Se anotó en Treinta y Tres para las elecciones de 1938

La primera mujer que obtuvo credencial cívica en Uruguay

Huérfana desde pequeña fue criada, con sus siete hermanos, en una familia de parientes inmigrantes españoles, donde encontró el calor de un hogar, con nuevos padres y dos hermanas más.

Su vida fue la de una mujer valiente, innovadora, amante de las personas y de su fe. Se preparó para ser voluntaria en la Segunda Guerra Mundial como enfermera, se recibió de Ayudante Odontológico y trabajó durante años en las clínicas del entonces Consejo del Niño. Simultáneamente confeccionaba camisas, forraba botones y remallaba medias. Nada estaba fuera de su alcance, y nada era poco cuando de darse a los demás se trataba. Por eso también se hizo miembro de la Congregación de San Francisco de Asís y de las Hijas de María.

Fue la primera mujer uruguaya en anotarse en el Registro Cívico para participar en las elecciones nacionales de 1938, y lo hizo en Treinta y Tres.

En 1934, luego de aprobada la nueva Constitución en la que las mujeres aparecen como ciudadanas, éstas comienzan a inscribirse en los registros cívicos para poder ejercer su derecho de sufragio. En las elecciones de ese año no pudieron votar, por tratarse de elecciones no democráticas (se presentaba un candidato único: Gabriel Terra), pero sí quedaron habilitadas para las siguientes. Rodeada de seres queridos, Nelly Acevedo se encontraba en el sanatorio cuando la entrevistamos, el jueves 17 de octubre de 2002. Dos horas antes de una intervención quirúrgica pudimos hablar con ella, que nos recibió con inmensa amabilidad. Desafortunadamente, su corazón resultó afectado por la anestesia general, y a los pocos días –el 23 de octubre– falleció, a los 93 años.

 

«Me gustaba mucho la política»

–¿Cómo se enteró de que podía sacar la credencial cívica para votar?

–Me enteré por la publicación del diario.

 

–¿Y qué pensó cuando leyó esa noticia?

–Que tenía que ir, porque era una cosa de mi país, y a mí me gustaba mucho cumplir con todo lo que mandaba la ley.

 

–¿A qué hora se levantó para ir a sacar la credencial?

–Ah… muy temprano, porque quería ser la primera. Imagínate que el registro abría a las ocho de la mañana y yo estaba desde antes, pegadita a la puerta haciendo cola.

 

–¿Por qué quería votar?

–Yo quería votar porque me gustaba mucho la política. Y como era muy católica, todos creían que yo iba a ir por los campos a caballo, a luchar por el Partido Cívico. Pero eso era mentira: yo soy blanca como hueso de bagual.

 

–¿Y al final fue a caballo a hacer política?

–(risas)… A caballo no, pero sí fui muy activista. Date cuenta de que ya en las primeras elecciones que votamos estuve en una mesa electoral como representante de mi partido.

 

«Los hombres nos bromeaban»

–¿A qué candidato apoyaba?

–Yo era de la gente de Aparicio Saravia.

 

–¿Ya apoyaba a Saravia antes de votar?

–Sí, soy saravista de toda la vida, de familia. Porque mi hermano mayor, Pepe Acevedo, era de Aparicio y nosotras lo acompañábamos a él.

 

–¿Cree que hubo cambios después de que las mujeres empezaron a votar?

–Sí, cambió todo, porque la mujer era la primera en los escenarios haciendo política, era una presencia activa en la sociedad.

 

–¿Qué edad tenía cuando votó por primera vez?

–Veintinueve años.

 

–¿Qué recuerdos tiene de ese día?

–Los hombres nos bromeaban (risas), porque éramos todos conocidos. Entre ellos estaba en la mesa mi amigo Macedo, que ya falleció. A mí me encantaban las votaciones, y por eso en las primeras elecciones en que votamos me quedé hasta las tres de la mañana, buscando unos votos que se habían perdido, bah… ¡que los habían perdido!

Y en casa todas las mujeres me esperaban, porque yo estaba en la mesa electoral que pusieron en la Escuela Severo Ramírez de varones, a la vuelta de casa. Y yo no volví, porque hasta que no se ubicaran esos votos no podía salir. A la mesa nos llevaban comida que hacían en un campo, una comida riquísima, mayonesa, asado. Por trabajar en las mesas nos pagaban.

Yo estaba en la mesa porque era empleada pública, era ayudante odontológico, y trabajé en las escuelas públicas.

 

–¿Le hubiera gustado ser candidata de su partido?

–No, no, ¡qué esperanza! *

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