300 CARLOS

Proyectan transformar el “300 Carlos” en espacio de formación en derechos humanos para militares

El Centro Cultural y Museo de la Memoria (MUME) estudia la posibilidad desafectar de la órbita militar el galpón número 4 del Servicio de Material y Armamento donde en la pasada dictadura militar funcionó el “300 Carlos”, el mayor centro de torturas, para transformarlo en un espacio de la memoria y formación en derechos humanos para militares.

Servicio de material y armamento en la actualidad. Foto: LARED21.
Servicio de Material y Armamento en la actualidad. Foto: LARED21.

El MUME realizó desde el miércoles 15 al sábado 18 de agosto diversos seminarios y actuaciones en sitios de memoria.

La actividad incluyó una visita guiada al “300 Carlos” o “Infierno Grande”, el mayor centro clandestino de reclusión y tortura que funcionó durante la pasada dictadura militar uruguaya en el Servicio de Material y Armamento del Ejército, predio contiguo al Batallón de Infantería Número 13, de avenida de las Instrucciones, donde en el año 2006 fueron hallados los restos del escribano Fernando Miranda.

Recorrido por la memoria

Abren los portones enormes del Servicio de material y armamento, que dan a la avenida de Las Instrucciones, y el director, coronel Sergio Mila, quien también es edecán de la vicepresidenta de la República, Lucía Topolansky, da la bienvenida al grupo de visitantes.

De inmediato comienza el trayecto a pie por los senderos de la dependencia militar, la misma por la que hace más de 40 años -entre el 2 de noviembre de 1975 y hasta una fecha indeterminada de 1977- marcharon vendados y encapuchados entre 500 y 600 uruguayos detenidos, en su mayoría militantes del Partido Comunista y del Partido Por la Victoria del Pueblo (PVP) y donde podían llegar a pasar días o meses, antes de ser trasladados a otras dependencias militares.

El camino es extenso, algo sinuoso, rodeado de vehículos militares en desuso, castigados por el paso del tiempo y dispuestos en filas.

Se van sumando galpones en los que hoy se realizan diversas tareas, como la reparación de blindados, entre otras.

A unos 400 metros de la entrada principal del predio se yergue el galpón número 4, una construcción de dos niveles con un techo de bóveda en seis secciones y pequeños grupos de ventanas en lo alto. Es el “300 Carlos” de la jerga militar de los años duros, o el “Infierno Grande” para los militantes de izquierda.

Antes de traspasar el umbral del portal enorme, de madera, el grupo se detiene. Uno de los momentos más oscuros de la historia reciente del Uruguay está frente a nuestros ojos.

El silencio invade hasta que el relato de uno de los guías detalla cada una de las atrocidades que allí se cometieron.

Al parecer, la mayor parte de la estructura del galpón se mantiene tal como en los años 70. Los diferentes testimonios de los detenidos aseguran que todo allí era confusión, no solo porque jamás les quitaron las vendas y las capuchas, sino por el elevado volumen de radios, de gritos y ruidos.

Cuentan que en los baños de la planta baja algunas reclusas fueron sometidas a vejámenes. Mientras que de las barandas de la escalera que lleva al segundo piso, la que aún conserva las baldosas de 20 por 20 de un amarillo descolorido, se cree que colgaban a los detenidos.

La finalidad no era acabar con sus vidas, sino obtener la mayor cantidad de información posible.

En una pieza lúgubre, con su cielorraso hoy destruido, se reunían las autoridades del Servicio a planificar, controlar y vigilar los crueles operativos.

