El juez pidió que lo llevaran a su casa, la Policía negó negociadores y Arismendi fue recibida con un hacha
Llegó la ministra Marina Arismendi y logró ingresar al hogar para dialogar con los jóvenes: uno de ellos tenía un hacha en una mano y con la otra tomaba a la ministra para ayudarla a caminar entre los escombros. Es la versión oficial de la madrugada del 15 de junio pasado dada en el Parlamento por el presidente de INAU, Víctor Giorgi, la directora Cristina Alvarez y la propia Arismendi.
Giorgi relató ante las comisiones de Derechos Humanos y de Desarrollo Social de Diputados el retiro del juez después de un vano intento de dialogar con los amotinados, así como la negativa al requerir el apoyo de policías especializados en toma de rehenes.
La directora Alvarez, por su parte, aportó la versión relativa a los funcionarios que, en actitud «incomprensible», participaban del asado en la azotea del hogar.
Arismendi explicó que la Policía evaluó dos opciones: canjear al director del Instituto Técnico de Rehabilitación Juvenil, Sergio Migliorata, por los cuatro funcionarios que habían sido tomados como rehenes, o su intento de ingresar al local. El senador Eduardo Lorier no la dejó entrar sola. Después condujo la camioneta de la que luego se fugaron varios menores, pero dejando en libertad al último funcionario del INAU que quedaba como rehén.
El relato de Giorgi
«Aproximadamente a la hora 22.00 llegamos al lugar y efectivamente estaba muy conmocionado. Había un conjunto importante de vehículos estacionados, los jóvenes estaban sobre la azotea del SER, que es una especie de caja de zapatos con muros altos, que además tiene un tejido y un doble alambrado. Entre uno y otro alambrado tiene una caseta grande a unos metros de la entrada, que es una construcción donde caben seis o siete personas cómodamente. Sobre la azotea había un conjunto de muchachos, uno de ellos envuelto en una bandera uruguaya y otro tenía un rehén con una cuchilla en la garganta. En ese momento me acerqué al profesor Migliorata, con quien hicimos una breve evaluación de la situación. Me dijo que adentro había treinta y ocho muchachos, que otros habían salido frente a una negociación que él había intentado minutos antes, pero, palabras textuales, ‘a causa de la inoperancia de mis funcionarios saqué a ocho, pensé que ellos los estaban subiendo a la camioneta, pero los muchachos estaban detrás de mí y la mitad de ellos entraron de nuevo'».
«La camioneta con los muchachos que habían salido estaba detenida en el camino y los muchachos estaban, desde la camioneta, mirando el motín. Inmediatamente después ordenamos que esa camioneta saliera de allí y que los muchachos fueran trasladados a un Hogar. La camioneta dio muchas vueltas antes de llegar a algún lado y pasó varias veces por allí. Minutos después llega el señor juez, doctor Alvarez, y mantenemos una conversación con él y con Migliorata».
El grupo GEO
«En ese momento ya estaba el GEO formado frente a la puerta, sobre los dos vértices de ese cuadrilátero, muy cerca del alambrado. Los muchachos le gritaban cosas a este grupo, con esa dinámica que es tradicional en estos casos. Junto con el profesor Migliorata evaluamos si había posibilidades de ingresar al establecimiento por la fuerza. Ãl me plantea que hay cuatro rehenes; inicialmente eran siete, pero los muchachos habían permitido salir a tres por motivos de salud. Los rehenes estaban ubicados en lugares distintos. Como ya describí, uno estaba en la azotea con un cuchillo en la garganta y los otros tres en una habitación de la planta baja. Aclaro que cuando hablo de «habitación» me refiero a celdas; llamarlas «habitaciones» es un eufemismo, porque se trata de celdas muy pequeñas a las que parece muy difícil entrar. Es muy difícil salir de ellas, pero también entrar cuando están tomadas desde adentro. Tienen una mirilla y una puerta de hierro y son de dimensiones muy reducidas, por lo cual una persona recostada sobre la puerta puede apoyar los pies en la pared de enfrente e impedir el ingreso».
Los muchachos tenían la llave del establecimiento, que se encontraba cerrado por dentro. Tomaron las llaves porque los funcionarios tenían las llaves consigo».
