Mujica: "No hay un arco del triunfo al final del camino; sólo hay camino"
Son las 9.30 horas. Casi no hay un alma en las polvorientas calles de Rincón del Cerro. Llegar hasta su casa-refugio no es tarea sencilla.
Ya en la chacra, enclavada muy cerca del lugar donde miles de inmigrantes europeos eligieron, a mediados del siglo XIX, para rehacer sus vidas, el ahora presidente del Senado y de la Asamblea General y futuro ministro de Ganadería, atiende a este medio y responde a la enésima llamada a su celular que no para de sonar. Y mientras habla, camina de un lado a otro, y entra y sale de la casa. «Soy terriblemente antiformal», confiesa, pensando en la sesión de esa tarde, recostado a uno de los postes de un alero de la sencilla vivienda de bloques en la que vive. «Tenemos que ajustar algunas cosas, estoy seguro que tengo papeles que firmar…, etcétera. Y bueno, tá. Es inevitable; así somos», repite.
Se levantó temprano, como todos los días. Y a partir de allí, no dejó de atender los asuntos de su chacra y a los medios de comunicación. LA REPUBLICA compartió con él y su mujer, la diputada y futura senadora Lucía Topolansky, la intimidad de los instantes previos a su partida hacia el Parlamento.
Aún bajo cuidados médicos, Mujica tiene que afrontar un proceso de recuperación de algunos meses, que ayer debió interrumpir. «Pepe, salí del sol», le dice Lucía, apenas Mujica, sin darse cuenta, cruza la línea de la sombra y se expone al brillo abrasador del astro rey.
Tal como había anunciado, fiel a su estilo, cuidó hasta el último detalle de una pulcra informalidad que no abandonará jamás. Pero su indumentaria no deja de llamar la atención. Camisa blanca, pantalón y zapatos negros. Más tarde, se enfundará una campera liviana, azul oscuro y con una carpetita de cartón amarillo bajo el brazo, marchará hacia el Parlamento.
Empero, más allá de los acicates del protocolo, a su análisis no escapa la enorme trascendencia del histórico día. «En parte, esta tarde no voy a ser yo», dice Mujica, quien pocas horas después debió tomar juramento a 29 senadores, entre ellos, al dos veces ex presidente y adversario político Julio María Sanguinetti, y jurar él mismo ante su «hermano» Eleuterio Fernández Huidobro. «En una medida, me toca representar una larga fila de gente, que ha luchado más de cien años, que fundó la izquierda, los sindicatos, que seguramente eran gringos pobres que bajaron de los barcos, que quisieron transformar el mundo de los viejos. Se equivocaron. Pero sembraron una cultura. En alguna medida, me toca representar eso».
Por otro lado, advierte que perdió el «talonario de las cuentas viejas» aunque agrega que tiene «memoria, porque es inevitable tenerla». «Pero no vivo para cobrar», agrega. «Tal vez soñábamos con cambiar el mundo, y hoy estamos peleando por cambiar la vereda en la que caminamos», reflexiona el dirigente del MPP y afirma que «la vida continúa, que nunca hay un triunfo, apenas se suben escalones».
«Y la actitud es de sembrar y que otros cosechen; ése es mi compromiso», dice en medio de una chacra productora de flores y en cuyo predio dio albergue gratuito a algunas familias. «No voy a ver el grueso de las cosas sustantivas por las cuales sueño. Hoy, estoy refugiado en una pelea para que sencillamente no haya hambre ni iniquidades espantosas. Ese no va a ser un mundo perfecto. No hay un arco del triunfo al final del camino, sólo hay camino».
«Vamo´ arriba Pepe y Lucía», les gritan sus vecinos que quieren posar con ellos en la foto que será historia, antes de la partida. Después, ambos subieron a un blanquísimo Fiat Duna, que en veinte minutos los dejó en el Parlamento. *
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