Muchos se preguntan si en el “Infierno Grande” podía existir un pequeño espacio para escapar del tormento y que no fuera el de la propia abstracción que podrían realizar las víctimas. Al respecto existe solo un testimonio, el de Sara Méndez a quien el día de su cumpleaños un oficial llevó al segundo piso, y frente a las ventanas le quitó la capucha y le dijo: “Te voy a regalar un pedazo de cielo”.

desaparecidos

Desafectar de la órbita militar al galpón 4

El director del Museo de la Memoria, Elbio Ferrario, asegura que las visitas guiadas al “300 Carlos” tienen el cometido de romper vallas, porque el sitio está enclavado en el centro de un gran predio militar, y con ello se pretende hacer visible un espacio hasta ahora invisible.

De este modo se comienza a construir un relato para transformarlo en un sitio de la memoria.

“Por ello, en una primera parte del recorrido se realiza una descripción científica desde el punto de vista arqueológico, que nos aproxima al sitio, y luego se cambia el tono y hay una situación más emotiva donde comienza la construcción de un relato”, detalla Ferrario.

Asegura que se maneja la posibilidad de quitar el “300 Carlos” de la órbita militar, lo cual será parte de las negociaciones con el Ministerio de Defensa. “Es decir, que el galpón se desafecte de su uso militar y pueda utilizarse como un espacio de la memoria”.

Además, se planteará que pueda convertirse en un lugar de formación en derechos humanos para los militares, “porque los militares de ahora no son los mismos de aquel momento, que fueron los ejecutores de una política de terrorismo de Estado.

Asimismo, se realizará un gran mural memorial en un paredón de enfrente al Servicio de material y armamento.

Archivo oral

Ana Sosa es coordinadora del archivo oral de la memoria del MUME y  responsable de la “colección del 300 Carlos”, que es nada más y nada menos que la recolección de testimonios de las personas que vivieron las atrocidades del sitio de tortura, cuyo órgano rector fue el Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas (OCOA).

Asegura que la mayoría de quienes pasaron por el “Infierno Grande” desconocen que estuvieron allí, porque permanecían encapuchados.

Remarca que el accionar en el centro de tortura comenzó con el denominado operativo Morgan contra militantes del Partido Comunista, que estaban en la Casona de Punta Gorda.

Después se sumaron unos 40 militantes del Partido Por la Victoria del Pueblo que fueron trasladados desde Argentina en el vuelo de la muerte número 2, del denominado Plan Cóndor de coordinación represiva de las dictaduras del Cono sur.

Sosa asegura que existen testimonios referidos a que al menos nueve personas, de las 600 que pasaron por el “300 Carlos”, desaparecieron y no volvieron a ser vistas en ninguno de los cuarteles, por lo que se estima fallecieron durante las torturas.

La eventualidad de una fosa común

Octavio Nadal formó parte del equipo de investigación de antropólogos de la Universidad de la República, desde su creación en 2006 hasta 2015. En la actualidad integra el equipo de antropología del MUME.

Nadal es quien reconstruye, durante la recorrida, los escenarios de representación del terrorismo de Estado, a partir de testimonios orales y evidencias físicas que surgieron de la investigación arqueológica.

Recuerda que en el predio del Batallón 13, que es contiguo al del Servicio de material y armamento, fueron hallados en el año 2006 los restos del escribano Fernando Miranda, hecho a partir del cual “el lugar cambió su significación, porque efectivamente pasó a ser un sitio de enterramientos clandestinos durante el terrorismo de Estado”.

Asegura que no le consta que en la actualidad haya investigaciones arqueológicas en curso, de la magnitud, alcance y profundidad de las que hubo cuando trabajó el equipo de la Universidad de la República.

Nadal reafirma que nunca se dispuso de información de “buena calidad”, ni existió una estructura administrativa por parte del Estado que estuviera destinada a obtener información para encontrar las tumbas clandestinas de detenidos desaparecidos.

Sobre el destino de los más de 200 desaparecidos dijo que existe la presunción de que unas 25 a 30 personas fueron trasladadas desde Argentina a Uruguay en algunos de los tres vuelos de la muerte, y probablemente ejecutados en nuestro país. “Si ese fuera el caso, deberían estar en una fosa común”.

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