«Conversamos con el profesor Migliorata sobre el riesgo que implicaba una intervención. En ese momento nos acercamos al señor juez, pensamos algunas alternativas con él, pero no se pronunció. En determinado momento tomó la iniciativa de ir a conversar con los muchachos, entró a la perimetral junto con el profesor Migliorata e intentó hablar con ellos. Los muchachos no estaban dispuestos a dialogar y algunos se acercaron, pero uno de ellos les ordenó retirarse. Les dijo algo así como: «No hablen que les hace la cabeza». Entonces, se retiran y allí terminó esa primera negociación, por lo que también el señor juez y Migliorata se retiran de la perimetral».
«Minutos después llega el inspector Cono Cardozo, quien también se informa de la situación y, como decía, está presente el GEO, al mando del inspector Pereira. El conversa con el inspector, pero nosotros no estamos presentes en ese diálogo. Preguntamos si la Policía cuenta con algún equipo de especialistas o de personas experientes en negociaciones, pero se nos responde que no. A la vez, pregunto al inspector Cardozo cómo evalúa la posibilidad de una intervención del GEO y me dice que es muy difícil abrir esa puerta y que habiendo rehenes es sumamente riesgoso».
La retirada del juez
«Ahí empieza una larga noche en la que en determinado momento -es importante señalar esto- vemos que la guardia policial tan cercana al alambrado, estaba siendo un estímulo para los muchachos, ya que estaban gritándole y tirándole cosas. Eso era parte de un escenario que más que traer calma parecía estar estimulando los hechos. En ese momento sugiero al inspector Cardozo que retire la guardia de la vista de los muchachos. Quiero subrayar esto porque en algunas versiones de prensa aparece que ordené el retiro del GEO, pero yo solo propuse su retiro de la vista de los muchachos. El grupo se repliega hacia unos conos de sombra que hacen los focos, quedando de un lado bajo una arboleda y, del otro, dentro de las camionetas. Si bien se veía que estaban presentes, no eran un espectáculo tan estimulante como tenerlos formados delante».
«Mi compañero de Directorio se comunica telefónicamente con la señora ministra para ponerla al tanto de la situación y se le informa lo que está pasando. A la vez, también me parece importante señalar que en ese momento el juez se retira. Entonces, el inspector Cardozo le pregunta: «¿Usted ordena algo, señor juez?», quien le contesta: «Sí, si tuviera un patrullero para llevarme a mi casa». Por tanto, aparece un patrullero y se va para su casa; dice que cualquier cosa está a la orden y que nos comuniquemos con él».
«Cerca de la hora 24, en ese marco de intento de tranquilizar el escenario para lo que, inclusive, se apagaron las luces, tratando de bajar decibeles a la situación, se produce una corrida de funcionarios, con arrancada de coches y gritos, diciendo que hay un motín en el Hogar Piedras, que está a unos ciento cincuenta metros. Esto llega a los muchachos que están adentro, antes que a nosotros, por lo que hay gritos de «vivas» dentro del SER. Nosotros vamos rápidamente al Hogar Piedras y, cuando llegamos, advertimos que no hay un motín. Las luces están apagadas y todo está muy tranquilo, aunque sí se habían fugado dos jóvenes porque los funcionarios estaban distraídos con el motín. En las investigaciones se comprobará exactamente cuáles fueron los detalles del hecho, pero el asunto es que se fugaron sin motín en el establecimiento».
Lorier
«Aproximadamente a la una de la mañana llega el senador
Eduardo Lorier, también pregunta sobre la situación y se ofrece a negociar. Entra a la perimetral acompañado por el profesor Migliorata y por mí y se presenta como senador de la República. Los muchachos le preguntan qué es eso; él explica qué es un senador y despierta interés entre los jóvenes que se acercan y sostienen el diálogo por un rato bastante más largo que el que hasta el momento se había logrado. Le preguntan si él puede lograr que no los golpeen si se entregan y él dice que puede pensar en garantías si sueltan a los rehenes y abandonan el establecimiento. Entonces, se le responde que a los rehenes no los van a soltar porque si lo hacen entra el GEO y los mata a palos; esa fue la versión de los jóvenes».
