La huelga general del movimiento obrero fue un hecho excepcional aunque no inesperado
1-Lo primero que habría que decir es que, en estos últimos años, se registra un renacimiento del interés, de la investigación y de las publicaciones acerca de aquel extraordinario hecho histórico. El 30 aniversario marca un antes y un después. Como simple indicador tomo el hecho que por mi casa pasaron a recoger frugales testimonios un gran número de estudiantes e investigadores de historia, ciencia política y sociología lo que pronostica que el interés por la huelga no es una moda pasajera, marcada por el almanaque.
En la Universidad recobró impulso la labor de investigación y se han publicado trabajos sumamente valiosos como los que realiza en Centro de Estudios Interdisciplinarios de la Facultad de Humanidades. Las obras de Carlos Demassi y Alvaro Rico, como la formidable «Cronología comparada de la historia reciente del Uruguay» profundizan en una línea investigación rica, seria y abierta que retoma los trabajos de Selva López Chirico, Benjamín Nahum y un sinnúmero de historiadores excepcionales formados antes de la dictadura. Para el gran público se han realizado algunos trabajos en video de buen nivel y algunos programas de TV con resultado variopinto, algunos imprecisos y francamente sesgados contra la izquierda y el movimiento sindical.
2- La huelga general del movimiento obrero contra el golpe es un hecho excepcional pero no inesperado. Hacía años que se discutía y, de hecho, se preparaban los ánimos para una confrontación como la que ocurriría en algún momento en el proceso de desbarranque de las instituciones democráticas.
No se trataba, claro está, de discusiones estériles en los pasillos o las salas llenas de fotos y murales de los sindicatos sino de debates que transcurrían en medio de las huelgas, las manifestaciones reprimidas, las ocupaciones de fábricas, la sangre obrera y estudiantil derramada y la militarización de funcionarios públicos y privados. En el largo quinquenio de resistencia obrera y estudiantil dominado por Pacheco y sus secuaces, muchas veces se había estado al borde de la huelga general. En el Parlamento emergían nuevas voces, como la de Michelini, Erro, Rodríguez Camusso, Alba Roballo, que denunciaban el inexorable tránsito de la democracia a la dictadura, mientras algunas instituciones seguían sirviendo de fachada legal. A la oposición de izquierda pronto se sumaron las voces del democratismo blanco de Wilson Ferreira y Carlos Julio Pereyra. La resistencia en las instituciones democráticas dio lugar a la formación del Frente Amplio y al crecimiento del ala republicana y centrista del Partido Nacional. Con distinta fuerza y desigual fervor, ambas corrientes se opusieron al golpe.
3- Pero el centro social de la resistencia transcurrió en otro lado y no en el Palacio Legislativo o en las sedes de los partidos. Fueron los todavía muy poderosos sindicatos obreros los que ocuparon el lugar de un Parlamento que asentía o se disolvía por la represión a unos y la apatía de los demás.
A partir de una resolución de la Convención Nacional de Trabajadores (CNT), de manera ordenada y masiva, cientos de fábricas fueron ocupadas en Montevideo y en varias ciudades del interior. La ciudad, militarmente ocupada hasta la saturación, encontró las formas de hacer llegar su solidaridad con aquellos trincheras de la democracia y aquellos baluartes de las libertades políticas y sindicales. Un hormigueo de hombres y mujeres de los barrios más humildes, llegaban con sus voces de aliento, con sus comestibles y abrigos, como diciendo «estamos con ustedes, peleando todos por la libertad».
En las calles secundarias, por las que yo solía caminar, se cruzaba uno con parejas de jóvenes militantes de la FEUU, o de los Comités de Base que acercaban a las fábricas ocupadas o a los vecinos, las vibrantes cartas de Seregni convocando a resistir «por todos los medios posibles». Una y otra vez los grandes establecimientos fabriles como las textiles, los frigoríficos, Alpargatas, Funsa, las metalúrgicas, las barracas laneras, de la industria química, fueron desalojadas por las tropas del Ejército.
Y, después, transcurridas unas horas del desalojo o al día siguiente, esos territorios del trabajo y de la industria, esa sede cotidiana de la producción y la creación de riqueza, volvieron a ser trincheras de democracia al ser ocupados y embanderados nuevamente con los emblemas obreros de la CNT y sus filiales. Hubo mártires en aquellas jornadas, como Walter Medina y Peré Barbié. Y héroes, cientos de miles de héroes, la clase obrera organizada. Imposible de nombrarlos a todos. Pero, una vez más, detengámonos para homenajearlos con nuestra memoria. *
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