"Sin vencidos ni vencedores", justificó la convivencia de torturados y torturadores
-¿Por qué elige el período 1985-2005?
-Entre el año 1985 y el 2005, el Estado, los partidos, el Parlamento, los gobernantes, a pesar de las expectativas democráticas de la sociedad, no cumplieron los fines y funciones tradicionales, luego de quince años de crisis del Estado de derecho, de gobiernos autoritarios, entre 1968 y 1973, y de la dictadura. Sin embargo, el discurso dominante en estos últimos 20 años, restauró el relato de la «excepcionalidad» de la sociedad uruguaya y las «virtudes» del sistema, su carácter partidocrático, la racionalidad de los políticos tradicionales, la democracia «sin adjetivos», el monopolio de las ideas liberales, la intolerancia de la izquierda, el carácter decimonónico del marxismo. A tal punto, que esas ideas dominantes se transformaron en el sentido común de la democracia restaurada.
El poder del consenso
-¿Cómo sucedió eso?
-Precisamente, en el libro se analiza cómo se restaura la legitimidad y la creencia de los uruguayos en las instituciones y sujetos políticos tradicionales a partir del discurso del Estado y su amplificación por los medios masivos de comunicación. Y dicho análisis se encuadra en una nueva reconfiguración de las relaciones de poder: el pasaje de un poder estatal asentado en la fuerza física y el miedo bajo dictadura a un poder asentado en el consenso y la integración disciplinada de la sociedad al orden democrático. De allí, la capacidad de significación de la palabra política y la transformación del lugar de enunciación estatal en un lugar de autoridad para monopolizar el «buen» sentido democrático.
-¿Es la palabra como fuerza ideológica?
-A «hacer orden con palabras» se dedicó la clase gobernante tradicional hasta la crisis del año 2002, es decir, a naturalizar las relaciones de dominación presentándolas como «datos de la realidad», a anonimizar las relaciones de poder presentándolas como relaciones despersonalizadas del mercado, a justificar como ajenas a la voluntad e intenciones de los gobernantes las sucesivas crisis, errores y omisiones de gestión. En una palabra, si los uruguayos vivimos durante 11 años el poder de facto, ahora, debimos soportar el poder de lo fáctico en democracia, el poder de las estructuras y de la realidad «tal cual es», sin alternativas reales ni imaginadas. Justamente, el aspecto coercitivo del sistema radica no en las represiones y prohibiciones policiales sino en la imposición de un sentido y discurso único que no deja otras alternativas al sistema capitalista y la democracia elitista, estigmatizadas como «irracionales», «decimonónicas», «demagógicas».
-¿Estamos ante un discurso cuyas partes se complementan?
-Se trata de la imposición de nuevos signos económicos (privatización, modernización, inversión extranjera, economía de mercado, riesgo país); criterios de verdad social (racionalidad, sensatez, tolerancia); estructuración de la agenda pública (reforma del Estado, de la seguridad social, flexibilidad laboral) y la prescripción como valores de sus signos ideológicos (el centro político, el liberalismo). Sobre ese conjunto de signos ideológicos giran todas las demás significaciones sociales, incluidas las de izquierda, y se delimita lo que puede o no puede ser dicho en democracia para ser aceptado como «racional» y «tolerante» por el establishment nacional e internacional.
El pasaje al liberalismo conservador
-¿El discurso dominante terminó por imponerse?
-La izquierda no tomó suficientemente en cuenta esta peculiar rearticulación del poder y que el proceso de transición de la dictadura a la democracia incluía un proceso de transición discursiva, la lucha por las palabras y los símbolos de los años sesenta y la resistencia al autoritarismo. En ese sentido, el discurso dominante se impone por vaciamiento de la argumentación del adversario y la ampliación de la propia, por identificar las alternativas con el realismo y el pragmatismo políticos, es decir, la total coincidencia entre las necesidades del capitalismo y las decisiones gubernamentales.
-¿El discurso dominante de hoy es continuidad del discurso dominante de los 60?
-El consenso dominante incluyó una interpretación estereotipada de la historia reciente del país, que trasladó la discusión no al golpe de Estado, la dictadura y los responsables institucionales sino a los años sesenta, la radicalización social y los desafíos armados de actores no-estatales. Ese discurso del «sin vencidos ni vencedores», repetido durante 20 años, actuó como una fijación de sentidos que justificó la obediencia de la sociedad y la convivencia pacífica, en pie de igualdad, de víctimas y victimarios, torturados y torturadores. A través de ello, el discurso de los gobernantes tradicionales establece una línea de continuidad con su discurso de los años sesenta, confirmando el pasaje definitivo del liberalismo democrático al liberalismo conservador. *
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