«Frente a este diálogo que comienza a entablarse, otra vez uno de ellos le dice a los jóvenes que se retiren. Algunos se retiran y otros mantienen un rato más la conversación, pero finalmente se repliegan. Luego se retira el senador Lorier y aproximadamente a la 1 y 30 llega la señora ministra Arismendi, quien viene por voluntad propia. Pregunta qué sucede, se informa y se ofrece para conversar. Entonces, se acerca junto con el profesor Migliorata, conmigo y con el senador Lorier, al pie de la azotea donde están los jóvenes. En ese momento, ellos dicen que están haciendo un asado con la carne que sacaron de la cocina y que están festejando un cumpleaños. La señora ministra logra un diálogo, los muchachos le preguntan sobre el Plan de Emergencia Social y le dicen que la conocen por haberla visto en la televisión. Le dicen, además, que saben que fue a otras cárceles en las que ellos tienen familiares. Diría que, por primera vez, se entabla cierto diálogo, que en determinado momento se interrumpe y volvemos a salir todos juntos».
Cumpleaños
Para contextualizar, la directora Alvarez aportó su testimonio.
«Me interesa describir un poco el escenario de los hechos. Todo lo que el psicólogo Giorgi está narrando ocurrió mientras se había prendido fuego la carpintería, que está próxima a los depósitos de combustible. Además, no podíamos manejar la luz porque el grupo electrógeno está ubicado cerca de allí. Todo se sucedía entre gritos e insultos. El director de Programa, señor Jorge Spaolonzi, con una actitud incomprensible y similar a la de los amotinados, se pone a comer asado dentro de esa caseta, junto a Daniel Ferreira, que también tiene responsabilidades de dirección en la Colonia».
«Los funcionarios que se ocupan de los traslados no respondían a la indicación de llevar a los muchachos que voluntariamente no habían participado. Costó mucho que lo hicieran. Cuando los sacaron de adelante del motín -aquello parecía un show- los llevaron al hogar Ituzaingó, que funciona perfectamente; muchos de ustedes deben haberlo visto en televisión, porque sigue un proyecto educativo. Esto generó angustia en el otro hogar; cuando yo entré, advertí que había profunda tristeza».
«Me costó mucho que el encargado de los traslados saliera y se dispusiera a trasladarlos al Hogar Ariel -que queda a dos o tres cuadras-, donde había algo de lugar para alojarlos. Los funcionarios que cobran bastante más que el resto, porque se ocupan de la seguridad, no hacían ningún caso, no se ponían en acción. Nosotros somos el Directorio, pero ellos son los que se han preparado para la seguridad, y no hacían absolutamente nada. Es más: estaban como mirando un espectáculo, y aquello era impresionante».
Dos opciones
La ministra Arismendi, se vio enfrentada a dos opciones:
«Una de ellas fue que el profesor Migliorata se ofreciera para ocupar el lugar de los cuatro rehenes. La otra opción, que era riesgosa, era si yo me animaba a entrar, en vistas de que había entablado un diálogo con los muchachos, para conversar con ellos dentro del hogar. Lo referente al profesor Migliorata quedó descartado, aunque se hizo el intento. Era como un trapo rojo cada vez que se acercaba al alambrado. Esa era una señal de que no lo iban a aceptar, cosa que sucedió, con todo el acompañamiento de adjetivos que se les pueda ocurrir. Por lo tanto, él no parecía la persona más apta para entrar a dialogar».
«En un momento, le dijeron a los muchachos: «Les damos quince minutos para que entre. Luego de esos quince minutos tiene que estar afuera; si no, entramos». A lo cual el senador Lorier dice -en un lenguaje que ellos comprenden, con el cual hablamos durante ese tiempo-: «Ella sola no va a entrar, porque yo a una mujer no la dejo sola». Ese argumento les pesó, producto de nuestra cultura machista, algo bastante generalizado, y aceptaron, como era de esperar».
«Fue así que entramos y recorrimos el hogar, que estaba totalmente derruido. El planteo que les hicimos fue: «Ustedes me dicen que si yo un día vengo, me muestran lo que sucede. Entonces, ¿por qué no me lo muestran ahora?». Luego de algunas discusiones abrieron el portón con la llave. Aclaro que tenían la llave porque yo entré y salí por el portón».
«Un poco para que se ubiquen en la realidad en la que estábamos: en una mano tenían un hacha y me daban la otra para que no me tropezara con los escombros o no me mojara con el agua que a esa altura estaba al nivel de los tobillos porque los caños habían sido rotos por ellos».
«Me mostraron el estado de los colchones y de las letrinas, lo que no era fruto del motín, sino que venía de antes. Me llevaron a ver a tres funcionarios que estaban en una celda con las características mencionadas por el presidente Giorgi. Estaban en buenas condiciones y comiendo asado dentro de esa celda. Declararon que estaban bien y que los estaban tratando bien. Por la mirilla vimos que era cierto, es decir, que no estaban siendo presionados para contestar eso».
