fascismo, lo que relacionó con las investigaciones en el campo de los Derechos Humanos que tienen lugar en Uruguay como consecuencia de que «ahora mismo hay personas que todavía no lo pueden hacer (enterrar a sus seres queridos)».
El acto recordatorio culminó con las palabras del rabino Eliezer Shemtov, quién remarcó que el holocausto provocó dos perdidas: una de la «vidas judías» y otra «de la vida judía». En ese orden destacó que las «vidas» se perdieron hace 60 años, mientras que la «vida» de la colectividad continua extinguiéndose; y llamó a homenajear la memoria de Vinocur realizando ejercicios de recuperación de la vida colectiva a través de acciones particulares.
Los recuerdos de Ana
Ana Vinocur nació el 25 de setiembre de 1926 en Lodz, Polonia; en el seno de una familia judía: Henojwolf, su padre comerciante, su madre, Rivka, y sus dos hermanos, Enrique un año y medio mayor, y Leibusch varios años menor.
En 1939, tras la invasión alemana, su ciudad se transformó en ghetto; y su hermano menor fue exterminado con todos los niños del lugar.
A mediados de 1944 fue trasladada a Auschwitz y luego al campo de Stutthof.
Milagrosamente salvó su vida y el 3 de mayo de 1945 alcanza la libertad junto a su amiga Yanka Wasik.
El 17 de agosto de 1947 se reencuentra en Uruguay con su hermano Enrique, también sobreviviente.
Ya instalada en el país contrae matrimonio con Alberto Vinocur, con quién tuvo dos hijos: Víctor y Rita; y cuatro nietos: Sharon, Natalik, Ronit e Ilana.
Escribió «Un libro sin título», que mereció premios del Ministerio de Educación y Cultura entre otros galardornes, y «Luces y sombras después de Auschwitz», que fue reeditado como «Volver a vivir después de Auschwitz».
Además se la considera el «alma mater» del Centro para la Recordación del Holocausto, institución que cuya creación fue promovida por ella con el objetivo de divulgar las consecuencias del holocausto tanto entre la comunidad judía como entre el resto de la sociedad.
Bien vale la pena recordar como Vinocur describía Auschwitz con palabras muy vívidas y sin odio: «cuando llegamos vimos gente esquelética, sin pelo, con uniformes a rayas. Nos pusieron en barracones, nos cortaron el pelo, nos raparon. Llegar a Auschwitz fue terminar con los engaños: ahí nos encontramos con toda la verdad. Cuando bajamos de los trenes separaron los hombres de las mujeres, yo fui con mi mamá y mi hermano fue con papá: fue la última vez que vi a mi padre. Yo siempre fui muy preguntona, entonces le pregunto a la carcelera: «decime… ¿qué hicieron con los niños?», y ella me mostró el humo que salía de las chimeneas y me dijo: «en estos momentos están los gitanos; los niños ya pasaron por ahí».
Yo no entendía lo que me decía esa mujer: «¿qué estás diciendo? ¡vos estás loca!» le decía. «Ustedes vinieron acá engañados, están destinados a pasar por ahí: acá se entra por la puerta y se sale por la chimenea» decía señalando los hornos.
Cuando se supo qué había pasado realmente con los niños: la gente lloraba, se pegaba la cabeza contra las cuchetas, no quería seguir viviendo.
Muchos se volvieron locos. Y no podíamos hacer nada, las alambradas estaban electrificadas, lo único que podíamos hacer era escupirles la cara y el que lo hacía caía muerto enseguida. Todos los días había fusilamientos, suicidios… Nos daban un plato de sopa para cinco personas y un pedacito de pan; tomábamos un sorbo cada una.
Y pasábamos mucho tiempo parados esperando el conteo, porque nos contaban permanentemente, y estábamos horas y horas, cuando llovía, cuando nevaba… siempre.
Siempre mantuve la esperanza de que eso se terminara algún día; a veces veíamos los aviones aliados que pasaban y eso nos daba esperanza…» *
Compartí tu opinión con toda la comunidad