Eran los ojos y oídos de los oficiales militares reticentes a declarar ante la Justicia

Veinte soldados, administrativos y subalternos del SID saben qué pasó con María Claudia

Una veintena de soldados que trabajaban en el Servicio de Información y Defensa (SID) en los años 1976 y 1977 fueron testigos de los operativos, las órdenes y decisiones que adoptaron los oficiales que ahora pueden ser citados a declarar ante la Justicia por violaciones a los derechos humanos.

El grupo de efectivos, que cumplía funciones como personal subalterno o administrativos en el edificio que hoy ocupa el Centro de Altos Estudios Nacionales (Calen) en la avenida Bulevar Artigas y Palmar sabe detalles, entre otros, de lo ocurrido con María Claudia García de Gelman.

Un listado con los nombres, datos filiatorios y eventualmente direcciones de aquellos funcionarios del Ministerio de Defensa Nacional que trabajaron en el SID en los años de la dictadura, fue suministrado ayer por LA REPUBLICA al Juzgado Penal de 2º Turno, para citarlos como testigos.

Algunos de los mencionados en el listado ya han dado información y documentación sobre distintos hechos ocurridos en aquellos años, otros saben pero aún no han dicho y hay quienes hasta se terminaron asociando empresarialmente con los oficiales del SID que entonces les mandaban.

 

Testigos de sustracción0

María Claudia, nuera del poeta Juan Gelman, fue secuestrada en Buenos Aires en agosto de 1976, junto a su esposo, Marcelo Gelman. Estuvo detenida junto a un grupo de uruguayos en el centro de torturas Automotores Orletti y fue luego trasladada a Montevideo y recluida en el subsuelo del SID.

La joven argentina, que no tenía militancia política alguna, según acepta el informe final de la Comisión para la Paz, estaba embarazada y fue llevada al Hospital Militar cuando dio a luz una hija, Macarena, que luego fue entregada a un oficial de Policía radicado en el departamento de San José.

«La Comisión para la Paz concluye que el secuestro de esta joven, sin relación alguna con el Uruguay, no tiene explicación lógica y sólo pudo obedecer al propósito de sustraerle su bebé», señalaba el informe final del grupo de trabajo creado durante la administración del presidente Jorge Batlle.

La sustracción de niños también fue aplicada sobre el grupo de uruguayos secuestrado ese año en Buenos Aires, quienes permanecieron detenidos en Orletti junto a María Claudia, y algunos de los cuales también habrían sido trasladados en un «segundo vuelo» a Uruguay, donde fueron desaparecidos.

Anatole y Victoria Julien Grisonas, hijos de los uruguayos Roger Julien y Victoria Grisonas, fueron secuestrados en Buenos Aires el 26 de setiembre de 1976. Los padres desaparecieron. Ellos fueron llevados a Uruguay, pero se los encontró abandonados por «alguien» en la ciudad de Valparaíso, Chile.

En ambos delitos de sustracción de menores, los soldados del SID fueron testigos. Algunos de ellos ayudaron a María Claudia luego del parto, otros, fueron quienes instrumentaron la permanecia de los niños Julien en Uruguay y su posterior traslado a Chile.

 

Los ojos y los oídos

Entre aquellos funcionarios del SID se destaca el caso del ex agente Julio César Barboza, quien hizo público su testimonio y llegó a confesar su participación en el caso del secuestro del maestro Julio Castro, quien fue llevado a una casona en Millán y Loreto Gomensoro, antes de su desaparición.

Otros subalternos, que también han aceptado hablar en forma anónima o reservada, permitieron a LA REPUBLICA elaborar el listado de nombres de los soldados del SID que ayer fue entregado al juez penal de 2º Turno, Gustavo Mirabal, y el fiscal Enrique Moller, para que se los cite como testigos.

Los soldados del SID eran los ojos y oídos del grupo de oficiales militares que durante dos decenios se ha mostrado reticente a concurrir a declarar a un juzgado penal para develar el destino de los desaparecidos y sólo ha dado información no confirmable, como la brindada a la Comisión para la Paz.

Algunos subalternos eran los que escuchaban y desgrababan las conversaciones telefónicas pinchadas por el SID, otros eran choferes de los taxis que espiaban las calles desde la base Valparaíso, otros escribían los informes de los interrogatorios, los codificaban y los archivaban.

Algunos de ellos terminaron siendo hasta socios de sus oficiales superiores, como el soldado Walter Rodríguez, asociado al coronel José Nino Gavazzo en la empresa de carga de garrafas GAVRO SRL (Dr. Luis A. Surraco 2571), frente a la que suele verse el coche matrícula SAW 5449 del oficial retirado.

Otros viven en asentamientos, fueron marginados por sus familiares y aún hoy siguen viviendo atemorizados por la amenaza de que uno a uno se les daba en el momento de abandonar aquel «grupo de tareas» del SID: «Si me fallás, te pego un tiro…», se les decía metódicamente.

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