«Me enojo»
«Después de que me mostraron todo les dije -perdonen los señores diputados y señoras diputadas por repetir lo que les dije-: «Muchachos: me enojo, me pincho un ojo. Ustedes derruyeron el lugar en el que pueden estar. Esto es inmejorable ahora porque está totalmente destruido». Es decir que establecimos una conversación. Algunos me contestaban: «Estoy jugado, no tengo nada que perder porque estoy condenado a cuatro años». Nosotros les explicamos determinadas cosas, con lo que establecimos un diálogo. Luego les señalamos: «Pero hay que salir de esto. Ustedes tienen que soltar a los rehenes y pensar en que unos irán para el Ariel y otros para el CIAF». Ahí contestaron: «Al Ariel no vamos porque ahí están los violetas», o sea, los violadores. Nosotros le dimos nuestra palabra en el sentido de que el Ariel iba a estar vacío y acondicionado para recibirlos, que no iba a haber otros jóvenes en ese hogar».
«Pasaron quince minutos y me acotaron: ‘Salga porque van a decir que la lastimamos y van a entrar’. Ya afuera, les contamos todo esto a los que estaban allí. Algunos consideraron que por fin se había abierto una posibilidad de diálogo y de negociación. Después pasó bastante tiempo y, si bien no miré la hora, el transcurso del tiempo lo podíamos medir por el grado de mojadura que teníamos».
«En definitiva, ellos dijeron que se rendían. Nosotros les aclaramos que eso no suponía rendirse, sino que ellos soltaban a los rehenes y se repartían entre los dos hogares. Había mucha ansiedad porque pensaban que nos íbamos a ir todos y ahí los iban a ‘reventar’, por no decir otras cosas».
«Algunos me decían: ‘Nosotros no vamos al Ariel con usted, vamos caminando’. Nosotros sugerimos: ‘Vamos en camioneta’. Ahí se produce todo un problema por la camioneta del INAU y por la de la Comisaría, que dispuso el director nacional de Policía. Aclaro que lo que se dijo en la prensa en el sentido de que fuimos caminan
do es un disparate. Lo que es cierto es que demoró en llegar la camioneta para subir a los que querían ir al Ariel. Yo digo que querían tomar distancia de lo que iba a pasar, porque es evidente que había algunos que querían irse al Ariel».
«En lo que a mí respecta, llevamos a los que iban al Ariel en la caja de la camioneta de la Comisaría, con un chofer y un efectivo policial. Yo iba dentro de la cabina. En realidad, no nos dejaron en la puerta del Ariel, sino a una cuadra, por el otro lado. Bajamos con los muchachos y les hicimos tirar todo, porque en la caja iban con todo: cuchillos, puntas, etcétera».
«Luego suben a la camioneta con el funcionario que tenía el cuchillo en el cuello y en ese momento se produce un debate -que parte es de verdad y parte para ganar tiempo- acerca de quién tenía las llaves de la camioneta. El chofer, con el apoyo del sindicato, decide no subir, lo que me parece lógico. Reitero que teníamos grandes dificultades para conseguir las dos llaves que se precisaban para arrancar la camioneta. En ese momento, la camioneta del INAU -que tiene puertas corredizas- estaba repleta de muchachos armados, junto con el rehén; todos nosotros estábamos abajo. Probablemente, a la luz de los acontecimientos y de lo que hemos conversado con el Ministerio del Interior, yo podría haber dado la orden a la Policía -en ese momento no sabía que podía hacerlo- para que rodeara la camioneta y sacar al rehén, quizás con menos riesgo. Tengamos en cuenta que el funcionario tenía el cuchillo en el cuello, por lo que le dije a quien lo apuntaba: «La camioneta va a arrancar, a frenar de golpe y le vas a clavar el cuchillo sin intención; hay que bajar ese cuchillo». Quizá con una coordinación de otro tipo y con cadenas de mando más claras, se podría haber hecho algo. De todas maneras, se dijo claramente que no iban a salir de la Colonia con el rehén. Cuando surge toda esta situación, no hay chofer e insisten en llevar al rehén, por lo que sube el senador Lorier, a pesar de que todavía no aparecían las llaves. A los pocos metros de partir -yo eso no lo vi porque estaba camino al hogar Ariel con la otra parte- tiran al rehén de la camioneta. Quiero aclarar que este funcionario es el más nuevo en esta tarea y está lastimado en el cuello».*
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